Sociedad

HOMENAJE A UN AÑO DE SU MUERTE

Richard Levins: viviendo la Tesis XI

A modo de homenaje a un año de su muerte, publicamos desde Ecología y medioambiente este artículo de Richard Levins, reconocido biólogo especializado en ecología, marxista y comunista norteamericano.

Jueves 19 de enero | 20:32

Los filósofos han tratado de entender el mundo.
El punto, sin embargo, es cambiarlo.

Karl Marx, Tesis XI sobre Ludwig Feuerbach

Cuando era un muchacho siempre asumí que crecería para ser, al mismo tiempo, científico y de izquierda. Más que enfrentar el problema de combinar la militancia y la academia, he tenido mucha dificultad tratando de separarlas.

Antes de que pudiese leer mi abuelo me leyó Ciencia e historia para niñas y niños del Obispo Brown, “El Malo”, un obispo luterano que fue excomulgado por convertirse al marxismo. Mi abuelo creía que, como mínimo, todo trabajador socialista debería estar familiarizado con la cosmología, la evolución y la historia. Nunca separé la historia, de la que participamos activamente, de la ciencia, de la búsqueda de cómo son las cosas. Mi familia ya había roto con la religión hacía más de cinco generaciones, pero mi padre se sentaba conmigo cada viernes por la noche para estudiar la Biblia, porque era una parte importante de la cultura circundante e importante para muchas personas. Un relato fascinante sobre cómo las ideas se desarrollan en condiciones cambiantes, y porque todo ateo debería conocerlo tan bien como los creyentes.

En mi primer día de primaria mi abuela me pidió que aprendiera todo lo que pudieran enseñarme, pero que no me lo creyera de ninguna manera. Ella era muy consciente de la "ciencia racial" de la Alemania de los años 30 y las justificaciones para la eugenesia y la supremacía masculina, que eran muy populares en nuestro propio país. Su actitud vino tanto del conocimiento de los usos de la ciencia para obtener poder y ganancia, como de la desconfianza genérica de un trabajador hacia los gobernantes. Su consejo formó mi posición para la vida académica: conscientemente dentro de la universidad, pero no propiedad de ella. Crecí en un barrio de izquierda de Brooklyn donde las escuelas estaban vacías cada Primero de mayo y en donde conocí a mi primer republicano recién a los doce años. Cuestiones relacionadas con la ciencia, la política y la cultura fueron debatidas permanentemente en grupos, en el paseo marítimo de Brighton Beach, siendo la esencia de la conversación en las comidas. El compromiso político estaba asumido y cómo actuar en función de ese compromiso era un debate candente.

Cada sociedad crea sus propias maneras de relacionarse con el resto de la naturaleza, su propio patrón de uso de la tierra, su propia tecnología acorde a su realidad y sus propios criterios de eficiencia.

Como adolescente me fui interesando en la genética a través de mi fascinación por la obra del científico soviético Trofim Lysenko. Finalmente, su enfoque resultó estar terriblemente equivocado, especialmente por tratar de llegar a conclusiones biológicas a partir de principios filosóficos. Sin embargo, su crítica a la genética de su tiempo me dirigió hacia el trabajo de Waddington, Schmalhausen y otros que no lo desacreditaban simplemente a causa de la Guerra fría, sino que tuvieron que responder a su desafío desarrollando una visión más profunda de la interacción organismo-ambiente.

Mi esposa, Rosario Morales, me llevó a Puerto Rico en 1951, y los once años que viví allí me dieron una clara perspectiva política latinoamericana. Los diversos triunfos de la izquierda en América del Sur fueron una fuente de optimismo, incluso en esos tiempos sombríos. La vigilancia del FBI en Puerto Rico bloqueó todas las opciones de trabajo que estaba buscando y para vivir terminé cultivando hortalizas en las montañas occidentales de la isla.

Como estudiante en la Escuela de Agricultura de la Universidad de Cornell, me habían enseñado que el principal problema agrícola de los Estados Unidos era el manejo del excedente agrícola. Pero como agricultor en una región pobre de Puerto Rico vi la importancia de la agricultura para la vida del pueblo. Esa experiencia me llevó a la realidad de la pobreza (que socava la salud, acorta las vidas y cierra las opciones, entorpeciendo el crecimiento personal), y a las formas específicas que el sexismo toma entre los pobres rurales. La organización directa del trabajo en las plantaciones de café se combinó con el estudio. Rosario y yo escribimos el programa agrario del Partido Comunista Puertorriqueño, en el que combinamos un análisis económico y social bastante aficionado con algunas ideas de primera mano sobre los métodos de producción ecológica, la diversificación, la conservación y las cooperativas.

Cuando conocí el materialismo dialéctico, en mi adolescencia, lo hice a través de los escritos de los científicos marxistas británicos John Burdon Sanderson Haldane, John Desmond Bernal, Joseph Needham y otros. Con posterioridad lo hice a través de Marx y Engels.

La primera vez que fui a Cuba fue en 1964. Lo hice para ayudar a desarrollar el área de genética de poblaciones y para echar un vistazo a la Revolución Cubana. A lo largo de los años me involucré en la lucha cubana por una agricultura ecológica, en el camino hacia un sendero ecológico de desarrollo económico justo, igualitario y sostenible. El pensamiento progresista, tan poderoso en la tradición socialista, postulaba que los países en vías de desarrollo tenían que alcanzar a los países avanzados a lo largo de una única ruta: la modernización. Desestimaba así como “idealistas” a los críticos de la senda de la “alta tecnología” de la agricultura industrial, como sentimentalistas urbanos nostálgicos por una bucólica edad de oro rural que en realidad jamás existió. Sin embargo, la visión era otra: que cada sociedad crea sus propias maneras de relacionarse con el resto de la naturaleza, su propio patrón de uso de la tierra, su propia tecnología acorde a su realidad y sus propios criterios de eficiencia. Esta discusión finalmente se produjo en Cuba en la década de 1970, y para la década de 1980 el modelo ecológico prácticamente había ganado la pulseada, aunque la implementación aún debía recorrer un largo proceso. El Período especial, ese momento de crisis económica luego del colapso de la Unión Soviética, cuando los materiales para la alta tecnología ya no estuvieron disponibles, permitió a los ecologistas por convicción reclutar a los ecologistas por necesidad. Esto sólo fue posible porque los ecologistas por convicción habían preparado el camino.

Cuando conocí por primera vez el materialismo dialéctico, en mi temprana adolescencia, lo hice a través de los escritos de los científicos marxistas británicos John Burdon Sanderson Haldane, John Desmond Bernal, Joseph Needham y otros. Solo con posterioridad lo hice a través de Marx y Engels. Inmediatamente captaron mi interés tanto intelectual como estéticamente. Una visión dialéctica de la naturaleza y de la sociedad ha sido, desde entonces, un tema central en mi investigación.

Me he deleitado con el énfasis dialéctico en la totalidad, la conexión y el contexto, el cambio, la historicidad, la contradicción, la irregularidad, la asimetría y la multiplicidad de niveles de fenómenos, un contrapeso refrescante al reduccionismo prevaleciente entonces y ahora.

Un ejemplo: luego de que Rosario me sugiriera mirar a la Drosophila, frecuentemente conocida como “mosca de la fruta”, en la naturaleza (y no sólo en los tubos de ensayo del laboratorio) comencé a trabajar con la Drosophila en el vecindario de nuestra casa en Puerto Rico. Mi pregunta era: ¿cómo la Drosophila hace frente a los gradientes temporales y espaciales de sus ambientes? Empecé a examinar las múltiples formas en que las diferentes especies de Drosophila respondieron a desafíos ambientales similares. En un solo día podía recolectar Drosophilas en los desiertos de Gúanica y en el bosque lluvioso alrededor de nuestra chacra en la cima de la cordillera. Resulta que algunas especies se adaptan fisiológicamente a altas temperaturas en dos o tres días. Por eso muestran relativamente pocas diferencias genéticas en función de la tolerancia al calor a lo largo de un gradiente de altitud de 900 metros. Otras tenían subpoblaciones genéticamente distintas en diferentes hábitats. Incluso otras estaban adaptadas y habitaban sólo una parte del rango ambiental disponible.

La pobreza y la opresión cuestan años de vida y salud, reduce los horizontes y elimina los talentos potenciales antes de que puedan florecer.

Una de las especies de Drosophila del desierto no era mejor tolerando el calor que algunas especies de la selva tropical, pero era mucho mejor su habilidad para encontrar micrositios húmedos, frescos y esconderse en ellos después de las 8:00 am. Estos descubrimientos me llevaron a describir los conceptos de selección en cogradiente, donde el impacto directo del medioambiente mejora las diferencias genéticas entre las poblaciones, y en selección en contragradiente, donde las diferencias genéticas compensan el impacto directo del medioambiente. Ya que en mi transecta, el trayecto en el cual realicé mis observaciones, la alta temperatura estaba asociada a condiciones secas, la selección natural actuó para aumentar el tamaño de las moscas en Guánica mientras que el efecto de la temperatura en el desarrollo las hizo más pequeñas. El resultado resultó ser que las moscas del desierto al nivel del mar y de la selva tropical eran aproximadamente del mismo tamaño en sus propios hábitats, pero las moscas de Guánica eran más grandes cuando se criaban a la misma temperatura que en la selva tropical.

En este trabajo cuestioné el sesgo reduccionista predominante en la biología al insistir con que los fenómenos tienen lugar a diferentes niveles, cada uno con sus propias leyes, pero al mismo tiempo están conectados. Mi sesgo era dialéctico: la interacción entre las adaptaciones se dan a nivel fisiológico, conductual y genético. Mi preferencia por el proceso, la variabilidad y el cambio estableció la agenda de mi tesis.

El problema era cómo las especies pueden adaptarse a un ambiente cuando el ambiente no siempre es el mismo. Cuando empecé mi trabajo de tesis me sorprendió la facilidad con que se enunciaba el supuesto de que, frente a exigencias opuestas, por ejemplo cuando el ambiente favorece a un menor tamaño una parte del tiempo y a un gran tamaño el resto, el organismo tendría que adoptar algún estado intermedio. Pero esta es una aplicación irreflexiva del “sedante liberal” que dice que cuando hay puntos de vista opuestos la verdad se encuentra en algún punto medio. En mi disertación, el estudio de la eficacia biológica fue el intento de examinar cuándo una posición intermedia es verdaderamente óptima y cuándo es la peor elección posible. La respuesta corta resultó ser que cuando las alternativas no son muy diferentes, una posición intermedia es realmente óptima, pero cuando éstas son muy diferentes, en comparación con el rango de tolerancia de la especie, entonces solo un extremo o en algunos casos una mezcla de los extremos es preferible.

La expectativa desarrollista de que el crecimiento económico llevará al resto del mundo a la opulencia y a la eliminación de las enfermedades infecciosas se está probando como errónea.

El trabajo con la selección natural en genética de poblaciones casi siempre asume un ambiente constante, pero a mí me interesaba su variabilidad. Propuse que la "variación ambiental" debe ser una respuesta a muchas cuestiones relacionadas con la ecología evolutiva y que los organismos se adaptan no sólo a características ambientales específicas tales como suelos de alta temperatura o alcalinos, sino también al patrón del ambiente -su variabilidad, su incertidumbre- y las correlaciones entre los diferentes aspectos del medioambiente. Además, estos patrones del ambiente no están simplemente dados, siendo “externos” al organismo: los organismos seleccionan, transforman y definen sus propios ambientes.

Independientemente del asunto particular de una investigación (ecología evolutiva, agricultura o, más recientemente, salud pública), mi interés básico ha sido siempre la comprensión de la dinámica de sistemas complejos. Además, mi compromiso político requiere que cuestione la relevancia de mi trabajo. Bertolt Brecht, en uno de sus poemas, dice: “Realmente vivimos en un tiempo terrible ... cuando hablar de árboles es casi un crimen porque es una especie de silencio sobre la injusticia”. Brecht estaba por supuesto equivocado sobre los árboles: hoy en día cuando hablamos de árboles no estamos ignorando la injusticia. Pero también tenía razón en que la erudición que es indiferente al sufrimiento humano es inmoral.

La pobreza y la opresión cuestan años de vida y salud, reduce los horizontes y elimina los talentos potenciales antes de que puedan florecer. Mi compromiso de apoyo a las luchas de los pobres y oprimidos junto a mi interés por la variabilidad, se combinaron para enfocar mi atención en las vulnerabilidades fisiológicas y sociales del pueblo.

He estado estudiando la capacidad del cuerpo para recuperarse después de estar estresado por la desnutrición, la contaminación, la inseguridad y una atención médica inadecuada. El estrés continuo socava los mecanismos estabilizadores en los cuerpos de las poblaciones oprimidas, haciéndolos más vulnerables a todo lo que sucede, a pequeñas diferencias en sus ambientes. Esto se manifiesta en una mayor variabilidad en las mediciones de la presión arterial, índice de masa corporal y esperanza de vida en comparación con resultados más uniformes en poblaciones bajo confort. Al examinar los efectos de la pobreza no es suficiente examinar la prevalencia de enfermedades, separadas en diferentes poblaciones. Mientras que patógenos o contaminantes específicos pueden precipitar enfermedades específicas, las condiciones sociales crean una vulnerabilidad más difusa que vincula enfermedades que, médicamente, no están relacionadas. Por ejemplo, la desnutrición, la infección o la contaminación pueden romper las barreras protectoras del intestino, pero una vez quebrada, por cualquiera de estas razones, se convierte en un lugar de invasión de contaminantes, microbios o alérgenos. Por lo tanto, los problemas nutricionales, las enfermedades infecciosas, el estrés y las toxicidades, causan una gran variedad de enfermedades aparentemente no relacionadas.

Desde la década de 1960, la noción predominante había sido que la enfermedad infecciosa desaparecería con el desarrollo económico. En la década de 1990 ayudé a formar el Grupo de Harvard sobre Enfermedades Nuevas y Resurgentes para rechazar esa idea. Nuestro argumento era en parte ecológico: la rápida adaptación de los vectores a los cambios de hábitat como deforestación, los proyectos de riego y el desplazamiento de la población por la guerra y el hambre. También nos centramos en la rápida adaptación de los patógenos a los plaguicidas y los antibióticos. Al mismo tiempo criticamos el aislamiento físico, institucional e intelectual de la investigación médica en patología vegetal y estudios veterinarios que podrían haber demostrado antes el amplio patrón de aumento que se observó, no sólo de la malaria, el cólera y el SIDA, sino también la peste porcina africana, la leucemia felina, la tristeza de los cítricos y el virus del mosaico dorado del poroto. Debemos esperar más cambios epidemiológicos con las crecientes disparidades económicas y con los cambios en el uso de la tierra, el desarrollo económico, los asentamientos humanos y la demografía. La fe en la eficacia de antibióticos, vacunas y pesticidas contra patógenos de plantas, animales y humanos es ingenua a la luz de la evolución adaptativa. Además, la expectativa desarrollista de que el crecimiento económico llevará al resto del mundo a la opulencia y a la eliminación de las enfermedades infecciosas se está probando como errónea.

El resurgimiento de las enfermedades infecciosas no es más que una manifestación de una crisis más general: el síndrome ecosocial de ansiedad extrema. Se observa una crisis en muchos niveles, omnipresente, de relaciones disfuncionales tanto dentro de nuestra especie, como entre ella y el resto de la naturaleza. Se incluyen así, en una red de acciones y reacciones, los patrones de enfermedad, las relaciones de producción y reproducción, la demografía, el agotamiento y la destrucción gratuita de los recursos naturales, el cambio en el uso de la tierra, nuevos asentamientos y el cambio climático planetario. Esto es más profundo que las crisis anteriores, llegando más alto a la atmósfera, más profundo en la tierra, más extendido en el espacio, y más duradero, penetrando en más rincones de nuestras vidas. Es, al mismo tiempo, una crisis genérica de la especie humana y una crisis específica del capitalismo mundial. Por tanto es una preocupación primaria en mi modo de ver la ciencia y la política.

La complejidad de este síndrome mundial puede ser abrumadora, y a pesar de ello, evadir la complejidad separando el sistema para tratar los problemas de a uno por vez puede producir desastres. Las grandes fallas de la tecnología científica han venido de plantear el enfrentamiento de los problemas de una manera demasiado estrecha. Los científicos agrícolas que propusieron la Revolución verde sin tener en cuenta la evolución de las plagas y la ecología de los insectos, y por lo tanto esperando que los plaguicidas controlaran las plagas, se han sorprendido de que los problemas con las plagas aumentaran con la fumigación. Así, y del mismo modo, los antibióticos crearon nuevos patógenos, el desarrollo económico creó hambre y el control de las inundaciones promovió más inundaciones. Los problemas tienen que ser resueltos tomando en cuenta su rica complejidad, y de esta forma el estudio de la complejidad misma se convierte en una práctica urgente, así como un problema teórico.

Mi pensamiento político ha determinado mi ética científica. Creo que todas las teorías son incorrectas si promueven, justifican o toleran la injusticia.

Estos intereses describen mi trabajo político: dentro de la izquierda mi tarea ha sido la de argumentar que nuestras relaciones con el resto de la naturaleza no pueden separarse de una lucha global por la liberación humana, y dentro del movimiento ecologista mi tarea ha sido la de desafiar la idealización de "la armonía de la naturaleza" producto del pensamiento ambientalista temprano e insistir en la tarea de identificar las relaciones sociales que conducen a la disfunción actual. Al mismo tiempo mi pensamiento político ha determinado mi ética científica. Creo que todas las teorías son incorrectas si promueven, justifican o toleran la injusticia.

Una crítica izquierdista de la estructura de la vida intelectual es el contrapeso a la cultura de las universidades y fundaciones. El movimiento contra la guerra de los años sesenta y setenta abordó las cuestiones de la naturaleza de la universidad como un órgano de dominio de clase y convirtió a la propia comunidad intelectual en un objeto de interés tanto teórico como práctico. Me uní a Ciencia para el Pueblo (Science for the People), una organización que comenzó con una huelga de investigación en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en 1967, en protesta contra la investigación militar en el campus. Como miembro, ayudé a desafiar a la Revolución verde y al determinismo genético. La militancia contra la guerra también me llevó a Vietnam para investigar los crímenes de guerra (especialmente el uso de desfoliantes) y de ahí a organizar Ciencia para Vietnam. Denunciamos que el uso del agente naranja (usado como defoliante en la selva vietnamita) estaba causando defectos congénitos entre los campesinos vietnamitas. El agente naranja fue uno de los peores usos para los herbicidas químicos.

El movimiento independentista portorriqueño me dio una conciencia antimperialista que me sirve en una universidad que promueve la "reforma estructural" y otros eufemismos del imperio. El feminismo clasista de mi esposa es una fuente habitual para criticar el elitismo y el sexismo que están omnipresentes. El trabajo permanente con Cuba me muestra claramente que hay una alternativa a una sociedad competitiva, individualista y explotadora.

Las organizaciones comunitarias, especialmente en los grupos sociales marginados, y el movimiento por la salud de las mujeres plantean cuestiones que la academia prefiere ignorar: las madres de Woburn han notado que demasiados de sus hijos, niños del mismo vecindario, padecían leucemia; los cientos de grupos de justicia ambiental señalaron que los vertederos tóxicos se concentraban en los barrios negros y latinos, y el proyecto Women’s Community Cancer y otros, insisten en postular las causas ambientales del cáncer y otras enfermedades, mientras que los laboratorios universitarios están buscando culpables entre los genes. Sus iniciativas me ayudan a mantener una agenda alternativa tanto para la teoría como para la acción.

En la universidad tengo una relación contradictoria con la institución y con los colegas, una combinación de cooperación y conflicto. Podemos compartir una preocupación por las disparidades en la salud y la persistente pobreza, pero estamos en conflicto cuando aceptan trabajar con empresas que financian la investigación de moléculas patentables y con agencias gubernamentales como la USAID (Agencia para el Desarrollo Internacional) que promueve los objetivos del imperialismo.

Nunca aspiré a lo que es considerado una “carrera académica exitosa”. No encuentro que la mayor parte de la validación personal de mi trabajo sea debido al sistema formal de recompensa y a través del reconocimiento de la propia comunidad científica e intento no compartir los supuestos que mi comunidad profesional tiene en común. Esto me da una amplia libertad de elección. Por lo tanto, cuando me rehusé a formar parte de la Academia Nacional de Ciencias y recibí muchas cartas de apoyo alabando mi coraje o calificándolo de una decisión difícil, honestamente puedo decir: no fue una elección difícil, sino una decisión política tomada colectivamente por el grupo de Chicago de Ciencia para el Pueblo. Consideramos que era más útil tomar una posición pública en contra de la colaboración del establishment académico con la Guerra de Vietnam que unirse al establishment e intentar influenciar sus acciones desde adentro. Dick Lewontin ya había intentado eso sin éxito y renunció, junto con Bruce Wallace.

La explotación mata y lastima al pueblo. El racismo y el sexismo destruyen la salud y frustran vidas. Estudiar la codicia, la brutalidad y la presunción del capitalismo tardío es doloroso e irritante.

Siempre he disfrutado de las matemáticas y veo como una de sus tareas el hacer obvio lo oscuro. Utilizo regularmente un tipo de matemáticas de nivel medio, de formas no convencionales, para promover la comprensión de los fenómenos, más que para facilitar la predicción. Muchos modelos biológicos apuntan ahora a desarrollar ecuaciones complejas que dan una predicción exacta. Esto tiene sentido en las ingenierías. En el campo de la política tiene sentido para aquellos que son los asesores de los gobernantes, y que se imaginan que tienen un control suficiente del mundo para poder optimizar sus esfuerzos e inversiones en recursos. Pero aquellos de nosotros que estamos en la oposición, no tenemos esa ilusión. Lo mejor que podemos hacer es decidir dónde presionar al sistema. Para esto las matemáticas cualitativas son más útiles. Mi trabajo con dígrafos y signos (análisis cualitativo) es uno de estos enfoques. Rechazando la falsa oposición entre análisis cualitativo y cuantitativo, debido al supuesto general que lo cuantitativo es superior lo cualitativo, he trabajado principalmente con herramientas matemáticas que ayudan a la conceptualización de fenómenos complejos.

Por supuesto que mi militancia política atrajo la atención de las agencias represivas. He tenido suerte en esto, ya que sólo he experimentado una represión relativamente suave. Otros colegas no han salido bien, con carreras perdidas, años de prisión, ataques violentos, un hostigamiento intenso, incluso hacia sus familias y también deportaciones. Algunos, principalmente de los movimientos de liberación tanto portorriqueños y afroamericanos como nativo-americanos y los cinco antiterroristas cubanos detenidos en Florida, siguen siendo presos políticos.

La explotación mata y lastima al pueblo. El racismo y el sexismo destruyen la salud y frustran vidas. Estudiar la codicia, la brutalidad y la presunción del capitalismo tardío es doloroso e irritante. A veces tengo que recitar a Jonathan Swift:

Como el barquero en el Támesis,
remo y los llamo por sus nombres.
Como la risa siempre sabia,
en una broma gasto mi rabia.
Pero algo debe quedar bien claro.
Yo, si pudiera, los colgaría a todos.

En su mayoría, la militancia y la academia me han dado una vida agradable y gratificante, realizando una labor que encuentro intelectualmente emocionante, socialmente útil y con la gente que amo.

* Richard Levins (1 de junio de 1930 - 19 de enero de 2016) fue un reconocido biólogo especializado en ecología, matemático y genetista, marxista, miembro del Partido Comunista de Estados Unidos y del Partido Comunista de Puerto Rico, director del Programa de ecología humana de la Escuela de Salud Pública de Harvard y coautor, junto con Richard Lewontin, de El biólogo dialéctico (1985) y La biología bajo la influencia: Ensayos dialécticos sobre ecología, agricultura y salud (2007).
Este artículo es un extracto de este último libro, un homenaje a la inspiración que nos genera su enfoque dialéctico sobre la ecología, la ciencia, la agricultura y la naturaleza.

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"Como trabajadores científicos vemos la mercantilización de la ciencia como la causa principal de la alienación de la mayoría de los científicos a través de los productos de su trabajo. La ciencia se estanca entre poderosos conocimientos y los correspondientes avances en el bienestar humano, produciendo a menudo resultados que contradicen los propósitos declarados. La continuación del hambre en el mundo moderno no es el resultado de un problema intratable que frustra nuestros mejores esfuerzos para alimentar al pueblo. Más bien, la agricultura en el mundo capitalista está directamente relacionada con la ganancia y es sólo indirectamente su relación con la alimentación de las personas. Del mismo modo, la organización para la atención de la salud es directamente una empresa económica capitalista y sólo es influenciada secundariamente por las necesidades de salud del pueblo. Las irracionalidades de un mundo científicamente sofisticado no provienen de los fracasos de la inteligencia, sino de la persistencia del capitalismo, que como subproducto también aborta la inteligencia humana".

Richard Levins y Richard Lewontin, El biólogo dialéctico (Harvard University Press, 1985).






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