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Red Internacional

Opinión. Crisis en Ucrania, entre la amenaza de guerra y la negociación in extremis

Las tensiones en el este europeo siguen luego de los anuncios del presidente ruso, la respuesta de Estados Unidos y otras potencias. Qué está en juego en la crisis.

Miércoles 23 de febrero | Edición del día

En los últimos días las tensiones entre Rusia/Ucrania y la OTAN se han extremado. Una vez más, el encargado de mover las piezas en este complejo tablero geopolítico fue el presidente ruso Vladimir Putin. Luego de que las potencias occidentales dejaran claro que no iban a asumir el compromiso en la mesa de negociación de no incorporar a Ucrania a la OTAN, el 21 de febrero el presidente ruso reconoció oficialmente como repúblicas independientes a las provincias de Donetsk y Lugansk en el este de Ucrania, que desde 2014 están bajo control de separatistas prorrusos. La repercusión global no se hizo esperar. Cayeron las bolsas, el rublo perdió el 10% de su valor y el barril de petróleo superó los 100 dólares lo que seguramente reactuará sobre las tendencias inflacionarias que registra la economía mundial.

El anuncio de Putin tuvo una importante cuota de teatralidad. La televisión rusa transmitió en directo una reunión del Consejo de Seguridad en la que los jefes militares daban sus razones para reconocer a las regiones separatistas.

Tras el voto afirmativo del consejo, Putin se dirigió al pueblo ruso en un mensaje de casi una hora con un tono fuertemente nacionalista y reaccionario. Palabras más o menos, el presidente ruso sostuvo que Ucrania como estado era una “ficción”, que le debía su existencia a Lenin y los bolcheviques, una reinterpretación en clave anticomunista de la política de la Unión Soviética revolucionaria de reconocer el derecho de la autodeterminación de las naciones que como Ucrania había sufrido la opresión zarista.

El objetivo indisimulable de este show mediático de Putin era conseguir apoyo interno para lo que podría terminar en una aventura militar que como su gobierno, no goza de alta popularidad entre la población rusa. A renglón seguido, el Senado autorizó al Kremlin a enviar tropas para auxiliar a estas nuevas “repúblicas” en caso que considere que estén bajo amenaza militar ucraniana.

Esta última escalada implica de hecho que Rusia ya no reconoce los acuerdos de Minsk II cuya aplicación era una de las demandas del Kremlin ante el incumplimiento, según Rusia, del gobierno ucraniano. Recordemos que si bien estos acuerdos eran más favorables a Rusia porque preveían la autonomía de Donetsk y Lugansk, mantenía a estas provincias dentro de Ucrania y planteaba el retiro de las tropas rusas del Donbass.

¿Esto quiere decir que la guerra entre Rusia y la OTAN es inevitable? No necesariamente en lo inmediato, aunque sin dudas es la coyuntura más peligrosa desde diciembre de 2021, cuando se inició esta etapa de la crisis. La situación tiende cada vez más a los extremos. Sin embargo, todavía parece haber margen para una estrategia de “golpear para negociar”.

Por ahora, Putin avanzó dos casilleros: encontró una manera de escalar sin lanzar una invasión militar en toda la línea. Y amplió el radio de acción hacia toda la región del Donbass, extendiendo las fronteras de las nuevas “repúblicas populares” que solo ocupaban un tercio de esa región. El bonus track fue que con esta jugada dejó en ridículo al presidente francés Emmanuel Macron y otros líderes imperialistas europeos que habían comprado que la solución diplomática estaba al alcance de la mano y que ellos podían ser los artífices de esa solución.

La respuesta de Estados Unidos y la Unión Europea fue más que previsible. Por el momento, no se salieron del libreto de la “diplomacia coercitiva”, consistente un cóctel de sanciones económicas, despliegue militar en los países de la OTAN próximos a Moscú y envío de armas a Ucrania. Como ya venían anunciando, la movida de Putin puso en marcha una nueva ronda de sanciones económicas que afectan a los bonos de la deuda soberana, a instituciones financieras, a los miembros de la Duma (parlamento ruso) y otros individuos de la elite rusa. Es una incógnita si en la lista de individuos sancionados está Putin. El alcance de estas sanciones aún es materia de debate. Los partidarios de medidas más duras, como Wall Street Journal y varios congresistas republicanos, sostienen que luego de años de sanciones, la deuda pública rusa está emitida mayormente en rublos y que la deuda externa está en un nivel manejable del 25%. El golpe más importante para el Kremlin es la suspensión del proceso de certificación por parte de Alemania del gasoducto Nord Stream 2, que permitiría transportar el gas ruso directamente a Europa sin pasar por Ucrania. Las potencias imperialistas se han reservado un margen para incrementar las sanciones, por ejemplo, desenganchar a Rusia del sistema internacional de pagos.

En síntesis, para Rusia, más allá del último movimiento táctico, sostener una guerra y posterior ocupación de Ucrania sería muy costoso en términos económicos, militares y políticos. Eso explica que escale la presión militar por la zona de menor resistencia: el este ucraniano, donde la mayoría de la población es ruso parlante.

Para los socios europeos imperialistas de la OTAN la estrategia por el momento es tratar de evitar verse involucrados en una guerra de envergadura con Rusia. Estados Unidos por su parte aún no se recuperó del retiro desastroso de Afganistán que dejó expuesta su decadencia hegemónica. Las potencias de la UE no quieren una guerra en su propio territorio. Además la OTAN sufrió un importante deterioro durante los cuatro años de la presidencia de Donald Trump y si bien la escalada rusa le dio cierta unidad, también expuso las diferencias sobre todo entre Estados Unidos y Alemania (y Francia). Junto con la dependencia energética de Europa –en particular de Alemania- del gas ruso es la carta más fuerte que juega Putin. Esto es lo que huele Volodymyr Zelenski, el presidente ucraniano hoy subordinado a las potencias imperialistas occidentales, que se quejó amargamente en la Conferencia de Seguridad de Munich y acusó a sus patrocinadores de la OTAN de tener una política de “apaciguamiento”. Sin embargo, la situación se hace cada vez más tensa y se acerca a un punto en el que se van cerrando los caminos para retroceder.

Las raíces del conflicto entre Rusia, Ucrania y la OTAN se remontan al fin de la Guerra Fría con el triunfo de Estados Unidos, la disolución de la Unión Soviética y la restauración capitalista. Después de haber retrocedido a niveles históricos en el período de Boris Yeltsin, bajo el régimen bonapartista de Putin, Rusia reemergió como una potencia que si bien no tiene el estatus de la ex Unión Soviética y se basa en una economía rentista dependiente del petróleo, ha heredado el arsenal nuclear de la ex URSS lo que le da una proyección geopolítica que excede con creces sus bases materiales y alimenta las ambiciones de Putin de incidir en la escena internacional en función de los intereses del capitalismo ruso.

Estados Unidos además de promover gobiernos prooccidentales en la vecindad de Rusia ha avanzado con la expansión hacia el este de la OTAN que gradualmente fue incorporando los países que formaban parte de la esfera de influencia de la Unión Soviética. La Alianza Atlántica, que tenía por objetivo defender a la Europa capitalista de un eventual ataque de la Unión Soviética bajo la dirección de Estados Unidos, una vez desaparecida la URSS duplicó sus miembros y se extendió hasta las fronteras de Rusia. La lógica que guía esta acción expansiva de Estados Unidos es el objetivo estratégico de avanzar en una política de semicolonización de Rusia.

Esta es una política de Estado del imperialismo norteamericano, llevada adelante por demócratas y republicanos, realistas y neoconservadores. Solo algunos pocos se han opuesto, entre ellos George Kennan, nada menos que el creador de la “política de contención” que fue la base de la Guerra Fría.

Luego de haber perdido mucho terreno e influencia –los países bálticos, la instalación de misiles y bases militares de la OTAN en los países de Europa del Este-, la “línea roja” de Putin es la incorporación de Georgia y Ucrania a la OTAN y a la Unión Europea. Esta política de expansión de las potencias occidentales hacia Rusia hizo que esos países hayan sido escenarios de guerras de baja intensidad en los últimos años. Georgia en 2008, donde Rusia intervino a favor de las repúblicas separatistas de Osetia del Sur y Abjazia tras la ofensiva del ejército georgiano. Y Ucrania en 2014, con la anexión de Crimea después del levantamiento de Maidán que llevó a la fracción prooccidental al gobierno, una posición de importancia estratégica para Rusia (en particular la base de Sebastopol) y las regiones separatistas del Donbass.

Por eso una de las demandas de Putin era tener un reaseguro de que no se iba a incorporar a la OTAN a Ucrania y Georgia, a lo que Estados Unidos y la UE se negaron.

Tras el fin de la “guerra contra el terrorismo”, la principal hipótesis de seguridad nacional de Estados Unidos es el “conflicto entre potencias”, y sus principales enemigos China y Rusia. Históricamente, uno de los objetivos de la política exterior del imperialismo norteamericano fue separar a China de la ex URSS, lo que consiguió bajo la presidencia de Nixon en 1972 que selló un acuerdo con China. Aunque hay un debate abierto sobre la conveniencia de este acuerdo, que por un lado aisló a la URSS pero por otro permitió la emergencia de China como competidor estratégico de Estados Unidos. La política de Biden para recomponer el liderazgo imperialista es articular un frente amplio en contra de los “regímenes autocráticos” que empuja de hecho a una alianza entre Rusia y China. El encuentro y la declaración común de Putin y Xi Xinping es un primer paso en ese sentido.

Pero más allá de los roces y rivalidades con Estados Unidos y las potencias imperialistas europeas el régimen de Putin es completamente reaccionario. No solo está al servicio de los intereses capitalistas de oligarcas afines sino también de objetivos contrarrevolucionarios en un sentido más amplio, como mostró la intervención militar ordenada por Putin para aplastar el levantamiento popular en Kazajstán, o la injerencia a favor de sostener el régimen de Assad en Siria. Décadas de opresión nacional, primero bajo el zarismo y luego bajo el estalinismo, y ahora con la negación lisa y llana por parte de Putin del estatus de Ucrania como estado, alimentan en Ucrania un nacionalismo antirruso reaccionario, utilizado por el gobierno de Zelenski, por los oligarcas ligados a los negocios con Estados Unidos y la UE, y por las potencias imperialistas.

Con el pretexto de la “soberanía de Ucrania” o la defensa de la “democracia” contra la “autocracia”, Estados Unidos y la OTAN están empujando las tendencias a una guerra que será catastrófica para los trabajadores y los pueblos. Por eso los socialistas llamamos a enfrentar con la movilización la posibilidad de esta guerra reaccionaria, contra la OTAN y las sanciones impuestas por las potencias imperialistas, así como rechazamos la injerencia de Rusia en Ucrania. Ucrania es en este juego una moneda de cambio. La posibilidad de una Ucrania independiente está indisolublemente ligada a la lucha contra los oligarcas de ambos bandos y a una perspectiva socialista. La posibilidad de detener las guerras reaccionarias al desarrollo de la revolución socialista y a terminar con la dominación imperialista en todo el mundo.

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