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Red Internacional

Editorial. La izquierda tiene que volver a hablar de revolución y disputar a la clase trabajadora

Vivimos tiempos convulsos. Mientras el mundo ve con expectación la posibilidad de un salto en la escalada guerrerista en Ucrania, Chile sufre los costos de la guerra con inflación y crisis económica. Por su parte, el continente se debate entre los discursos de una derecha “populista”, y el “malmenorismo” de progresismos reciclados que se apoyan en viejos neoliberales, pero en el marco de años marcados por revueltas y procesos de lucha de clases que abren nuevas formas de pensar. La izquierda debe disputar a la clase trabajadora y sus sentidos comunes, con un proyecto claro, revolucionario, con un programa y visión de mundo socialista.

Miércoles 16 de noviembre | Edición del día
Boris Taslitzky, 1936, Las huelgas de junio de 1936, 404 x 607 mm

El entrampamiento de las negociaciones para el nuevo proceso constituyente y la obscenidad con la que los partidos del régimen definen los “bordes”, fijan “árbitros” y toda clase de restricciones a la deliberación democrática, es sólo un símbolo de la situación política que vivimos. Mientras el gobierno celebra la elección de Vlado Mirosevic como presidente de la Cámara de Diputados y la prensa se festina con los detalles jugosos, los saltos de alegría de la ministra Ana Lya Uriarte y el quiebre de la bancada del Partido de la Gente, la gran mayoría de la población mira con total indiferencia el circo de la casta política.

Detrás del ruido de la prensa y la trifulca parlamentaria, los verdaderos dueños de Chile trazan el plan político para encauzar la inestable situación política. Según Iván Weissman de El Mostrador, el verdadero temor de los grandes empresarios es “que el Gobierno no logre llevar a buen puerto una reforma de pensiones, la tributaria, algo en salud y que no se alcance un acuerdo para el nuevo proceso constituyente. Dicen que sería un grave golpe a la democracia chilena, muestra de que la política no da el ancho, abriendo las puertas a un populismo extremo al estilo Bolsonaro o Trump”.

En ese marco, no es casualidad que los grandes medios hayan festinado con la crisis del Partido de la Gente. Su apuesta, por ahora, no pasa por Parisi. Sus esfuerzos se concentran en fortalecer la alianza entre el llamado “centro” que apoyó el rechazo (los “Amarillos”, los “Demócratas” de Ximena Rincón, los descolgados de la DC, etc) y la derecha tradicional.

Para eso necesitan que al gobierno le vaya mal, pero no tan mal. En otras palabras, que Gabriel Boric cumpla su parte en favor de la gobernabilidad capitalista: habilitar un nuevo proceso constituyente diseñado de tal manera que sea imposible cambiar el grueso de la constitución heredada de la dictadura; restablecer la autoridad represiva del Estado (fortaleciendo a Carabineros, estableciendo una militarización permanente en territorio mapuche, entre otras); hacer una reforma tributaria aceptable para los grandes grupos económicos (las nuevas indicaciones del gobierno la limitan cada día más) y una reforma previsional que le cambie el nombre a las AFP, pero para mantener y legitimar el negocio capitalista con las pensiones. Todo esto en el marco de una política económica que se basa en descargar los costos de la crisis sobre los hombros del pueblo trabajador, mientras que a los grandes empresarios se le otorgan toda clase de gestos y medidas como la aprobación del TPP11.

Este plan sigue su curso, pero no está dicho que tenga éxito. La situación está marcada por los elementos de una “crisis orgánica”, en la que, a decir de Gramsci, los “grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales, o sea que los partidos tradicionales en aquella determinada forma organizativa, con aquellos determinados hombres que los constituyen, los representan y los dirigen no son ya reconocidos como su expresión por su clase o fracción de clase”, produciéndose una crisis de hegemonía de la clase dirigente.

Así como la mayoría de la población mira con indiferencia y rechazo el espectáculo de los políticos, nada indica que el proyecto burgués de gobernabilidad, de transición seria y ordenada, tenga adhesión popular. El triunfo del rechazo, a diferencia de lo que plantea la derecha, está lejos de significar un apoyo al plan de los grandes empresarios y sus distinguidos representantes políticos.

Muy alejado de estos debates, la cotidianidad está marcada por el aumento de los precios, por la mayor inseguridad para encontrar trabajo, por la inestabilidad laboral, la caída de los salarios y un sentimiento de inseguridad en las condiciones de vida en general. Si a esto le sumamos un malestar difuso pero generalizado, una rápida decepción frente a un gobierno que no se distingue en nada a un gobierno normal de la Concertación, entonces el escenario queda abierto para nuevos fenómenos políticos.

Nuevas coordenadas políticas

El mapa político se está reconfigurando. Apruebo Dignidad y la ex Concertación sellan una nueva alianza, consolidando el giro a derecha del Frente Amplio y el Partido Comunista. La Democracia Cristiana se desintegra. Los grandes capitalistas, como decíamos, apuestan por un “centro burgués” entre la derecha tradicional y los nuevos partidos de “centro”. Republicanos de José Antonio Kast buscan capitalizar el rechazo y presionar a la derecha tradicional, mientras que en los bordes surgen nuevos fenómenos políticos “populistas” como el Partido de la Gente.

La crisis del partido de Parisi muestra que, lejos del impresionismo de la “progresía” que sólo ve una marcha ascendente del populismo de derecha, el escenario es mucho más volátil. No se puede descartar de antemano que la debacle de La Lista del Pueblo sea un destino posible para alguno de estos nuevos partidos o figuras.

Entre tanto, la batalla de ideas está en el centro y se juega en todos los frentes. Como decía Gramsci, las “crisis orgánicas” son terreno fértil para nuevas formas de pensar. Y esto no aplica sólo para la izquierda, sino también para la derecha.

Hay que reconocer que la derecha está mucho más activa y envalentonada que la izquierda apruebista que se jugó la vida en la Convención Constitucional. De la derrota en el plebiscito, pasaron rápidamente a concentrarse en los trámites para constituir nuevos partidos legales.

Están quienes, como Jorge Sharp y ex convencionales de la Coordinadora Plurinacional (ex Lista del Pueblo), formarán el partido “Transformar Chile” con el objetivo de ocupar el espacio vacante que deja el gobierno a su izquierda, apelando a lo que era el espacio electoral del Frente Amplio y el Partido Comunista. La ex convencional Tania Madariaga fue explícita en que si bien no son parte del gobierno, sí serán una fuerza auxiliar a él. “Hemos realizado todo lo que hemos podido para que el Ejecutivo tenga la capacidad de empujar los compromisos que suscribieron”, afirmó.

Movimientos Sociales Constituyentes se encuentra en plena discusión sobre su constitución como referente político. Sin embargo, algunas de sus dirigentas ya han adelantado ciertas definiciones. Varios han planteado que el fracasado proyecto de nueva Constitución será uno de los pisos programáticos de un eventual nuevo partido. ¿Plantearán como inspiración un proyecto de Constitución capitalista, que ni siquiera enterraba los pilares del neoliberalismo de los 30 años? No hay anticapitalismo posible si tu programa es una Constitución que establece las bases de la república capitalista de Chile. Y eso se expresa en su ubicación frente al gobierno. ¿Cuál es su balance luego de impulsar actos y campañas conjuntas con el Comando del gobierno y la ex Concertación en el último plebiscito? A juzgar por los dichos de una de sus dirigentas, Karina Nohales de la Coordinadora 8 de marzo, el nuevo partido no se declararía de oposición al gobierno, porque “si nosotras nos desentendemos completamente de la suerte del gobierno, estamos en problemas y el gobierno tiene que poder contar con una base social”.

El Partido Igualdad ha avanzado a tomar ciertas definiciones que compartimos, como definirse anticapitalista y a la izquierda y por fuera del gobierno. Junto con otras organizaciones, han planteado “generar la voluntad política para unir a todas aquellas fuerzas políticas y sociales que, situándonos a la izquierda y desde fuera del gobierno, y construyendo desde abajo, sostenemos la firme convicción de superar el capitalismo”.

Sin embargo, la crisis orgánica que atraviesa Chile, el surgimiento de fenómenos de derecha populista y extrema derecha y la subordinación de gran parte de la izquierda al gobierno, plantea la urgencia de definir con claridad, tanto a nivel programático e ideológico, las bases de un proyecto revolucionario. De lo contrario, se corre el riesgo de entramparse en la realpolitik de las alianzas sin principios, como ya le pasó al Partido Igualdad al formar el Frente Amplio o al sellar una alianza electoral con el Partido Comunsita.

Desde nuestra óptica, estas bases deben defender sin espacio a dudas la independencia de clases frente a los partidos reformistas, impulsar un programa socialista y desde la clase trabajadora. Y que frente a la crisis y la barbarie capitalista, se proponga acabar con este sistema mediante una revolución que socialice los principales resortes de la economía para que sea la clase trabajadora y el pueblo trabajador quienes planifiquen directa y democráticamente la economía en función de las necesidades de las grandes mayorías.

Crisis, guerra y revolución

Y es que a nivel internacional estamos en un momento de definiciones. Personajes de extrema derecha como Donald Trump (que marca la pauta a la nueva derecha mundial), no tienen ningún complejo en decir que están disputando las consciencias de la clase trabajadora, buscando oponerla a la de sus hermanos de clase negros, latinos y de los pueblos oprimidos. Plantean sin tapujos y con total impunidad una salida que profundiza aún más el capitalismo salvaje en contra de los intereses de la clase trabajadora y el pueblo. El progresismo capitalista se preserva valiéndose del “mal menor” frente al avance de la barbarie derechista.

Eso es lo único que tienen que ofrecer los progresismos latinoamericanos, tal como lo hizo Lula en Brasil que pactó hasta con la centroderecha. Luego intelectuales como Álvaro García Linera (que está de gira en Chile), transforman el mal menor en ideología, al plantear que “más que el programa revolucionario para superar el capitalismo, se debe pensar en cuál es el programa que permita, del lado de la justicia social, del lado de lo colectivo, de lo común, enfrentar los problemas que más les importan ahora a las personas, como la inflación, el trabajo y la seguridad". Pero al mismo tiempo tiene que reconocer respecto a la nueva oleada de gobiernos progresistas, que antes “éramos más rupturistas y en la segunda somos más organizadores del orden político (...) antes había que patear el sistema político y ahora hay que ordenarlo, con nosotros, y formar parte de aquello".

Pero en el debate de ideas, estas teorías de la resignación no son las únicas que ganan terreno. Otro intelectual que también estará de gira en Chile, Maurizio Lazzarato, sociólogo y filósofo italiano residente en París, plantea que frente a un escenario de guerra, hay que volver a hablar de lucha de clases y revolución. En momentos en donde todo el mundo mira expectante la posibilidad de un salto en la escalada guerrerista en Ucrania, Lazzarato ha constatado que la llamada“paz” no es alternativa:

“Cuando se dice que la guerra es la continuación de la política por otros medios, de lo que se está hablando es de la lucha de clases. Hay que tener la capacidad de poner en relación la guerra entre Estados con las contradicciones sociales que precedieron las guerras. Habría que reintroducir este elemento de la lucha de clases. El problema es que los discursos sobre la revolución fueron abandonados, y ello pese a las rupturas políticas importantes que se produjeron desde 2011, sobre todo en Egipto o en Chile”, asegura. En el mismo sentido, criticaba duramente a la izquierda por enterrar toda referencia a las revoluciones del siglo pasado: “esas revoluciones y el conocimiento que esas revoluciones aportaron se esfumaron, no hay ninguna referencia. Desde luego, se le pueden hacer muchas críticas a ese tipo de revoluciones, pero hay cosas que se podrían recuperar. Por ejemplo, el hecho de que el capitalismo, tarde o temprano, conduce a la guerra”.

Y es que en escenarios de crisis y guerras, el pueblo trabajador busca alternativas y salidas claras para evitar verse arrojado a la precariedad. En el terreno electoral oscila entre el radicalismo de la derecha o el mal memorismo de progresismos que reviven a los muertos, como lo hace Boric con la Concertación.

Pero en el terreno de la lucha de clases, la juventud y el pueblo trabajador ha sabido protagonizar grandes revueltas en todo el mundo, que han puesto entre la espada y la pared a los regímenes. Chile fue un caso más dentro de este tendencia global a la irrupción violenta de sectores de masas en contra de gobernantes y regímenes políticos cada vez más degradados. Y no hay un muro que separe la revuelta de la revolución. Las rebeliones que hemos visto en el mundo, por lo general no han sido derrotadas, sino que han logrado ser desviadas. Pero la crisis política y económica en muchos casos se ha agravado. Por lo que esas primeras experiencias de la lucha de clases serán un punto de partida para procesos venideros.

La izquierda apruebista durante y luego de la revuelta, sin embargo, estuvo lejos de volver a hablar de revolución, como sugiere Lazzarato. Por el contrario, impuso el lenguaje constitucional, es decir, el de la restauración progresista del régimen político. No habló del derecho a la revolución, sino del Derecho Constitucional burgués progresista. Buscó modelar "por arriba", de manera totalmente descolgada y superestructural, derechos y relaciones de fuerza que sólo se pueden mover con la fuerza y energía de la lucha de clases. La tarea de organización y disputa del sentido común se la regalaron a la derecha y los grandes empresarios.

Por eso, no se trata simplemente que el triunfo del rechazo reveló la distancia existente entre la izquierda y el sentido común popular, como se ha pretendido afirmar, sino que hay que entrar a disputar a la clase trabajadora y sus sentidos comunes, con un proyecto claro, revolucionario y un programa y visión de mundo socialista.

Y esto no es simplemente una labor erudita. Por el contrario, cada ejemplo de organización, cada ejemplo de lucha obrera y popular que desafíe los sentidos comunes reformistas o individualistas que día a día bombardean los medios y los partidos, debe ser visto como un gran punto de apoyo para esta batalla. Por ejemplo, la ocupación productiva del Fundo Huite en la Región de los Ríos, protagonizada por el sindicato de Chilterra y comunidades mapuche, permite abrir un debate sobre qué salida dar a la crisis, sobre la alianza obrera mapuche y sobre la gestión de trabajadores en conjunto de las comunidades de la producción. Cerca de 200 trabajadoras y trabajadores junto con comunidades mapuche hicieron ocupación del fundo y mantienen andando la producción. Se combina una ocupación productiva con demandas de restitución territorial de comunidades mapuche. Se trata de una alianza entre trabajadores y mapuche y una ocupación productiva hecha en conjunto como no se veía desde los años setenta. El sindicato ha tomado en sus manos también la demanda de la restitución territorial. A su vez, dentro de los objetivos de la ocupación es poder vender productos alimenticios claves a precios justos en beneficio de la población.

Rodear de solidaridad esta pelea y abrir una discusión programática e ideológica de fondo en la izquierda alrededor de este tipo de experiencias, es una tarea fundamental del momento.


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