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Las revueltas del hambre vuelven a Irak

La juventud irakí le teme más al hambre y el desempleo, que al coronavirus o el Estado Islámico. La crisis económica que azota Irak por la caída del precio del petróleo empuja a millones a la pobreza. Miles salieron a luchar en las calles.

Salvador Soler

@SalvadorSoler10

Viernes 15 de mayo

¿Qué estaba sucediendo en Irak?

Irak no deja de ser un polvorín en Medio Oriente. Es escenario de tensiones geopolíticas entre Irán -que busca resolver sus propias crisis y aumentar su influencia regional-, y la prepotencia del imperialismo norteamericano -que mantiene bases militares en su territorio para defender posiciones perdidas hace muchos años-. La pandemia no golpeó catastróficamente como se esperaba por tener una larga frontera con Irán y su sistema de salud vilipendiado, pero ha dejado cientos de muertos y 3000 mil infectados. La re-emergencia del Estado Islámico, que ataca desde el noreste iraquí, está encontrando su lugar en la agenda política recuperando terreno perdido por el aire que le brindó la situación de la pandemia. Pero la caída del precio del petróleo es lo que ahoga seriamente la economía iraquí que viene bastardeada.

Las manifestaciones de jóvenes desde octubre pasado exigen una reforma profunda del régimen político que los abandona en el desempleo y desesperación. Allí al menos 700 han perdido la vida, y miles fueron heridos por la represión brutal de la policía, el ejército y milicias chiítas -de las cuales algunas están vinculadas a Irán-. El toque de queda por la pandemia y las tensiones entre Irán y EEUU durante los primeros meses del 2020, impusieron un impasse alejando físicamente a los manifestantes de las calles iraquíes, mientras que el precio del petróleo que tocó un fondo histórico, agudizó la situación de precarización social de los jóvenes trabajadores y los sectores populares.

Nueva oleada de manifestaciones

Este sábado 10 y domingo 11, los manifestantes retomaron la lucha contra el gobierno en varios puntos del país, a pocos días del nombramiento del nuevo primer ministro, Mustafa al-Kadhimi, a quién lo vinculan con la mismas casta política que monopoliza el poder. Las manifestaciones se repartieron por varios puntos del país donde hubo enfrentamientos muy duros con la policía, volviendo a ser la postal de la lucha de clases, como en Bagdad, Kout, Najaf, Nassiriya Diwaniya, Samawa o la petrolera Bassora en el sur de Irak.

La Plaza Tahrir (liberación en árabe) de Bagdad nuevamente es el centro de reunión y organización de los manifestantes. Hubo barricadas en el puente al-Jumhuriyah, que conduce a la “Zona Ver de”, lugar de residencia de las embajadas -como la norteamericana que fue bombardeada desde diciembre- y toda la clase política y económica del país. "¡La gente quiere la caída del régimen!" gritaban los jóvenes arrojando piedras y bombas molotov a la policía que no permitía el avance de la manifestación sobre el puente. Allí fueron reprimidos con balas de goma, gases lacrimógenos y cañones de agua.

En Bassora, una ciudad con importantes pozos petroleros y de mayoría chiíta, la manifestación exigió la destitución del gobiernador Assad al-Eidani -que había sido nominado en diciembre a primer ministro pero rechazado por los manifestantes-, y dos de sus diputados, pertenecientes a la facción Binaa que tiene vínculos con las Unidades de Movilización Popular (PMF). En Bassora, mientras los manifestantes se acercaban a la sede de una milicia respaldada por Irán, llamada Thaa’r Allah, los hombres armados que custodiaban el edificio mataron a tiros a un manifestante según informa Al Jazeera.

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Las demandas se hicieron eco de las manifestaciones del 2019: elecciones anticipadas bajo una nueva ley electoral, rendición de cuentas para los cientos de personas asesinadas en los ataques que sufrió el movimiento, y la liberación de los presos políticos; mejores servicios públicos, como electricidad o agua, y trabajo para contrarrestar un desempleo que alcanza la mitad de la población jóven.

Las perspectiva de Irak y Medio Oriente

El nombramiento por el parlamento irakí del ex jefe de los Servicios Secretos de Irak, Mustafa al-Kadhimi, fue producto centralmente por las negociaciones durante 6 meses dentro del gobierno, pero sobre todo por la necesidad de un acuerdo entre EEUU e Irán, para suplantar al derrocado por las manifestaciones anteriores, Adel Abdel Mahdi. Teherán acordó respaldar al ex jefe de inteligencia a cambio de descongelar algunos de sus activos atacados por sanciones, pero sobre todo por la necesidad de enfrentar la peor crisis social del país. Por su parte, EEUU podría estar recuperando una relativa influencia política perdida a partir de las brechas que se abren dentro de las milicias Kataib Hezbollah y las Unidades de Movilización Popular, lo que representa un retroceso de influencia iraní en detrimento de un avance de las milicias iraquíes que buscan mayor participación en e terreno político.

Kadhimi tendrá el desafío de resolver problemas que agobian a Irak, pero que son comunes a todos los países de Medio Oriente – la situación de Líbano es un ejemplo de esto-. El barril de petróleo es el centro de la problemática, su está por el piso, oscilando entre 25 y 30 dólares, siendo que el 90% de la economía iraquí es dependiente de las regalías del oro negro, convierte la situación en una bomba de tiempo. Además, a pesar de ser el segundo país de mayor producción de la OPEP, la extracción está a manos de empresas imperialistas como British Petroleum, Exxon o Shell, mientras que su comprador más importante es China.

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Por otro parte, la juventud de menos de 25 años representa el 60% de la población, y el 50% de ellos está desempleado. Los que tienen la suerte de trabajar en el sector público -que emplea a gran parte de los trabajadores- se están preparando para recibir recortes salariales de hasta el 35%. El gobierno recaudó con la exportación de petróleo en abril $1,5 mil millones de dólares, mientras necesitó para pagar salarios (a 4,5 millones de trabajadores), pensiones y otros gastos, $5 mil millones. La situación pende de un hilo siendo insostenible en el tiempo, ya que durante mayo el gobierno no pagó las pensiones, según Kamran Karadaghi, ex jefe de gabinete. Este recorte genera la posibilidad de que haya nuevas manifestaciones dentro del débil equilibrio.

El sábado, para poner paños fríos a las manifestaciones, al-Kadhimi intentó tomar algunas medidas como la liberación de manifestantes detenidos, prometiendo responsabilizar a los perpetradores por el asesinato de al menos 700 personas durante los mítines de meses de duración. Por otro lado, algo que muestra su intento de diálogo es que la represión fue “light” en comparación con los 15,000 heridos de las de octubre pasado. También ordenó una revisión inmediata de la ley electoral para comenzar el proceso de construcción de un nuevo marco electoral. Finalmente, reinstaló al popular general del ejército, Abdul-Wahab al-Saadi, venerado por el público iraquí por su papel en la guerra contra ISIS, designándolo comandante del Servicio Iraquí contra el Terrorismo. Su destitución en septiembre de 2019 fue uno de los desencadenantes de las protestas de octubre. Difícilmente alcance algún efecto duradero. En su discurso de este miércoles prometió castigar a quien ataque a los manifestantes, en medio de un intento de avanzar en un nuevo acuerdo estratégico con EEUU.

Irak ya no cuenta ya con reservas en dólares significativas para hacer frente a la situación económica, presionando para obtener financiamiento externo, lo que significa más austeridad y pobreza. Si en octubre con un barril de petróleo equilibrado y en precio alto, los manifestantes exigían una porción más grande de la torta, ¿qué sucederá con esta reducción de la torta?

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La pandemia en Irak golpeó más sobre la economía que en términos sanitarios. La combinación de contracción de la demanda con la sobreproducción de petróleo -que impuso Arabia Saudita por su “mini guerra” de precios con Rusia-, y la recesión mundial, hicieron colapsar el modelo económico iraquí, pero impactará en la economía de todo Medio Oriente.

Las manifestaciones en Líbano e Irak muestran que no está cerrada la situación de lucha de clases que recorrió todo el 2019, sino que parecieran estar calentando sus músculos para nuevos enfrentamientos.






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