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Red Internacional

Criticado por generaciones más jóvenes, García demostró disposición al cambio a lo largo de su carrera. Artista disruptivo que tuvo su era de oro con un productor que trabajó con ¡The Clash!

Augusto Dorado@AugustoDorado

Sábado 23 de octubre | Edición del día
Fotos que ilustran el disco Clics Modernos de 1983, el primero producido por Joe Blaney.

A medida que el rock se iba masificando en Argentina, la figura de Charly García se agigantaba. Fue protagonista del fenómeno cultural que empezó a hacer masivo al rock vernáculo: los recitales Adiós Sui Generis marcaron un hito en la historia de lo que con el correr del tiempo se comenzó a denominar “rock nacional”. Por lo tanto, a poco de iniciada la historia del rock, Charly ya era una figura. Las generaciones que se fueron incorporando lo ubicaban como un artista mainstream en relación a ellas, que emergían. Y pese a que la actitud de Charly nunca fue de rechazo (aunque sí marcaba la cancha: “Mientras miro las nuevas olas, yo ya soy parte del mar”), y que apadrinó y produjo a parte de “lo nuevo” en los 80 (Abuelos de la Nada, Los Twist, Calamaro, Suéter y Fabiana Cantilo, que por estilo y sonido se los podría etiquetar como new wave, vaya paradoja), para algunos artistas y porciones del público más joven en los 80 y 90, Charly García era una especie de “vaca sagrada” que no merecía demasiada atención ni respeto. Particularmente la escena punk era la de actitud más reacia a artistas como Charly García, visto como una institución que ameritaba “pequeñas anécdotas” (ya que de instituciones hablamos) como cuestionamientos e insultos.

El movimiento punk en Argentina prácticamente nació delimitándose de generaciones anteriores del rock local: el disco debut de Los Violadores les dedica un tema a modo de manifiesto, “Viejos Patéticos”. Aunque no le pegan directamente a Charly, porque la exigencia de “Basta de hospicios, Betos y cósmicos” apunta en concreto contra Pastoral (dúo que era apoyado en presentaciones en vivo por los socios de Charly en Serú Girán, Pedro Aznar y David Lebón), contra Spinetta y contra Raúl Porchetto, en ese orden.

Esa relación tirante de la escena punk con los próceres de las primeras etapas del rock argentino, entre los que Charly era el principal, se mantuvo a lo largo de los años hasta llegar al incidente con Marcelo Pocavida en la puerta del camarín en el que ambos esperaban a los New York Dolls: García charlaba amablemente en inglés con algún asistente cuando el excantante de los legendarios Los Baraja lo increpa. “García, hippie…”, le espeta, a lo que Charly responde: “Fuck You”. “Jamás estuviste en la vida de los New York Dolls”, le reprocha Pocavida. “Yo los inventé”, ironiza Charly. “¿Vos los inventaste?”, desafía el punk. “Te voy a escupir”, redobla la apuesta en actitud punk el autor de “Demoliendo Hoteles”. Lo que sigue es un intercambio poco agradable de fluidos salivales hasta que Charly corta de cuajo la competencia con un sopapo. Cachetazo al vicio.

La pregunta es ¿realmente era tan ajeno Charly García a una banda como los New York Dolls, influencia fundamental para la configuración del punk como estilo musical y como movida cultural? ¿Porqué estaba allí el “bigote bicolor”? La respuesta tal vez la podamos encontrar en la atención y admiración que depositó en bandas new wave y punk desde fines de los 70, lo que le despertó una inspiración tal como para sazonar sus composiciones con lo que traían esas nuevas olas y esos raros peinados nuevos. Desde “No llores por mí Argentina” y un memorable recital de Serú Girán en el Teatro Coliseo en el que tocan versiones de temas como “Yo no quiero volverme tan Loco” en clave The Police (y por eso ese tema resultó varios años después en título de la edición en CD de ese show). Era recién septiembre de 1981, siempre adelantado.

Lo que seguiría, luego de su disco solista debut, sería la que muy probablemente sea su época dorada en el aspecto musical, al menos en lo que a experimentación y creatividad concierne: sus discos de los años ´80, en los que depositó su confianza en el productor Joe Blaney, quien resultó en pieza fundamental para darle forma a obras como Clics Modernos, Piano Bar, Parte de la Religión y toda esa saga. Pero lo que pocas personas se detienen a reflexionar es que Charly, que realizó un viaje iniciático a Nueva York para trabajar en los míticos Electric Lady Studios, eligió expresamente a Blaney porque su último trabajo había sido como ingeniero de sonido del álbum Combat Rock, el último de… ¡The Clash!

Joe Blaney trabajando con Mick Jones, Joe Strummer y Topper Headon en el sonido de lo que sería el último disco de The Clash, Combat Rock.
Joe Blaney trabajando con Mick Jones, Joe Strummer y Topper Headon en el sonido de lo que sería el último disco de The Clash, Combat Rock.

Muchas crónicas dan cuenta de que Joe Blaney también trabajó con los Ramones (a veces mal llamados con el artículo “The” que jamás se antepuso al nombre de la banda en ningún disco) pero pocas recuerdan que el trabajo del productor con la banda pionera del punk fue paralela a su época junto a Charly: quedó en sus manos la mezcla de Halfway to Sanity de 1987, disco en que participan como invitadas figuras de la era CBGB (una de las cunas del punk norteamericano) como Debbie Harry de Blondie y Walter Lure, guitarrista de los Heartbreakers (la banda del ex New York Dolls Johnny Thunders). En ese mismo 1987, Blaney produjo Parte de la Religión.

Son varias las intersecciones en los caminos que cruzan a Charly con el punk desde lo musical (que podrían ser la envidia de auténticos fanáticos del género). Pero también algunas actitudes lo acercan a este movimiento artístico: hitos extra musicales, como su choque con Lanata (a quien predijo como el pelotudo que se fue desarrollando hasta transformarse en el gorila actual que difunde falsedades de corte policial para estigmatizar a la comunidad mapuche); el Say No More que patentó para dar por terminado lo que sea; la hazaña hardcore punk del “me tiré por vos” desde el noveno piso de un hotel, digna de cualquier Sex Pistols.

Y finalmente, su capacidad para expresar el momento histórico y social como si fueran la banda de sonido de cada época en temas como “Botas Locas”, “No llores por mí Argentina”, “Canción de Alicia en el País” (en momentos de relativa fortaleza de la Dictadura, pleno 1980), o “Los Dinosaurios” para retratar con metáforas la caída de la Dictadura combinando un clima de angustia con otro de esperanza (“pero los dinosaurios van a desaparecer”).

Y si el punk es centralmente una actitud, resulta injusto prejuzgar a Charly García como un simple “hippie”, cuando tuvo la audacia de dejar atrás una especie de folk para pasar a experiencias musicales cercanas al latin jazz y jazz fusión con condimentos de afro beat y candombe -como encontramos en etapas de La Máquina de Hacer Pájaros y Serú Girán- hasta incorporar sintetizadores y secuenciadores para seguirle los pasos a innovadores como Prince. Un camino inquieto y cambiante en lo musical que no escatimó en experimentación, igual que hicieron astros del punk como los Clash. Tal vez tuvo más punk de lo que muchos pensamos y estuvo más cerca de la revolución en el plano musical que varios de quienes lo prejuzgamos en nuestros años adolescentes. Mirado retrospectivamente, tal vez Charly sea en definitiva el punk menos pensado.




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