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Claves de la elección en Argentina: polarización, campañas vacías y bronca contra la casta política

Este domingo tendrán lugar las elecciones primarias obligatorias, luego de una campaña donde todas las fuerzas patronales carecieron de programas o propuestas para la profunda crisis nacional que viven millones. El Frente de Izquierda Unidad, por el contrario, levantó un programa para dar solución estructural a esa dramática situación.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Jueves 9 de septiembre | 16:00

Este domingo se realizan en Argentina las elecciones primarias para definir a los candidatos y candidatas que competirán en los comicios legislativos de noviembre. Allí se renovará la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado de la Nación, además de distintas legislaturas provinciales y locales. Argentina arrastra una crisis económica y social profundizada por la pandemia, que llevó el desempleo a más del 10 %, la pobreza al 42 % y a una inflación que, a fin de año, podría rondar el 45 %.

El Frente de Izquierda y de los Trabajadores Unidad, que reúne a las cuatro principales fuerzas que se reivindican de la izquierda trotskista, es la única expresión de izquierda con representación nacional en la Cámara de Diputados, además de contar con decenas de legisladores y legisladoras provinciales.

Contrastes

"Cuando más lo necesitaba el presidente, al gobernante que elegí, me abandonó. Yo no sabía qué hacer, no sabía que ya no tenía que agachar la cabeza. Pero he aprendido de Guernica que la lucha se gana en las calles. Hay que seguir peleándola. Hay que juntar a todos lo quieran luchar, convertir la decepción que hay que es mucha, en lucha”.

Ruth tiene 30 años. Los cumplió hace muy poco. Joven madre y activa luchadora por tierra para vivir en el corazón de La Matanza (distrito más populoso de la Provincia de Buenos Aires), expresa el sentir de millones en estas elecciones. Ella, que aprendió a pelear en lugar de resignarse, será una de las candidatas que nutren las listas del Frente de Izquierda Unidad este domingo [1].

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Su lucha por tierra y vivienda, así como las batallas que protagonizó en el marco de una vida más que difícil, funcionan en contraste con los privilegios de una casta política que quedó en el ojo de la tormenta por su olímpica separación en relación a las grandes mayorías populares.

La foto del presidente Alberto Fernández celebrando un cumpleaños en el momento más duro de la pandemia cayó en un barril de descontento popular. Días más tarde, de manera simétrica, las operaciones políticas pusieron en circulación otro festejo desmedido en pandemia. Esta vez protagonizado por la oposición derechista de Carrió y Larreta, de Juntos por el Cambio. Los privilegios de una casta que gobierna y gestiona el Estado al servicio del gran empresariado quedaron expuestos con crudeza. La bronca de millones no hizo más que más que escalar.

Decepción y desencanto se hicieron sentir en cada encuesta o sondeo de opinión. Se palparon en cada barrio, lugar de trabajo o colectivo. Un clamor contra “la política” se alzó desde amplios sectores de la población. En ese terreno de descontento hicieron oír su voz demagogos derechistas como Javier Milei o José Luis Espert, precandidatos a diputado nacional en Ciudad y Provincia de Buenos Aires respectivamente.

Jugando a esconder lo obvio, candidatos y candidatas de las fuerzas políticas patronales intentaron camuflarse de “gente común”. No faltaron los spots hablando de nietos, hermanos y madres. Tampoco aquellos que presentaban un pasado de sufrimiento por las crisis económicas afrontadas. Todos y todas fingieron ser como Ruth, aunque estén social y políticamente a años de distancia.

La decadencia custodió los disfraces. Spots y avisos presentados como “llamativos” sirvieron para confirmar lo pobre de la campaña. El “garche” y los portaligas; los gritos desaforados de “libertad”; la astrología y los trajes regalados por diputados macristas para presentarse ante conductoras televisivas como Mirtha Legrand o Juana Viale; un océano de superficialidad para sepultar la carencia de propuestas de fondo.

Solo el Frente de Izquierda Unidad planteó propuestas programáticas para enfrentar los padecimientos agudos que sufren las mayorías populares. Como recordó este jueves Nicolás del Caño, el planteo de reducir la jornada laboral legal a 6 horas, 5 días a la semana, para que trabajen todos y todas, fue parte de un debate que salió de los sets televisivos y llegó hasta los lugares de trabajo, en boca y palabras de miles de trabajadores y trabajadoras.

Bajo las órdenes del FMI

La pobreza de ideas y programas entre las fuerzas patronales tiene una finalidad: no asustar a Kristalina Gueorguieva, a la plana mayor del FMI y a los grandes especuladores internacionales. Las elecciones tienen lugar sobre la afilada cornisa que conduce a discutir la reestructuración de la deuda tomada en los años macristas y reconocida por el Gobierno peronista.

Aquí, a pesar de las menciones recurrentes, la grieta se ausenta. Ni el oficialista Frente de Todos ni la oposición de derecha cuestionan ese acuerdo, que implicará una subordinación de la nación al gran capital extranjero, por lo menos, por una década. A esa entente pro-FMI se suman también los (mal) llamados “libertarios” y los liberales, donde las voces más representativas son las de Javier Milei y José Luis Espert.

Esa carencia de diferencias sobre problemas esenciales convirtió a la polarización electoral en la principal herramienta de campaña de peronistas y macristas. El “ay pero Macri” funcionó como reverso discursivo del “ay pero Cristina”, como señaló este miércoles Myriam Bregman en el canal de noticias TN.

Un jueves gris, marco de los cierres de campaña en Provincia de Buenos Aires, soldó esa conclusión. En esa polarización, la oposición derechista ejerció una progresión de menor a mayor en el discurso radicalizado “contra el kirchnerismo”. El manejo de la pandemia y la presencialidad en las escuelas se convirtieron en naves insignias de esa pelea.

El oficialismo respondió con un relato optimista, apelando a un cóctel que mezclaba un pasado de crecimiento durante los años kirchneristas (2003-2015) con un futuro pos-pandémico deseable. Paradojas del relato, el presente real -administrado por el Frente de Todos- acompaña la imagen de un ajuste persistente que implicó hundir salarios y jubilaciones en aras de reducir el déficit fiscal. La gestión Guzmán recibió, hace apenas semanas, halagos del ex ministro Domingo Cavallo, rostro emblemático de los años de ajuste neoliberales.

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En las últimas semanas la campaña evidenció un notorio corrimiento a derecha en distritos centrales como CABA y Provincia de Buenos Aires. Tironeados desde ese lateral por el discurso reaccionario de Milei, las principales figuras del macrismo giraron progresivamente hacia posiciones más rabiosamente derechistas. Ya en el final de campaña, hablando casi el lenguaje de los llamados libertarios, defendieron la reforma laboral y la eliminación de la indemnización por despido. Música para los oídos del votante de derecha y de los grandes grupos capitalistas.

Siguiendo la estela que dejaba esa trayectoria, los candidatos del Frente de Todos no se contuvieron para ir en la misma dirección. Autodefinido como progresista, Leandro Santoro (precandidato a diputado nacional en CABA), no dudó en reivindicar al derechista Sergio Berni, ministro de Seguridad Bonaerense. Tampoco en hacer público su “respeto” hacia la ex ministra nacional Patricia Bullrich, responsable política de las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel. Visto el escenario de conjunto, la polarización electoral operó derechizando el escenario político.

El contexto no invita, sin embargo, a creer en la homogeneidad de las fuerzas patronales. Tanto el Frente de Todos como Juntos por el Cambio irán a elecciones divididos en múltiples distritos. La coalición derechista llega a las PASO con cuatro listas en provincias como Córdoba y Santa Fe; con tres en CABA y con dos en Provincia de Buenos Aires, por solo citar ejemplos. Por su parte, el peronismo en su conjunto tiene sus propias tensiones y divisiones en Neuquén, Santa Cruz, Chubut, Tucumán y también Córdoba, entre otros distritos.

Allí se cruzan los intereses de los gobernadores peronistas con los sectores afines al kirchnerismo. El futuro aguarda la suerte que corra el oficialismo en los principales distritos del país. Pero también en cada rincón del territorio. Hecha de retazos variados, la coalición oficialista vive la tensa calma del momento electoral. Sin embargo, nadie debería olvidar que los choques y las tensiones están, apenas, un par de meses atrás en el tiempo.

La demagogia hecha campaña

Milei y Espert -esencialmente el primero- aparecen como los rostros más visibles de un abanico derechista que aglutina a todo tipo de reaccionarios y conservadores. Allí hay que enlistar sectores “pro-vida” (es decir, pro-aborto clandestino); defensores de los genocidas que participaron de la última dictadura militar; liberales ajustadores y personajes repudiables en diversa variedad.

Su fuerte presencia en el escenario político no puede desligarse de la proyección construida por la gran corporación mediática. Habrá que esperar al domingo, tarde en la noche, para confirmar cómo se expresa en las urnas este espacio. Por lo pronto, el crecimiento de esta demagogia derechista no puede escindirse de la bronca contra la casta política que se desparrama a nivel social. Agreguemos, para no escatimar información, que este sector ejerce una fuerte condena verbal contra esa misma casta, pero dejando a salvo los intereses del gran capital al que aquella sirve.

Sin embargo, la demagogia no fue privativa de esa derecha. A la hora de buscar un puente hacia la juventud, las fuerzas mayoritarias ensayaron poses carentes de credibilidad. Acompañadas, como cada dos años, de vagas promesas de trabajo que, en ningún caso, ponen en cuestión la extendidísima precarización laboral que afecta a la juventud.

El Frente de Izquierda Unidad utilizó la campaña electoral para dar visibilidad a ese drama social que sufren millones de jóvenes. Le dio voz a esa misma juventud, como se vio en el importante acto que tuvo lugar en la Ciudad de Buenos Aires hace pocas semanas. O como se evidencia si se repasan las listas en todo el país, donde jóvenes de 18 a 25 años son parte fundamental. Se trata de una juventud que es activa en peleas por el trabajo digno y por el salario; en defensa del medioambiente; denunciando las políticas extractivistas -donde tampoco hay grieta entre macrismo y peronismo-; y peleando por los derechos de las mujeres, entre otros muchos combates.

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La incertidumbre del día después

La apatía y el descontento son parte fundamental de la escena electoral. Consultores y analistas, partiendo de ese hecho, intentan no comprometerse con pronósticos firmes.

Las dudas no atañen solo a los resultados que den las urnas. La tensa negociación con el FMI tiene como trasfondo un escenario de malestar social. A lo largo de 2021, las calles de las principales ciudades del país funcionaron como termómetro de la bronca, pero también de la resistencia. Luchas contra los despidos y contra la precarización laboral; masivos reclamos del movimiento de desocupados; reclamos en defensa del medioambiente. En ese abigarrado conjunto se encuentras las bases para peleas más duras si los ataques recrudecen. Y cualquier programa dictado en las oficinas del organismo internacional implica una mecánica de ajuste.

Una importante votación al Frente de Izquierda Unidad es un paso fundamental para prepararse hacia un escenario de mayores confrontaciones y crisis. Conquistar diputados nacionales de la izquierda en las generales de noviembre resulta esencial para los momentos en los que la demagogia electoral deje paso a los ataques abiertos contra las mayorías trabajadoras.






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