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EUROPA DEL ESTE

Rebelión popular en Bielorrusia: ¿promesas del Este?

Desde hace un mes Bielorrusia está en estado de rebelión. Una multitud toma las calles de Minsk domingo tras domingo. Hay fábricas en huelga. Y las movilizaciones son las más grandes desde la disolución de la Unión Soviética.

Jueves 10 de septiembre

Oficialmente, Lukashenko ganó las elecciones del 9 de agosto con nada menos que el 80% de los votos. Pero a excepción del presidente ruso Vladimir Putin, nadie está dispuesto a creerle. Una mayoría de sectores de clase media urbana, trabajadores y jóvenes no acepta un nuevo mandato, el sexto, del presidente Alexander Lukashenko, en el poder desde 1994, al frente de un autoritarismo sui generis, que combina estilo estalinista con un programa cada vez más neoliberal.

La coyuntura electoral estuvo cruzada, además, por el descontento que provocó el manejo del gobierno de la pandemia del coronavirus. Lukashenko militó activamente en el bando de los negacionistas, en el que confluyó con populistas de derecha como Donald Trump y Jair Bolsonaro. El presidente negó la emergencia sanitaria, no tomó ninguna medida y llamó a combatir la enfermedad con “vodka, sauna y un tractor”, hasta que finalmente él y otros 70.000 bielorrusos se contagiaron.

Como casi todas las grandes crisis, esta también tuvo como desencadenante inmediato un accidente. Las elecciones ya tenían un carácter farsesco mucho antes de que se conociera el triunfo plebiscitario del presidente. En los meses previos, el gobierno encarceló a los dos candidatos opositores con más popularidad –el banquero Víctor Babaryka y el youtuber Shiarhei Tsikhanouski. Mientras que el tercero, Valery Tsapkala, un empresario y exembajador en Estados Unidos, huyó para evitar el mismo destino cuando le fue denegado el registro electoral.

El gobierno decidió validar la candidatura “no política” de Svetlana Tsikhanouski, la esposa de uno de los candidatos presos, para legitimar con una contrincante fantasma lo que a todas luces sería otra elección de lista única. Lukashenko ni se imaginó que estaba cometiendo un garrafal error de cálculo. Tsikhanouski galvanizó el hartazgo político y social, manifiesto entre las clases medias urbanas, silencioso en amplios sectores de trabajadores. Y aglutinó en torno a su candidatura a una oposición débil y fragmentada. Esta oposición liberal deslucida que tiene poco para ofrecer más que recetas privatistas y ajuste, se apropió las demandas democráticas y se renovó con tres mujeres a la cabeza, lo que sintoniza mucho mejor con el espíritu de la época que la imagen autoritaria de macho alfa del presidente.

Aunque visto en perspectiva histórica es evidente que el ciclo de Lukashenko está agotado, el presidente viene resistiendo la embestida de la calle con una represión violenta y metódica. Al cierre de este artículo, seis de los siete integrantes de la dirección de la oposición liberal fueron detenidos u obligados a huir a países vecinos como Ucrania y Lituania.

Los dos principales sostenes del gobierno son en el plano interno el aparato de seguridad y la burocracia estatal que aún no han mostrado grietas. Y en el plano externo, el apoyo (tardío) de Putin, aunque la intervención militar rusa esté por ahora solo en el terreno de la amenaza. Es claro que esta base de sustento estrecha no alcanza para estabilizar un nuevo mandato, pero sí permite ganar tiempo y apostar a que la combinación entre represión y desgaste saque la presión de la calle, ya sea para algún “golpe de palacio” o para encontrar alguna salida negociada con la oposición liberal nucleada en el llamado Concejo de Coordinación.

Según Lukahsenko Bielorrusia está siendo blanco de una nueva “revolución colorida”, en referencia a las movilizaciones en distintos países de la antigua esfera soviética, que contaban con el apoyo de potencias extranjeras y que en su mayoría terminaron con recambios de gobiernos aliados de Rusia por gobiernos pro occidentales. Estas “revoluciones de colores” (Georgia en 2003, Ucrania en 2004 y nuevamente en 2014) eran funcionales a la política de Estados Unidos (y la Unión Europea) de tender un cerco en torno a Rusia, rodeándola con estados incorporados a la OTAN y/o la UE. El presidente bielorruso usó el argumento de que van por su gobierno pero el verdadero objetivo es Rusia para presionar a Vladimir Putin, quien demoró varios días en darle apoyo explícito.

La hostilidad de las potencias imperialistas que buscan reducir al mínimo la esfera de influencia rusa es innegable. La OTAN realiza ejercicios militares en Lituania, en la frontera con Bielorrusia. Es conocida la relación de las potencias europeas y del gobierno norteamericano con las figuras tradicionales de la oposición liberal, que como Lukashenko pertenecen a la misma elite nacional. Y en la crisis la UE después de varias idas y vueltas decidió imponer sanciones a funcionarios del régimen. Lo mismo hicieron los países bálticos. Y el primer ministro de Polonia, del partido de extrema derecha Ley y Justicia, anunció un programa de más de 10 millones de euros para apoyar a la oposición bielorrusa.

Sin embargo, el escenario geopolítico y los intereses en juego escapan a una lógica binaria Rusia vs. Occidente, que no es un bloque homogéneo de potencias imperialistas, sino que hay intereses divergentes. Esto es evidente en el caso de Alemania, donde el gobierno de Angela Merkel tiene como prioridad la construcción con Rusia del gasoducto Nord Stream 2 y en función de esos intereses evita antagonizar con Vladimir Putin, política que divide a la UE y profundiza la mala relación con el gobierno de Donald Trump.

Durante años Lukashenko ha sabido explotar la posición geopolítica de Bielorrusia como una suerte de “glacis” entre Rusia y la OTAN, lo que le permitió un cierto juego propio con todos los límites del caso, en particular la doble dependencia económica tanto del petróleo de Rusia como del mercado europeo. Como explica el periodista Rafael Poch de Feliú en una nota reciente, este equilibrio consistía en contrarrestar la hostilidad de las potencias imperialistas con oscilaciones en la relación con Rusia. Lukashenko participa en el acuerdo entre la UE y la Asociación Oriental (Ucrania, Moldavia, Bielorrusia, Georgia, Azerbaiyán y Armenia). No reconoció la independencia de Osetia del Sur y tampoco la anexión de Crimea por parte de Rusia. De hecho actuó como mediador en el conflicto entre Rusia y Ucrania en 2015. Incluso en el último tiempo, por su afinidad con Trump, Lukashenko se aproximó a Estados Unidos, empezó a comprarle petróleo y en febrero recibió en Minsk a Mike Pompeo, la primera vez que un secretario de estado norteamericano visita el país en décadas. El interés del imperialismo norteamericano no es solo Rusia, sino sobre todo contrarrestar la creciente influencia de China que tiene inversiones muy importantes en Bielorrusia.

Estas alianzas versátiles le han valido una cierta tolerancia de las potencias occidentales, que ahora está llegando a su fin. Y también explican la desconfianza de Putin que después de dudarlo se decidió por sostener a este aliado incómodo, aunque aún no se conoce con precisión en qué consistiría concretamente el apoyo, teniendo en cuenta que el Kremlin no parece dispuesto a una intervención militar de escala. Esta decisión no solo tiene motivaciones externas sino también domésticas, ya que Putin enfrenta una oposición creciente a su proyecto de eternizarse en el poder.

Sea cual fuere, el auxilio tendría como precio profundizar la integración de Bielorrusia con Rusia, congelada en una etapa inicial por el propio Lukashenko. Incluso desde la revista Foreign Affairs, una de las principales usinas de la política exterior del imperialismo norteamericano, han comenzado a agitar el fantasma de una “anexión soft” como argumento adicional de una política de sanciones más duras.

Pero más allá de la innegable dimensión geopolítica y del posicionamiento de múltiples actores que ven la oportunidad de usar la crisis en función de sus intereses, el origen de este levantamiento nacional es genuinamente bielorruso, y está en el rechazo a un gobierno que se ha vuelto profundamente impopular.
Muchos analistas sostienen que Bielorrusia es una suerte de “reliquia soviética” porque Lukashenko ha mantenido la propiedad estatal de un sector significativo de la economía. En realidad, siguió otra vía de restauración capitalista distinta a la famosa “terapia de shock” aplicada por Yeltsin en Rusia y en la mayoría de las ex repúblicas soviéticas, con un programa de privatizaciones gradual, que condujo de igual manera a la formación de una clase dominante local imbricada con el estado, y con el tiempo a un creciente desempleo, precarización laboral y caída salarial por otro.

Lukashenko ha desmantelado gran parte del “estado benefactor” heredado del período “soviético”, precarizó el empleo, subió la edad jubilatoria, cercenó el derecho a huelga y liquidó la libertad de organización sindical de los trabajadores. Pero quizás su medida más antiobrera fue la introducción en 2017 del llamado “impuesto al parasitismo social”, que obligaba a pagar un tributo a los trabajadores desempleados, y que se vio obligado a retirar luego de un proceso de luchas y movilizaciones. Estos ataques y las políticas de ajuste exigidas por sucesivos planes para pagar deudas con el FMI están en la base del enorme descontento obrero y popular y han entrado en combinación explosiva con las demandas democráticas.

La gran novedad y lo más promisorio es la entrada en escena de amplios sectores de la clase obrera, lo que marca una gran diferencia con respecto a las “revoluciones coloridas” y muestra la profundidad del proceso. También es lo que más preocupa a los aliados y enemigos internacionales de Lukashenko. El proceso de huelgas y agitación política abarca a importantes fábricas emblemáticas, sobre todo del sector público, a pesar de que los sindicatos son agencias directas del gobierno.

El sociólogo de izquierda Volodymyr Artiukh señala la potencialidad y también los límites actuales de este proceso para abrir el camino a la huelga general política. La discusión más importante es estratégica. Muchos comparan la situación en la clase obrera bielorrusa con el surgimiento de Solidaridad en Polonia, pero omiten lo central del balance, que con Lech Walesa y la iglesia católica se transformó en un agente de la restauración capitalista. Lo mismo sucedió con los mineros rusos, que tenían una dirección política afín a Boris Yeltsin.

Hoy en Bielorrusia la oposición burguesa hegemoniza con su programa la protesta y dirige a través del Concejo de Coordinación. Es necesario que la clase obrera, en la lucha contra el régimen autoritario de Lukashenko, conquiste su independencia política de las dos fracciones burguesas en pugna. De eso dependerá el destino de esta rebelión que aún tiene final abierto.






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