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Francia reabre la economía: el engaño del diálogo social y la complicidad de la burocracia sindical

Macron enfrenta en inicio del desconfinamiento en Francia en medio de una creciente desconfianza en su Gobierno. Para obligar a millones de trabajadores a volver a sus empleos sin garantizar las condiciones mínimas de seguridad y con la presión de los empresarios para retomar la actividad económica, el ejecutivo francés hecha mano del diálogo social y de la complicidad de las direcciones sindicales. La crítica situación puede dar lugar a los elementos de control obrero y para garantizar su propia seguridad e higiene, como ya se vieron en algunos momentos de la pandemia.

Domingo 10 de mayo | 13:05

Al momento de la reanudación económica este 11 de mayo la desconfianza frente a las autoridades es el elemento central de la situación francesa. Conscientes de que la cúpula del estado ocultó ciertas informaciones, en especial en el escándalo del stock de máscaras [1], sólo el 35 % de la población tiene confianza en el gobierno para preparar el desconfinamiento.

La fuerte desconfianza de la población frente al poder pone histéricos a los periodistas del régimen, como es el caso de Alain Duhamel, quien dice: “Francia es la mujer enferma de Europa. Varias encuestas internacionales comparativas fueron publicadas recientemente. Todas concuerdan, sin excepción. Frente a la prueba común del coronavirus, nuestro país se muestra como el más pesimista, el más ansioso, el más descontento, el más desafiante, el más incrédulo respecto al poder ejecutivo. En Europa, ante la crisis sanitaria, económica y social, en todas partes se ve el desarrollo de un reflejo de unidad alrededor del poder ejecutivo, sea cual fuera su color político, incluso su valoración. Acá, al contrario se ha activado un reflejo de división irresistible. Sin embargo, la situación sanitaria no es peor que en Italia, en España o en el Reino Unido y las elecciones que se hicieron no son más malas. Ahora bien, es en Francia donde se pone en marcha una suerte de moción de censura popular. Existe sin lugar a dudas una excepción francesa” [2].

Como pronosticamos en nuestro anterior artículo la combinación de este recelo hacia los de arriba junto a la continuidad de la crisis sanitaria y en especial de las tensiones sociales que van a emerger, a medida que las medidas excepcionales y a una escala jamás vista como el desempleo parcial [3] comiencen a ser retiradas, arriesgan dar lugar a una gran explosión social [4].

Gripe Española y COVID19: una menor tolerancia a la muerte

Haciendo un análisis objetivo, la pandemia actual muestra un salto cualitativo en la historia de las relaciones entre enfermedad y la reacción de las comunidades afectadas. Lo que llama la atención en el caso del coronavirus es la distancia entre la virulencia del mismo y el impacto a nivel de la reproducción y acumulación capitalista. Lo primero sigue siendo controvertido, pero no es la peste bubónica. El segundo se anuncia devastador para la economía, amenazando así la seguridad y estabilidad de muchos regímenes.

Podríamos conjeturar que después de los años 1960, en especial en los países capitalistas avanzados, el valor de la vida humana no ha cesado de elevarse, como muestra por ejemplo el rechazo en gran número de países a la pena de muerte. Posiblemente esta menor tolerancia a la muerte es un resultado de la multiplicación de las expectativas inducidas por el progreso médico-científico, así como por las maravillas tecnológicas exaltadas en la comunicación en tiempo real, no importa cuán ilusoria sean. ¿No estaba hasta hace poco Elon Musk, dueño de algunas de las empresas más importantes del planeta como Solar City, SpaceX y Tesla, queriendo crear “vida eterna”? [5].

Un simple repaso de lo que pasaba un poco más de cien años atrás con respecto a la Gripe Española nos muestra el cambio epocal que se ha producido. En su gran libro sobre este último llamado “El jinete pálido. 1918: La epidemia que cambió el mundo”, Laura Spinney nos da elementos muy sugerentes que permiten percibir las similitudes y los enormes cambios. Así ella dice que: “Era un mundo que nos resulta familiar y también tremendamente extraño. Pese a los avances conseguidos gracias a la teoría de los gérmenes, las poblaciones humanas eran mucho menos saludables que las actuales e, incluso en los países industrializados, la causa principal de una mala salud seguían siendo, con mucho, las enfermedades infecciosas, no las enfermedades degenerativas crónicas que matan a la mayoría de las personas hoy en día”. Y más adelante afirma categóricamente que: “Aún no se habían inventado los antibióticos y todavía era relativamente poco lo que las personas podían hacer cuando enfermaban. Incluso en París y Berlín, la enfermedad llenaba los intersticios de la vida humana. Acechaba detrás de las columnas periodísticas dedicadas a la guerra. Era la materia oscura del universo, tan íntima y familiar que no se podía hablar de ella. Infundía pánico, seguido de resignación. La religión era la principal fuente de consuelo y los padres estaban acostumbrados a sobrevivir al menos a alguno de sus hijos. La gente veía la muerte de un modo muy diferente. Era una asidua visitante; tenían menos miedo”.

Las consecuencias de tal cambio de paradigma y de contexto con la explosión de una población adulta especialmente vulnerables al COVID19 son sorprendentes y han puesto al capital a la defensiva. Como dice Monique Dagnaud, Directora de investigaciones en la EHESS, en un reciente artículo: “Sin embargo, el cambio de la elección de la vida a toda costa en lugar de las aguas egoístas del cálculo monetario, es histórico, aun cuando está desde hace mucho tiempo en el espíritu de época de las sociedades desarrolladas que consagran presupuestos aumentados para los cuidados médicos y la investigación. Es la primera vez que estas sociedades no dudan en poner en peligro su futuro por algunas decenas de miles de defunciones: esta decisión, anunciada durante una potente ola de emoción colectiva ampliamente transmitida por los medios, fue recibida como el triunfo de nuestros valores. Bastaron algunas semanas para que ciertos actores económicos cuestionen tímidamente esta elección, que compromete el futuro de todas las generaciones” [6]. Es esta reacción poco habitual, que puso a la salud de la población en primer plano, la que el Gobierno y los grandes capitalistas buscan revertir con la reanudación económica cuando la circulación del virus aún no está controlada.

El miedo de los trabajadores y las dificultades gubernamentales

Como dijo el primer ministro el ultimo 28 de abril, el Gobierno camina sobre un "sendero muy estrecho". En el marco de la desconfianza creciente a su acción en el plano sanitario, es consciente de su fragilidad y del peligro para los capitalistas de perder el control de la situación. Su falta de preparación al comienzo de la crisis y las enormes incertidumbres sobre el post 11 de mayo (día del desconfinamiento gradual) pesan sobre la población. Como decía no hace mucho un editorial de Cécile Cornudet: “’La escasez inicial (de tests) dictó la elección del confinamiento y esto pesa todavía en el tiempo’, reconoce el profesor Delfraissy en La Repubblica. ¿Cómo acelerar la vuelta al trabajo cuando todavía faltan tests y barbijos? La ’pelota en el estómago’ descripta por los asalariados es el primero de los contraargumentos económicos” [7].

Este acérrimo representante de la patronal sin pelos en la lengua dice que, a pesar del temor que tengan, a los trabajadores hay que habituarlos a vivir con el virus, cueste lo que cueste. En un artículo dirigido a plantear la responsabilidad histórica de los sindicatos frente al desconfinamiento, Eric Le Boucher afirma que: “No hay alternativa, es necesario volver a trabajar. A partir del 12 de mayo. Como el Estado pronto estará agotado, el fin del confinamiento se basa en el buen acuerdo obligado de las partes. La responsabilidad histórica de los sindicatos es la de admitirlo, asumir que el fin del confinamiento es indispensable y que nada, salvo un milagro médico fuera de alcance hoy, puede garantizar ’la seguridad absoluta’. Es necesario decirles a los asalariados franceses que hay que retornar al trabajo, que ’el riesgo cero’ no existe, que el empirismo y el relativismo deben ser los nuevos principios directrices, en resumen, que hay que hacer ’lo correcto’. Esto se llama claramente un compromiso entre la salud y la economía. Este discurso indispensable es un giro de 180 grados en un mundo del trabajo dirigido por relaciones conflictivas y en una sociedad amamantada desde hace cincuenta años por el hiper maternalismo de Estado y el absolutista principio de precaución" [8]. Este escriba de la patronal demanda a las organizaciones sindicales que colaboren para "ganar la batalla de la producción", como había sido el caso del Partido Comunista Frances (PCF) y de su principal dirigente Maurice Thorez a la salida de la segunda guerra cuando la clases y dirigentes, y su aparato de coerción, estaban deslegitimados por el colaboracionismo con los nazis, cuestión que los estalinistas harán a cambio de algunas concesiones sociales importantes a cambio de salvar al capitalismo francés frente al peligro de la revolución.

Contra el dialogo social, por comisiones de seguridad e higiene de los trabajadores en el camino del control obrero

Como hemos escrito al comienzo del confinamiento, fueron las luchas obreras, en la mayoría de los casos salvajes o dirigidas por los cuerpos intermediarios de los sindicatos pero en ausencia de toda iniciativa de las cúpulas sindicales, incluida la dirección de la CGT, las que fueron imponiendo a la patronal, a pesar de las reticencias de estas y de los emplazamientos del ministerio de Trabajo, el cese de las actividades no esenciales. El objetivo del desconfinamiento es un intento del gobierno y de los grandes capitalistas de retomar la iniciativa, de la vuelta a la normalidad de la dictadura patronal en las fábricas, establecimientos y lugares de trabajos que fue trastocada en cierta medida durante el periodo más alto de la pandemia [9].

El instrumento de esta retomada de control -donde el miedo al virus y la desconfianza de los trabajadores es creciente- es el dialogo social que va al encuentro de las tendencias incipiente al control obrero que existían al comienzo del confinamiento, es decir a la tendencia de los trabajadores azuzados por el terror de la pandemia a no aceptar las imposiciones arbitrarias en términos de seguridad, higiene o el tipo de producción exigido por los capitalistas. El macronismo y sus corifeos, hostiles a toda negociación real con sus contrapartes sociales y sindicales, han redescubierto ahora todas las ventajas del diálogo social. Aún cuando hace tan solo unos meses lo recharaban de plano y aprobaban la reforma de las pensiones mediante el autoritario artículo 49.3 de la Constitución en el mismo momento del comienzo del pico de la pandemia.

Como dice la revista patronal Challenges: “Señalado con el dedo y considerado como un freno a la actividad por algunos, el diálogo social hoy está puesto en la picota para volver a poner en marcha la economía. Su ventaja es doble en este período convulsionado: adaptar las medidas de seguridad sanitaria a las realidades del terreno pero también y sobre todo, tranquilizar a los asalariados. ‘Negociar con anticipación con las organizaciones sindicales permite evaluar los riesgos dentro de la empresa y encontrar allí respuestas concretas’, adelanta Raymond Soubie, presidente de Alixio y ex consejero social de Nicolas Sarkozy. ‘Esto tranquiliza a los trabajadores’. En el mismo plan está la CFDT, primer sindicato de Francia: ‘Los activos están dispuestos a volver a trabajar pero no en detrimento de su salud’, constata Marylise Léon, la número dos de la organización. El diálogo social es precisamente la herramienta para obtener su aprobación a la vuelta de las actividades” [10].

La primera prueba de amor de este acuerdo patronal/sindical contra los trabajadores, es la declaración común subrayando la importancia de un buen clima social en las empresas para relanzar la maquinaria económica firmado entre la central patronal, MEDEF, y las dos organizaciones sindicales abiertamente colaboracionistas, la CFDT y el CFTC.

Este diálogo social es una puñalada por la espalda a los trabajadores no solo a nivel sanitario sino en relación a toda una serie de cuestiones con respecto a las condiciones de trabajo. Como dice la misma revista patronal “Concretamente, las empresas tienen todas las herramientas para hacer frente a la crisis: ‘Las ordenanzas sobre el Código de trabajo de 2017 han descentralizado la negociación de algunas normas a nivel de la empresa, estima Deborah David, abogada asociada al estudio De Gaulle Fleurance & Associés. Tiempo de trabajo, organización de la producción… Las empresas tienen más flexibilidad para enfrentar las tormentas. Con la condición de firmar acuerdos colectivos con los sindicatos’”.

Frente a los riesgos a nuestra vida y la brutal presión a las condiciones de trabajo de la patronal, que utilizará cada vez más el terror económico a los cierres y a los despidos para imponer retrocesos ya sea en plano sanitario como social [11], como decíamos al comienzo del confinamiento debemos tomar las cosas en nuestras manos: “Si mañana las empresas imponen la vuelta al trabajo, es necesario que los trabajadores que corren riesgos impongan sus propias condiciones, que decidan democráticamente, en organismos que reúnan al conjunto de los trabajadores, sindicalizados o no, quién debe trabajar, en qué condiciones de seguridad y para hacer qué”. No podemos dejar en manos de los grandes capitalistas, que mostraron su desprecio por nuestra vida, en qué condiciones trabajamos. Especialmente en el transporte, durante el confinamiento fueron los trabajadores quienes impusieron o demandaron las medidas más adecuadas, no solo para cuidar a los choferes y maquinistas, sino también al conjunto de trabajadores que usamos el transporte público. Hoy en día sería criminal tener la menor confianza en el ministerio de Transportes o en las empresas y sus medidas delirantes y sobre todo represivas.

Frente a la presión del gran capital que no teme arriesgar nuestras vidas para que volvamos a producir sus ganancias, incluso por producciones no esenciales, la crisis actual está demostrando qué clase es la más indicada para controlar y planificar la producción. Imponiendo el control obrero en todos los planos de la vida de las fábricas, los establecimientos o los lugares de trabajos, los explotados y las explotadas somos los más indicados para definir cuáles son las prioridades de la producción y las condiciones necesarias para cuidar nuestra salud.






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