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Red Internacional

Opinión.La tensión en Taiwán y la disputa por la hegemonía mundial

Tiempo estimado 5:40 min


Sin objetivos precisos, la visita de Pelosi a Taiwán, parece más una provocación que un cálculo estratégico. Un evento que tiene el potencial de desencadenar una crisis internacional de envergadura que involucre a Estados Unidos y China. La disputa por la hegemonía mundial como telón de fondo.

Martes 2 de agosto | 17:45

La visita a Taiwán de Nancy Pelosi echó un poco más de combustible a la ya tensa relación entre Estados Unidos y China, aunque sin que quede claro cuál sería la ganancia, si es que la hay, para Washington.

Sin objetivos precisos, más que reiterar el compromiso de Estados Unidos con el régimen de Taiwán, parece más una provocación que un cálculo estratégico.

La previa del viaje fue un espectáculo aparte que dejó en evidencia la debilidad de la administración de Joe Biden, para quien citando al Pentágono, el viaje “no era una buena idea”. Sin embargo, una vez instalado en la agenda pública y ante la respuesta ofensiva del gobierno chino, el presidente no tuvo más remedio que bancar la aventura taiwanesa de la “Speaker” de la Cámara de Representantes, a riesgo de ser acusado de débil frente a China por la oposición republicana, que ya está palpitando el triunfo en las elecciones de medio término, el próximo noviembre. Y que se ve cada vez más cerca de la Casa Blanca.

Como si faltaran pirómanos, apareció Newt Gingrich, el expresidente de la cámara baja que fue el último político de este rango en visitar Taiwán antes de Pelosi, en 1997. Gingrich, un republicano que tiende a los extremos y lideró la llamada “revolución conservadora”, declaró en Fox News (dónde si no) que las amenazas de China no eran más que un “bluff”.

Así, por una combinación de motivaciones entre las que se encuentra sin dudas el complicado escenario electoral que enfrentan los demócratas, se terminó gestando este evento ¿diplomático? que tiene el potencial de desencadenar una crisis internacional de envergadura que involucre a Estados Unidos y China. El momento no parece ser el más oportuno para el imperialismo norteamericano con la guerra de Ucrania a punto de cumplir seis meses y sin solución a la vista. Justamente uno de los objetivos de corto plazo de Biden es socavar la alianza entre Rusia y China, o al menos evitar que el gobierno de Xi Jinping le dé un apoyo más decisivo al esfuerzo de guerra de Putin.

Incluso si no llegara al plano militar, tampoco está en interés de Estados Unidos generar un clima que disrumpa aún más las cadenas de suministro, en particular de semiconductores avanzados y chips. Más allá de la “ley de los chips” que votó el congreso norteamericano, que implica un subsidio millonario a la industria norteamericana de chips y semiconductores, aún el 92% de estos componentes indispensables para la fabricación desde smartphones y autos hasta misiles balístiscos, se manufacturan en Taiwán.

Como era de esperar, China ha prometido una respuesta a la altura del peligro que percibe. En vísperas de un nuevo Congreso del Partido Comunista y en el marco de una fuerte desaceleración económica, al presidente Xi Jinping no le sobra nada. El gobierno chino ya ha anunciado una hoja de ruta de las próximas acciones militares en el Estrecho de Taiwán. Una escalada que, si bien en la mesa de arena no llega a la invasión, es superior a demostraciones militares anteriores.

Es probable que en los próximos días se hable reiteradamente de la “línea media” del Estrecho de Taiwán como uno de los puntos de alta tensión. Esta línea imaginaria, trazada a fines de la guerra de Corea, no tiene un estatus formal pero durante décadas fue respetada tanto por China como por Taiwán hasta 2020, cuando la tensión entre el gobierno chino y el entonces presidente norteamericano Donald Trump había alcanzado un punto de inflexión.

La administración Biden trató de bajarle el precio al viaje de Pelosi, asegurando que no cambia el statu quo, es decir, la política que Estados Unidos sostiene hacia Taiwán desde hace más de cuatro décadas.
Esta política, conocida como “ambigüedad estratégica, nació en las negociaciones del gobierno de Richard Nixon con Mao Tse Tung en 1972. Dicho sencillamente reconoce que hay “una sola China” a la vez que mantiene una ambigüedad con respecto al reclamo de independencia de Taiwán. Esta “ambigüedad estratégica” que para China ha significado un reaseguro implícito de su soberanía, ha sido puesta en cuestión sobre todo a partir de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, que implicó una intensificación de la política antichina de Estados Unidos, que sigue bajo la presidencia de Biden.

El gobierno norteamericano cita como antecedente la visita de Gingrich en 1997. Pero el contexto no puede ser más distinto. En el plano interno, mientras que Pelosi y Biden son del mismo partido, Gingrich era un opositor cerril de la administración demócrata de Bill Clinton. Y el consenso del establishment imperialista era integrar a China al “orden neoliberal”. En ese momento, la estrategia de Clinton era incorporar a China a la Organización Mundial de Comercio (OMC), lo que terminó sucediendo en 2001 bajo el gobierno republicano de George Bush (h).

Pero ese ciclo ya está agotado. Estados Unidos pasó del “momento unipolar” de fin de la guerra fría a una decadencia hegemónica sostenida. Y China se transformó en el principal competidor del imperialismo norteamericano. La guerra de Ucrania es un anticipo de esta disputa por la hegemonía.





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