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CHINA
La crisis del coronavirus y las vulnerabilidades del modelo chino
Juan Chingo

El presidente chino y secretario general del PCCh, Xi Jinping, visita un centro de prevención y control de coronavirus en Beijing.

El poder absoluto de Xi Jinping, ya puesto en cuestión en Hong Kong, sometido a la compleja guerra comercial con EE. UU. y con la victoria del partido proindependentista en Taiwán, está debilitado frente al tratamiento de ésta imprevisible epidemia.

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La burocracia frente a lo imprevisible

Durante las primeras semanas del brote, el descuido y la falta de acción de las autoridades pusieron en evidencia fuertes contradicciones sobre cómo el Partido Comunista Chino (PCCh) estaba gestionando la epidemia. La Comisión de Salud de Wuhan reveló que se había registrado una "neumonía desconocida" a finales de diciembre. Pero hasta que Xi Jinping no emitió sus directrices sobre cómo abordar el problema el 20 de enero, ni el gobierno central de Pekín ni los gobiernos locales de la provincia de Hubei y la ciudad de Wuhan, en el centro de la epidemia, habían hecho mucho en cuanto a transparencia y respuesta a la crisis.

Sin poner en cuestión qué se podría haber hecho retrospectivamente entre diciembre y el 5 de enero (día de la secuenciación del genoma), es evidente que en la fase crucial del 5 al 20 de enero las autoridades chinas no estuvieron mínimamente a la altura. La demora en esos quince días que coinciden con el inicio de la gran migración de Año Nuevo ha tenido enormes consecuencias. Como explica el especialista en China, François Godement, del Instituto Montaigne de París: “La tardanza de las autoridades centrales para reaccionar a las informaciones provenientes de Wuhan es obvia… A esta tardanza se agrega la impericia de la acción local: un banquete para 40.000 personas en el centro de Wuhan el 18 de enero, festejado por la prensa local, quedará en los anales. La estructura del sistema de salud chino –hospitales y dispensarios más bien que generalistas dispersos– no favorecía la prevención del contagio, muy por el contrario. La transmisión de hombre a hombre, evidente a partir de los primeros días de enero con el caso de los médicos, y anterior para otros pacientes, recién fue reconocida el 20 de enero…", Xi Jinping face au coronavirus, 12/2/2020.

Pero esto errores y fallas no surgen sólo de la dificultad de controlar una epidemia viral de tipo imprevisible, un test difícil para cualquier gobierno, sino que se relacionan a características estructurales del régimen chino. Esto es lo que afirma la sinóloga Chloé Froissart, profesora de Ciencias Políticas en el departamento de estudios chinos, Université Rennes 2, quien dice de forma tajante: "Lo que podría haber quedado en un epifenómeno circunscripto localmente se convirtió en una epidemia mundial a causa de tres males profundamente arraigados en el régimen chino. El primer lugar, la corrupción: aunque el Estado central haya reglamentado estrictamente el comercio de animales salvajes con fines alimentarios, esto subsistía en el mercado de Wuhan donde se originó la epidemia gracias a una corrupción organizada que la municipalidad tenía interés en esconder al gobierno central. En segundo lugar, la obsesión por la ’estabilidad social’ –hay que entender por esto: la preservación de la imagen del Partido sobre todo en un contexto político sensible como el de la preparación de la sesión plenaria de la Asamblea popular nacional que se hace cada primavera. En tercer lugar, el control de la información, que no ha cesado de aumentar bajo el mandato de Xi Jinping, que se traduce en la orden intimando a los medios a hacerse portavoces del Partido y la recuperación del control de las redes sociales", Le coronavirus révèle la matrice totalitaire du régime chinois, 11/2/2020. Y frente a los medidas draconianas desplegadas por el régimen chino como la cuarentena de 56 millones de personas, la construcción de un hospital en diez días, el uso del reconocimiento facial para localizar personas potencialmente contaminadas en trenes, drones que ordenan a los aldeanos que usen una máscara y se vayan a casa, señala de forma crítica: “...no se trata más que de un voluntarismo a lo Mao, consistente para el Estado-partido en actuar por actuar, poco importa la eficacia de la acción emprendida y su costo en términos de violación de los derechos humanos. Además de que la cuarentena fue declarada demasiado tarde –más de 5 millones de personas salieron de Wuhan antes de que fuera aplicada– y de que es imposible cerrar herméticamente una provincia entera, las autoridades la pusieron en marcha sin asegurarse que la población esté suficientemente aprovisionada de víveres, medicamentos, personal y equipamiento médico. En un contexto de crisis que se prolonga, los dos hospitales sirven ante todo como propaganda”. Las imágenes del famoso hospital recientemente construido totalmente inundado, proveniente de fugas de sus techos, confirman que el mismo puede ser una aldea Potemkin [expresión para señalar una estructura que se ve bien por fuera pero es un desastre por dentro, NdE] que oculta la impericia frente a la imprevisible de la de la burocracia de Pekín.

La burocracia ahoga la economía, la vida social y cultural

Pero el tratamiento que le dieron las autoridades del PCCh a la epidemia del coronavirus está actuando como revelador de un límite mayor de la burocracia restauracionista, esto es que la misma es de más en más un obstáculo al progreso económico, social y cultural del país.

Antes de analizar eso, hagamos una breve digresión histórica. En los años 1930, el revolucionario ruso León Trotsky en una de sus obras más consagradas La Revolución Traicionada decía a propósito de la burocracia de la ex URSS: “El papel progresista de la burocracia soviética coincide con el periodo dedicado a introducir en la Unión Soviética los elementos más importantes de la técnica capitalista. El trabajo de imitación, de injerto, de transferencia, de aclimataciones, se ha hecho en el terreno preparado por la revolución. Hasta ahora, no se ha tratado de innovar en el dominio de las ciencias, de la técnica o del arte. Se pueden construir fábricas gigantes según modelos importados del extranjero por mandato burocrático, y pagándolas, es cierto, al triple de su precio. Ahora bien, cuanto más lejos se vaya, más se tropezará con el problema de la calidad, que escapa a la burocracia como una sombra. Parece que la producción está marcada con el sello gris de la indiferencia. En la economía nacionalizada, la calidad supone la democracia de los productores y de los consumidores, la libertad de crítica y de iniciativa, cosas incompatibles con el régimen totalitario del miedo, de la mentira y de la adulación.
Tras el problema de la calidad se plantean otros, más grandiosos y complejos, que se pueden abarcar bajo la rúbrica de la acción creadora técnica, cultural e independiente. Un filósofo antiguo sostuvo que la discusión era la madre de todas las cosas. En donde el choque de las ideas es imposible, no pueden crearse nuevos valores”. Efectivamente, las razones dadas aquí por Trotsky impidieron que la burocracia fuera capaz de pasar exitosamente de un crecimiento de tipo extensivo a uno intensivo, siendo las razones de fondo, estructurales de la bancarrota e implosión de la ex URSS varias décadas después en el marco de la economía mundial dominada por el imperialismo.

A primera vista podría parecer sorprendente que usemos una cita sobra las trabas que impuso el dominio burocrático al desarrollo del estado obrero degenerado de la ex URSS, para comprender que pasa en la China actual. Es que, a diferencia de la burocracia estalinista de la ex URSS, que parasitaba un régimen social surgido de la revolución, la burocracia restauracionista china, aunque parte de las conquistas de la revolución de 1949 que unificaron el país y crearon una acumulación primitiva que mejoro las bases económicas y sociales del país a pesar del atraso del que partía, se apoya en una economía de tipo capitalista. Pero a pesar de ésta enorme diferencia en el régimen social, lo que sorprende es la continuidad de los métodos burocráticos de control y dominio en la dirección del PCCh -exacerbados de nuevo hasta el paroxismo con el ascenso de Xi Jinping como nuevo timonel- y las trabas que esto impone al desarrollo económico, social y cultural después del enorme desarrollo luego de las primeras décadas del milagro chino.

Así, el lúcido economista Andy Xie partiendo de la monumental movilización del gobierno chino frente a la epidemia, a la que describe como “Una movilización del gobierno en una escala que no tiene precedentes. Muestra el asombroso poder del modelo chino. Con el poder del gobierno en el centro de todo, puede moldear a la sociedad de una manera que no es posible en ningún otro país grande o incluso mediano”, hace la siguiente justa constatación: “Si bien los poderes abrumadores del gobierno son una ventaja para manejar una crisis nacional, no son tan efectivos para prevenirla. Desde que el virus comenzó a aparecer a principios de diciembre, los acontecimientos se han desarrollado como una secuela de la crisis del síndrome respiratorio agudo severo de 2003, como si nada hubiera cambiado en 17 años. Lo que demuestra que el modelo chino es un instrumento contundente y bueno para hacer cosas obvias y grandes, pero no tan efectivo con problemas complejos a niveles micro”. Pero lo más interesante es que intenta generalizarlo a nivel del conjunto de la economía y del modelo de desarrollo chino. Xie afirma que “...el modelo chino es muy efectivo en la etapa inicial del desarrollo económico, pero mucho menos en una economía industrializada y urbanizada. Una economía en desarrollo necesita infraestructura por encima de todo lo demás y el modelo de China es muy bueno para movilizar recursos para implementar proyectos a gran escala. Durante la fase de construcción de infraestructura, las economías de escala potencian la productividad y el crecimiento del PIB. Pero luego, a medida que disminuyen las economías de escala, el mismo sistema desacelera la productividad y el crecimiento. La economía de China parece haber estado en esta fase posterior durante los últimos cinco años más o menos. El modelo de China, aunque se discute en todo el mundo, está perdiendo efectividad en su propio territorio.

Un tema relacionado es la trampa de los ingresos medios. Una vez que Japón, Taiwán o Corea del Sur superaron los US$ 10,000 de ingreso per cápita, este aumentó a US$ 20,000 con relativa rapidez. Sin embargo, China ha luchado para avanzar en su ingreso per cápita en los últimos cinco años, con el crecimiento del PIB compensado en parte por la depreciación de la moneda. El aumento de la inversión en las mismas actividades ha llevado a un aumento de la sobrecapacidad y la presión de depreciación de la moneda. Para escapar de la trampa de los ingresos medios, China necesita reducir las inversiones y cambiar el capital de los proyectos planificados por el gobierno a actividades orientadas al mercado y que mejoren la productividad. Esto no sucede porque el gobierno tiene demasiado control sobre la asignación de capital. El modelo de China, si bien es efectivo para elevar los ingresos per cápita del país de US$ 500 a alrededor de US$ 10,000 ahora, también puede ser la trampa que impida que el país alcance el estatus de altos ingresos”, How the coronavirus crisis is exposing the ills of the China model, 31/1/2020.

Que este ahogo burocrático toca un nervio sensible fue revelado de forma trágica por la fuerte conmoción de la opinión pública generada por la muerte de Li Wenliang el pasado 7 de febrero, el oftalmólogo de 34 años que había alertado sobre el nuevo virus, que fue ignorado y reprimido por las autoridades por difundir una supuesta fake news al comienzo de la crisis. En una entrevista con el portal de noticias privado Caixin después de confirmarse que había sido infectado, Li dijo: "Creo que debería haber más de una voz en una sociedad sana, y no veo con buenos ojos que se utilice el poder público para interferir de forma excesiva". Los internautas habrían clickeado 1.500 millones de veces en 24 horas su nombre. El pasado 11 de febrero un hashtag que decía "Quiero libertad de expresión", habría sido objeto tres millones de clicks antes de desaparecer. La frase "este caballero" (nageren), una perífrasis designando a Xi Jinping, tuvo que ser prohibida de la web. Nuevamente, los intelectuales firman peticiones por la libertad de expresión.

Todos estos elementos nos muestran que los métodos administrativos y de mando burocrático del PCCh, que con errores garrafales como El Gran Salto Adelante que implicaron millones de muertos y que fueron eficaces a pesar del carácter bárbaro para dirigir ese populoso país en la época de Mao o durante las primeras décadas de la reforma pro capitalista, entran de más en más en contradicción no solo con el desarrollo más general del país sino fundamentalmente con el cambio de su estructura social: hoy en día la población más productiva vive y trabaja en las ciudades, alterando cualitativamente la base de poder en que se basaba el poder autocrático del PCCh lo que lo va a someter a crecientes cuestionamientos.

El fin del triunfalismo de la era Xi Jinping

Aún es muy temprano para saber si la crisis abrirá brechas en el dominio burocrático de la burocracia de Pekín. Como de costumbre las autoridades centrales están desviando la cólera sobre las autoridades locales, designando a la vez a cercanos de Xi en Wuhan como en Hong Kong, dos de los focos más sensibles. Pero Xi Jinping aprovecha la crisis para ajustar aún más su monopolio del poder, está claro que el triunfalismo de su era esta golpeado.

A nivel externo, la propagación de la enfermedad confirma a los estadounidenses en sus creencias más íntimas sobre la República Popular, esto es refuerza la impresión de una China temblorosa bajo el peso de sus propias inconsistencias, aún inmadura para desafiarlos, asegurándoles que el tiempo aún está de su lado. La imagen de China como gran potencia moderna alabada por Xi ha quedado dañada. En una verdadera humillación, la libertad de movimiento de los chinos en todo el mundo fue limitada como nunca lo ha sido en cuarenta años, no porque el Partido Comunista impidió la salida de sus ciudadanos, sino por las restricciones a su movimiento en el extranjero. Desde Kazajstán hasta Italia, incluso los países que participan en la "Ruta de la Seda”, la piedra angular del soft power de Pekín, cerraron sus fronteras a los chinos.

Con este contexto de fondo es probable que los problemas de gobernanza lleven a conclusiones opuestas en China en comparación con el resto del mundo. Mientras en China un poder más atemorizado ajusta aún más su control sobre la población, gran parte del mundo exterior se verá reforzado en su convicción de que China es un actor no confiable, y que esta falta de confianza está ligada a su sistema político opaco, autoritario y excesivamente controlado. Esto podría imponer varios costos a largo plazo: aunque las compañías extranjeras no van a retirarse de uno de sus mercados globales más grandes, la falta de confiabilidad en la salud pública de China hará que sea mucho más difícil convencer al personal internacional y sus familias de que se muden allí, creando otra razón suplementaria para diversificar las cadenas de suministro en otros países y, a su vez, los esfuerzos de China para convencer al mundo en desarrollo o los países semicoloniales y dependientes de que tiene un modelo político-económico que vale la pena emular, seguramente se verán afectados.

A nivel interno, la propagación de esta enfermedad va al cruce de uno de los desafíos más importantes para Pekín, esto es elevar el nivel de urbanización en la República Popular y garantizar una mejor calidad de vida para sus habitantes. El liderazgo chino se está centrando en esta combinación para mantener el consentimiento de la población ahora que la economía se está desacelerando después de años de crecimiento impetuoso. Wuhan, el epicentro de la epidemia, es un ejemplo del proceso de urbanización impuesto por Pekín en las regiones interiores. Su PBI crece un 8,5% anual, pero las demandas de la población por un mayor bienestar son crecientes. En julio pasado, la ciudad fue escenario de protestas ambientales. Miles de personas se opusieron a la posible construcción de una planta de conversión de residuos en energía cerca de un área urbanizada. El evento ganó reverberación internacional cuando los manifestantes que salieron a las calles de Hong Kong intentaron vincular su causa con la de Wuhan. El manejo de la crisis en la ciudad difícilmente haya aumentado el consentimiento hacia el PCCh. Como describe un corresponsal del New York Times los habitantes están viviendo una pesadilla: “Las autoridades chinas recurrieron a medidas cada vez más extremas en Wuhan el jueves para intentar detener la expansión del mortal coronavirus, ordenando revisiones casa por casa, reuniendo a las personas enfermas en centros de cuarentena enormes. Las medidas urgentes, al parecer improvisadas, se producen en medio del empeoramiento de la crisis humanitaria en Wuhan, exacerbada por las tácticas que dejaron a esta ciudad de 11 millones de habitantes con una tasa de mortalidad del 4,1 % a causa del coronavirus desde el jueves, una tasa notablemente más alta que la del resto del país (0,17 %). Con las personas enfermas en campamentos de cuarentena, con cuidado médico mínimo, una creciente sensación de abandono y miedo se apoderó de Wuhan, lo que alimenta la sensación de que la ciudad y la provincia circundante de Hubei están siendo sacrificadas por el bien de China”, 6/2/2020.

Por su parte, la epidemia podría afectar negativamente el impulso en la construcción de infraestructura que hay detrás de la Iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda. Es que la posición de Wuhan [1] como núcleo (“hub”) estratégico de transporte se ha vuelto en contra, convirtiéndose en un factor negativo.

Más en general, esta crisis de salud también revela a los ojos de todo el mundo que las ambiciones en la arena internacional de la burocracia de Pekín no se corresponden en el plano social y sanitario con la imagen de gran potencia proyectada por sus dirigentes. Más bien muestra el nivel de subdesarrollo en estas áreas, expresión de la falta de prioridad que el modelo chino ha dado al bienestar del conjunto de la población. La realidad es que una de las causas de la virulencia del virus es el estado deplorable del sistema de salud. Las pocas imágenes que circularon gracias a las redes sociales, de pacientes en cama, nos hacen pensar más en un país de tipo semicolonial que a una superpotencia. La realidad es que una de las causas de la virulencia del virus es el estado deplorable del sistema de salud. La espectacular construcción de hospitales en pocos días, cuidadosamente orquestada por el régimen, tiene más que ver con la propaganda que con la eficiencia, porque lo que está en juego son décadas de retraso. O, dicho de otra manera, aunque construir hospitales es rápido, dotarlos de médicos calificados y equipos de apoyo, y conectarlos a un sistema epidemiológico nacional bien desarrollado es un trabajo de décadas.

La realidad es que tanto la fuerte destrucción ambiental como la fuerte desigualdad social y la pobreza extrema aun existente generadas por el “milagro chino” pueden de más en más volverse en su contra como un boomerang, como demuestra la parálisis económica actual. Tomando en cuenta que incluso antes de este brote epidémico, la economía, los precios de los departamentos, las finanzas chinas y la política de las autoridades eran cada vez más susceptibles de una crisis de confianza, las perspectivas no son nada halagüeñas. Es difícil concebir que la vuelta a la normalidad pueda ser lograda tan simplemente. La realidad es que es probable que China entre en tiempos turbulentos como ya se vienen expresando en su periferia, de una forma más progresiva en Hong Kong o de forma fuertemente reaccionaria en Xinjiang.

 
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