Política

TRIBUNA ABIERTA

La ‘Presidencia Imperial’ de EE.UU en conflicto

Henry Pinto

Docente de "Relaciones Bolivia – EE.UU" de la Carrera de Ciencia Política en la UMSS

Viernes 5 de junio | 11:56

Foto: Sputnik news

Jhon Saxe Fernández en su trabajo “La política de los Estados Unidos hacia América Latina” incorpora el concepto de presidencia imperial, para hacer referencia a un conjunto de rasgos y dimensiones de la dinámica política de EEUU, inspiradas en la filosofía del realismo político (real politik), que combina una suerte de tácticas moralistas (discursos como el Destino Manifiesto, la expansión de la libertad, etc.), sin descuidar nunca sus objetivos estratégicos, resumidos siempre en la necesidad de expandir y acumular mayor poder, combinando dos resortes o “fuerzas” como el denomina, como son la “centrífuga” expresada en el “expansionismo económico” y la “centrípeta”, caracterizada por “la centralización del poder policial – militar en el Ejecutivo”, en una muestra clara del pragmatismo y la naturaleza de la política exterior norteamericana.

A su turno, descrito como está el concepto de presidencia imperial y apuntados los dos aspectos o dimensiones relevantes de este concepto, resulta útil apuntar que a lo largo de la historia, ésta, tuvo varios objetivos que se pueden resumir de la siguiente manera: en primer lugar, durante los primeros años de la construcción del imperio, su objetivo fue “la expansión territorial y que el ejército de EUA dominara completamente América del Norte”, objetivo que fue cumplido gracias, entre otras cosas, a la visión de personajes como Jefersson, que planteó la necesidad de “guardar siempre las formas” y “justificar moralmente el despojo” y, en su caso, a la puesta en marcha de doctrinas como la del Destino Manifiesto, expuesto de mejor manera por el editor del Democratic Review de Nueva York, Jhon L. O’ Sullivan, quien afirmaba que “cualquier esfuerzo contra la anexión de Texas era un acto contra Dios”, es decir, por todo un andamiaje ideológico, destinado a cumplir los objetivos trazados por el imperio.

Después, el siguiente objetivo fue el de afirmar la idea de que “no debe existir ninguna otra potencia o grupo de potencias en el Hemisferio Occidental con capacidades económico- militares para poner en entredicho la hegemonía de EUA en las Américas”, máxima de viejo cuño que se inspiró además en la necesidad de consolidar a América del Sur como un espacio de influencia del Norte, todo ello sumado además, a la necesidad de contar con una marina capaz de mantener a Eurasia fuera del Hemisferio Occidental, con lo que se controla el comercio internacional y, seguidamente, por el objetivo especial de que “ninguna nación europea o asiática debe ser capaz de poner en dificultades el dominio estadounidense sobre los océanos”, con lo que se demuestra la complejidad de la política exterior norteamericana, que bien puede recurrir a tácticas diplomáticas, ideológicas, pero nunca sin descuidar nunca sus objetivos estratégicos, lo cual, como bien indica el autor “induce a la exploración empírico-documental de la simbiosis establecida entre la presidencia imperial, el Congreso y las grandes empresas belico-industirales, de seguridad…”.

Finalmente, resulta útil apuntar que este gama de estrategias propias de la política exterior de los EUA, nos llevan a indagar un rasgo central de la presidencia imperial, la cual se concentra no sólo en el despliegue de estrategias diplomáticas y económicas diversas, sino también en la presencia de un Ejecutivo, fuerte, omnipresente, que acapara y absorve los otros poderes, tal como sucedió con Harry Truman y sus operaciones encubiertas, Roosevelt y sus acuerdos legislativos o el caso de Bush Jr. quien gracias a la política contra el terrorismo, pudo no sólo ser reelecto, sino también acaparar una cantidad tal de facultades que se tradujeron en el incremento de los servicios secretos militares, asumiendo ‘poderes de guerra’ y reduciendo considerablemente las libertades civiles, con lo que se demuestra que el ejercicio de la presidencia imperial, requiere no sólo de un visión pragmática en el ejercicio de la política, sino también de un “ejecutivo policial – militar”, que impone sus caprichos dentro un marco muy formal de aparente democracia, y que amparada en el discurso moralista de la ley y la libertad, esconde en su seno, un profundo carácter conservador, violento y jerárquico, tal como se muestra en los constantes hechos de violencia contra latinos y afroamericanos, siendo el caso de George Floyd, una muestra sólo de esa violencia institucionalizada, en instituciones como la Policía, que dicho sea de paso goza de una abierta impunidad propiciada por el accionar y el criterio de una Corte Suprema de Justicia que no sólo encubre dicho accionar violento, sino lo justifica, permitiendo el uso desmedido de la fuerza o el comercio libre de armas.

Así es como funciona, esa sutil combinación entre el “poder policial – militar” y el “complejo empresarial-estatal”, propio de la política norteamericana, presente también en muchas facetas de nuestra historia en América Latina.






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