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20 de mayo de 2022 Twitter Faceboock

Opinión
Martínez de Hoz los aplaudiría: el poder económico sale a la cancha para pedir más ajuste
Eduardo Castilla | @castillaeduardo

Los dueños del poder dan la cara para marcar su agenda de ajuste. De Napalpí a 1976: una clase dominante nacida y perpetuada mediante genocidios. Los cortes de la memoria histórica, los combates del pasado, las batallas del presente.

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“Creímos que eran caramelos lo que había en las bolsas, era para que vayan los chicos a agarrar”. Rosa Grilo tiene 114 años y habla desde el recuerdo. Fue en 1924 cuando el Estado en lugar de arrojar caramelos, lanzó miles de balas. Según lo registrado, fue la primera vez que se usó un avión para atacar a la población civil. ¿Cómo no asociar ese recuerdo a los Gloster que volaron, 31 años después, sobre Plaza de Mayo, ametrallando obreros y obreras?

El juicio por la Masacre de Napalpí -que nuestra compañera Gloria Pagés siguió y comentó en detalle en La Izquierda Diario- tiene un valor histórico: es el primer juicio por la verdad por crímenes contra una comunidad originaria en el país.

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La masacre de los pueblos originarios está inscripta en el ADN de la clase dominante nativa. Hace algunas décadas, describiendo los sangrientos orígenes de la misma, el marxista mexicano Adolfo Gilly hablaba del carácter determinante de la llamada ‘conquista del desierto’, el “nombre que tomó la guerra de exterminio contra las poblaciones indígenas de la pampa y el apoderamiento de esas tierras, fuente de una de las más fabulosas rentas agrarias concebibles”. El papel de las Fuerzas Armadas, como en Napalpí, resultó necesario.

Foto del avión utilizado en el ataque. Fue tomada por el etnólogo alemán Roberto Lehmann-Nitsche

Entre Napalpí y el inicio del proceso genocida de 1976 median 50 años. Los métodos brutales, ejercidos esta vez contra el conjunto de la población y la clase obrera en particular, no cesaron. Reseñemos, para evitar los olvidos intencionados, que al terror militar lo precedió el de la Triple A, armada por el peronismo gobernante.

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“Empezó a identificar la patria con su vida, tentación que está latente en cualquiera que tenga más de 3.000 hectáreas en la pampa húmeda”.

Igual que Luciano Ossorio, aquel viejo senador radical que habita las páginas de Respiración artificial, la clase dominante argentina lee y piensa al país desde la óptica de sus intereses directos. La Patria, en este caso, es “uno mismo” o la propia familia.

Esos intereses son los que se aprestan a desplegar, de manera directa, los dueños del poder económico. Será el 7 de junio, por la mañana, cuando la Asociación Empresaria Argentina (AEA) celebre dos décadas de existencia. En el encuentro, según anuncia el diario La Nación, estarán apellidos como Rocca, Magneto, Pagani y Coto. Acertadamente, charlando en un grupo de WhatsApp, un amigo ironizó que solo faltaba Martínez de Hoz.

La ligazón entre esos apellidos y la dictadura genocida resulta inevitable. ¿Cómo no recordar Papel Prensa y el latrocinio asociado a quienes dirigieron y dirigen el Grupo Clarín? ¿Cómo separar el centro clandestino de detención que funcionó en un predio perteneciente a la empresa Dálmine-Siderca, en Campana? ¿Cómo disociar el apellido Pagani de la Fundación Mediterránea y del fabuloso crecimiento de esa empresa en los años de plomo?

Esa clase social no ha dejado de detentar el poder político. Gracias a la complicidad del conjunto del Estado (de su Estado capitalista) sigue esencialmente impune por los crímenes cometidos entre 1976-1983. El más reciente de esos hechos de impunidad tiene que ver con la declaración de “deterioro cognitivo” que se le acaba de otorgar al dueño del Ingenio Ledesma, Carlos Blaquier.

Héctor Magnetto, Bartolomé Mitre, Ernestina Herrera de Noble y Jorge Rafael Videla durante la inauguración de la planta de Papel Prensa.

De cara al 7 de junio, el comunicado difundido por la AEA ya habla de que “se señalarán los desafíos de orden macro y micro económico que deben abordarse para hacer posible que nuestro país se incorpore a una senda de desarrollo sostenido”. Dicho más prosaicamente, como ya lo viene haciendo, el gran empresariado volverá a pedir ajuste, reforma laboral, previsional e impositiva.

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También se hablará de las “significativas oportunidades para el país, específicamente en los rubros de los alimentos y la energía” que abre la guerra en Ucrania. Cuasi celebración de una guerra que empuja a millones al hambre en todo el mundo. Según reseña el nada izquierdista The Economist el conflicto bélico ha acelerado el aumento global de los alimentos básicos, haciendo subir en 440 millones las personas que no pueden estar seguras de obtener lo suficiente para comer. La cifra, a escala mundial, se estima en 1.600 millones, cerca de uno de cada 5 habitantes del planeta. Decadencia brutal del orden capitalista si la hay.

La impotencia dentro de la impotencia

Este viernes, en un largo reportaje con Ernesto Tenembaum en Radio Con Vos, el presidente habló de sus múltiples imposibilidades. Certeramente, el periodista Esteban Rafele la resumió en Twitter como “un compendio de explicaciones sobre la impotencia del gobierno para: subir retenciones, implementar el fideicomiso del trigo, frenar aumentos de la ropa, redistribuir el ingreso más rápido, bajar la inflación”.

Esa impotencia atiende, señalemos, a una lógica de clase. Gestores actuales del Estado capitalista, Alberto Fernández y el Frente de Todos no pueden atacar los intereses de la gran burguesía. Todo lo contrario: quejosos y entre lamentos, se someten a los dictados. Apenas tres horas después de que Fernández hablara elípticamente de retenciones, el ministro Julián Domínguez (Agricultura) ratificaba que no habrá subas.

La agenda de esos intereses está, de manera explícita y directa, en manos de Juntos por el Cambio y la derecha rabiosa y PRO-sistema de Milei. La AEA y el conjunto del gran empresariado encuentran allí, más allá de los matices, voceros convencidos.

Al otro lado del debilitado bi-coalicionismo, el Frente de Todos se divide entre quienes empujan una política y un discurso de tinte neoliberal -la “teoría del derrame” de Guzmán y Kulfas- y quienes reclaman un “cambio de rumbo” carente de contenido. El kirchnerismo aparece como la impotencia dentro de la impotencia. Como un discurso plagado de ecos de un pasado brillante que solo puede ser declamación vacía en el presente.

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De memorias y combates actuales

Volvamos al inicio. A Napalpí. Entre los testimonios, se escuchó el de Sabino Irigoyen, hijo de Melitona Enrique, una de las sobrevivientes que falleció en 2008, a los 107 años de edad. En su declaración recordó que "antes de ir a dormir, mi abuela nos contaba lo que pasó, hasta llorar".

Esa memoria histórica, transmitida por décadas, en condiciones de adversidad y miedo, tiene un valor inmenso. Es parte de la materia prima que hoy incita el histórico fallo.

Hace tiempo, encerrado en las cárceles de Mussolini, el revolucionario Antonio Gramsci escribía que “la historia de los grupos sociales subalternos es necesariamente disgregada y episódica”. Agregaba que esa disgregación está lejos de ser natural. La unidad de esa memoria histórica se rompe “constantemente por la iniciativa de los grupos dirigentes”.

Décadas más tarde, retomando esa idea, Rodolfo Walsh nos regalaba aquella potente definición acerca de que “nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan”. En aquellas palabras, el autor de Operación Masacre reseñaba el Cordobazo, esa gran rebelión obrera y popular, que está a punto de cumplir 53 años.

Genocidio mediante, los Magnetto, los Rocca o, los Pagani apostaron a liquidar la memoria de aquella clase insurgente que, entre 1969 y 1976, protagonizó un enorme ascenso revolucionario. En gran medida lo lograron apelando a desapariciones, torturas y campos de concentración.

Movilización obrera en Córdoba durante 1969.

Sin embargo, la fuerza social de la clase obrera no desapareció. Con múltiples cambios y transformaciones, sigue siendo la que motoriza el país. La que mueve los puertos por donde salen y entran millones de toneladas de productos por día. La que garantiza el transporte terrestre, marítimo y aéreo. La que produce diariamente los alimentos que, con creciente dificultad, llegan a las mesas de todos los habitantes del país. La que garantiza la producción de energía, gas, acero. Ese poder social le confiere, además, la posibilidad de construir, con sus manos y sus cerebros, un nuevo régimen social. Un socialismo desde abajo, impuesto mediante la movilización revolucionaria, que administre democráticamente la economía en función del interés mayoritario.

Esa enorme fuerza social es la que puede confrontar con el gran empresariado. Enfrentados a los dueños del poder económico están los dueños y las dueñas del poder social: la clase trabajadora ocupada y desocupada. Poderosa a pesar de las enormes divisiones que la surcan, entre efectivos, contratados, tercerizados, monotributistas y un largo etcétera.

Empezar a poner en movimiento esa enorme fuerza social es una tarea imprescindible, tal como lo propone la izquierda clasista. En defensa de sus intereses actuales y en el camino de una pelea estratégica, para terminar con un orden social decadente.

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