Política

OPINIÓN

¡Troskos del demonio!

Una reflexión sobre Bergoglio y “los troskos de Dios” desde este lado del Infierno.

Guillermo Iturbide

Ediciones IPS-CEIP

Viernes 9 de febrero | Edición del día

En el contexto del ataque generalizado y los miles de despidos que el gobierno está realizando en la planta de trabajadores del Estado, ayer el Papa Bergoglio terció en el asunto y recibió en Roma a delegados de los trabajadores del INTI, que pelean contra los despidos. Como trascendió en los medios de comunicación, según señaló uno de los delegados:

“Cuando Francisco me vio, inmediatamente se acordó de nosotros, que venimos trabajando desde las organizaciones antitrata para terminar con el trabajo esclavo y nos invitó a que nos acercáramos llamándonos cariñosamente los troskos de Dios para brindarnos su apoyo en este momento que estamos pasando”.

Néstor Escudero, quien pronunció esas palabras, es delegado de los trabajadores del INTI y tiene cercanía con el exlegislador porteño Gustavo Vera, quien es a su vez un hombre de confianza política del Papa Francisco en Argentina. Ambos forman parte de la Fundación La Alameda. Vera fue apodado en su momento por el periodista Ricardo Ragendorfer con el oxímoron de “el trosko de Dios”, dando cuenta de la paradoja de la combinación en su biografía de su actual militancia cercana a la Iglesia y su ya lejano pasado de militancia en el movimiento trotskista. Según se desprende de los dichos anteriores, Francisco los “bautizó” también con ese nombre.

Hasta ahí, sería apenas un dato de color, una nota menor para rellenar diarios y portales de noticias. Sin embargo, fue sintomáticamente reproducida en todos los medios. Es que la actual mala relación del macrismo con el jesuita de La Paternal que ocupa el sillón de Pedro es un secreto a voces, así como su constante intervención política en los movimientos dentro del peronismo y de los sindicatos.

El Infierno está encantador

Lejos de todo relativismo posmoderno, las palabras tienen valor, incluso en los casos como este concepto de “trosko de Dios”, que se trata de una contradicción en los términos; tal vez refleja percepciones y preocupaciones más profundas de la política nacional actual y las relaciones entre movimiento obrero, izquierda y peronismo, por un lado, y las perspectivas del gobierno de Cambiemos, que vio esfumarse rápidamente su capital electoral a partir del intento de comienzo de su programa de “reformismo permanente” con los ataques a las jubilaciones y los hechos del 14 y el 18 de diciembre del año pasado.

El trotskismo es el nombre que tiene en la actualidad la continuidad del marxismo revolucionario. Este último tiene una visión del mundo materialista y dialéctica, y ha combatido ideológicamente desde siempre las ideas místicas y religiosas (no obstante el respeto por las creencias particulares de cada cual), así como políticamente a sus instituciones como la Iglesia Católica, como un resabio oscurantista. En consecuencia, también ha combatido a las corrientes políticas y sindicales de inspiración católica. El marxismo y el socialismo revolucionario no postula ninguna salvación individual en una inexistente “otra vida”, como es la creencia tradicional conservadora de la Iglesia. Como dice la letra original de La Internacional, el himno socialista de los trabajadores: “Ni en dioses, reyes ni tribunos / está el supuesto salvador / ¡Realicemos nosotros el esfuerzo redentor!” De la misma manera, tampoco cree en la necesidad de un “cambio social” por un supuesto mandato de Jesucristo y del cristianismo de los orígenes, como postulaba la Teología de la Liberación en los ’60 y ’70, por lo cual muchos católicos tomaron las armas y militaron, mayoritariamente, en la llamada “izquierda peronista”. El marxismo (y el movimiento obrero) no necesitan de ningún mito; basta con estudiar la realidad material y proponerse una política científica, que mire la realidad de frente sin brumas ni humos religiosos, para transformarla mediante la revolución obrera y socialista para realizar una sociedad comunista, por fin verdaderamente humana, no en el “más allá”, sino en el “más acá”.

En los orígenes del movimiento obrero y del socialismo, en Europa, el marxismo dio grandes batallas ideológicas contra la religión y particularmente contra la Iglesia Católica. Esta última postulaba que “todos somos hijos de Dios”, tanto los explotados como los explotadores. La Iglesia siempre fue el gran justificador ideológico del statu quo y del inmovilismo social pero, además, tenían un interés particular por borrar las divisiones de las clases sociales y sus intereses opuestos: la curia eran grandes propietarios de tierras y de capitales. Si bien el socialismo en un inicio ganó la batalla por la conciencia del movimiento obrero, la milenaria institución romana no se dio por vencida y creó sindicatos de trabajadores católicos, sus propios clubes y asociaciones obreras e incluso sus propios partidos, como la democracia cristiana, con cierta implantación proletaria.

Pero Dios es Argentino y Peronista

En Argentina el movimiento obrero nació anarquista, socialista, sindicalista revolucionario y comunista. El peronismo, desde su nacimiento, se propuso terminar con esto. Inspirado en valores sociales conservadores y, en sus inicios, en la doctrina social de la Iglesia, combatió con éxito a la izquierda, estatizando y tutelando a los sindicatos y burocratizándolos profundamente, ayudado involuntariamente por las grandes traiciones de los propios PS y PC. Desde siempre, la Iglesia ha sido un puntal del combate del Estado capitalista contra la influencia de la izquierda, muchas veces aliada al peronismo y algunas veces en contra de él.

La Iglesia siempre funcionó como un gran operador político y una válvula de escape de las grandes crisis de hegemonía capitalista en Argentina. Repetidamente buscó impulsar corrientes propias dentro del movimiento obrero, tanto por dentro como por fuera del peronismo, llegando a tener, incluso, referentes de prestigio dentro del espectro de la izquierda sindical en los 70, como por ejemplo el dirigente gráfico (luego devenido en burócrata menemista) Raymundo Ongaro.

La asunción en 2013 del primer Papa que combina la doctrina paulina tradicional de la Iglesia, la formación de cuadros políticos militantes propia de la orden jesuítica y, last but not least… el peronismo (incluso su amistad con el maoísmo criollo, lo más parecido a la ortodoxia peronista dentro de la izquierda), volvió a fomentar las hipótesis del renacimiento de una corriente obrera católica. Varios factores operarían en ese sentido. Uno de ellos es el desgaste enorme de una burocracia millonaria, venal y mafiosa que tiene pocos equivalentes en el mundo y separada como nunca antes de las bases obreras y, como su contraparte, el crecimiento de la influencia y la extensión de la izquierda clasista referenciada en el trotskismo, particularmente en el Frente de Izquierda y, dentro de él, con participación destacada del PTS.

Ya el politólogo oficialista Marcos Novaro, hace algunos días en Clarín, tomaba el guante dejado por el filósofo argentino contemporáneo del sindicalismo, el inefable Barrionuevo (“¿¡qué quieren, que venga la izquierda!?”) y hablaba de las ventajas y desventajas del “modelo sindical argentino”: su verticalismo y conservadurismo, en el caso de las primeras, y el terreno fértil (en su opinión) al crecimiento del odiado trotskismo que se desprende de su rigidez, en el caso de las segundas. El sueño de Novaro es un, por ahora muy poco posible, punto medio inspirado en los dóciles y “racionales” sindicatos socialdemócratas europeos.

En ese punto es en el que las instituciones como la Iglesia juegan, ya que, a pesar del fuego cruzado, tienen un enemigo común junto con el macrismo (y con el peronismo, no se olvide) que es “el sucio trapo rojo” que, en este país y hoy en día, es sinónimo de trotskismo. Arriesgamos, siguiendo el currículum de esta institución aquí, que tal vez una de las posibles hipótesis de intervención del “Papa peronista”, en los próximos años, sea la creación de una corriente sindical propia que encarne ese punto intermedio, de un sindicalismo relativamente menos burocrático, con un poco más de cintura y oído frente a la lucha de clases, pero con una firme determinación de hacer frente a la influencia del clasismo y de preservar todo lo que se pueda de la burocracia sindical estatizada. Tal vez, mientras la sangre aún no llegue al río, más bien siga como hasta hoy en día, en que sus alianzas con el movimiento obrero sigan pasando centralmente por las bendiciones a esa misma burocracia. O tal vez haga las dos cosas al mismo tiempo… la Iglesia es experta en estar a ambos lados del mostrador.

Y el diablo se llama Trotsky

“Trosko”, en la jerga política argentina, hoy es un concepto popular al que se relaciona particularmente con el movimiento obrero que, centralmente, hoy suele ser tomado, grosso modo, como sinónimo de dirigentes combativos, honestos, que no traicionan, que quieren dar la pelea contra las patronales, el Estado y las burocracias sindicales hasta el final.

Ahora bien, estas características no definen por sí mismas por completo lo que significa ser trotskista. A veces pasa que compañeros luchadores que se destacan en sus lugares de trabajo, que muestran muchas de estas características, pero que no tienen una militancia política definida son “corridos” por los burócratas sindicales y los peronistas, en forma macartista, como “troskos”, como si fuera un insulto. Ya lo decía Rodolfo Walsh (a quien nadie puede acusar de trotskista) al comienzo de ¿Quién mató a Rosendo? cuando hablaba de “todos o casi todos los factores que configuran el vandorismo”, es decir, de ese viejo arquetipo de la burocracia sindical, y luego pasa a definirlo: “…la organización gangsteril; el macartismo ("Son trotskistas”)…” y varios otros más.

Sin embargo, quienes hablan con preocupación en los medios de comunicación sobre el trotskismo ven la sombra de algo más, que es lo que lo define hasta el final (a los “¡troskos del demonio!”), que podríamos completar, haciendo una rápida y apretadísima síntesis, con la ligazón entre estas peleas en el movimiento obrero con una estrategia comunista; que apunte a que la clase obrera unifique sus filas, conquiste su independencia política de los capitalistas y sus partidos, y hegemonice una alianza social con otros sectores oprimidos, como los pobres de la ciudad y el campo, que haga suyas las reivindicaciones de la juventud y contra todas las opresiones, como la de las mujeres, el colectivo LGTB, entre otros, en función de luchar contra el Estado capitalista e imponga un gobierno obrero basado en la más amplia democracia de los trabajadores, que expropie a los patrones e impulse la revolución social en Argentina y en el mundo, para avanzar en la transición hacia una sociedad sin clases sociales, verdaderamente humana, que salga de la prehistoria del reino de la necesidad a la verdadera historia del reino de la libertad. En resumen, una sociedad comunista. En este camino, los trabajadores van a enfrentar la segura oposición contrarrevolucionaria de la Iglesia Católica…

Confrontado con estas ideas de “los troskos”, tal vez la sonrisa de quienes añadan “cariñosamente” el “de Dios”, se desdibuje.

Porque, como rezaba el título de un libro, el diablo se llama Trotsky…








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