Cultura

LITERATURA Y FEMINISMO

Super Mario Vargas Llosa

Ariane Díaz

@arianediaztwt

Sábado 7 de abril | 15:10

En una nota publicada en El País titulada “Nuevas inquisiciones”, Mario Vargas Llosa, como en el clásico videojuego, arremete de frente contra todos los enemigos que se han cruzado en el camino de la literatura: la religión y sus hogueras, los sistemas totalitarios y las eventuales formas de censura legal en democracias no afianzadas. La nota está ilustrada, por si quedara poco claro, con lobos en una quema de libros.

En el marco de lo que pinta como una crisis civilizatoria de la mano de Putin, Trump o una posible guerra nuclear, y en nombre de la tolerancia de las ideas y las formas, incluso las “disidencias, disonancias y excesos” que ella conlleva, Vargas Llosa identifica un nuevo y pertinaz enemigo: el feminismo. No todo el feminismo, aclara a renglón seguido, sino sus vertientes “radicales”, aunque es lícito sospechar que el nobel conoce el efecto que tiene poner la formulación general primero y la aclaración exculpatoria después.

Sus alarmas saltaron aparentemente por dos notas: la opinión negativa de la escritora Laura Freixas sobre Lolita en el mismo diario, que interpretaba la novela de Nabokov como una justificación de la violación de una menor; y una nota en una publicación sindical de maestros española, donde dos docentes llamaban a eliminar de las currículas a autores machistas.

La nota de Freixas ya había sido disputada también en el diario, donde el historiador Alejandro Lillo Barceló cuestionó no solo elementos de la misma novela que parecían contradecir su lectura, sino también una visión empobrecedora de la literatura como mero reflejo de posiciones políticas y ubicaciones sociales. Y las propuestas de las docentes españolas, por su parte, ya había sido contestada, marcando el desacuerdo con ese punto en especial, en la misma publicación en que se editó en nombre del sindicato mismo. El debate concreto, entonces, ya estaba abierto, y de hecho lo está hace un tiempo en otras expresiones artísticas. Pero Mario, como en el jueguito, avanza en línea recta eliminando todo lo que se cruza, y no está para hacer distinciones.

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De este lado del charco, varios escritores sentaron posición al respecto, unánimemente en contra de prescribir prohibiciones o censuras, pero aportando elementos significativos al debate.

Entre otros escritores consultados por Clarín, Matilde Sánchez y Gabriela Cabezón Cámara señalaron cómo, aferrándose a dos ejemplos que generaliza como representativos del feminismo, Mario le hace el ole a la discusión sobre las condiciones de producción y circulación literaria desfavorables, antes y ahora, como en otros terrenos, para las escritoras. Enzo Maqueira agrega que no es cierto, como postula Mario, que la literatura haya sido siempre “subversiva e incontrolable”: también supo en muchos casos acomodarse a las convenciones y mandatos de lo establecido. Fernanda García Lao advierte que amenaza a la literatura la falta de lectores, y que entre sus enemigos habría que contar por ejemplo a la “producción berreta” que promueve el mercado. Martín Kohan, por su parte, disputa algunos presupuestos de Mario: la literatura vista como válvula de escape que permite mantener la sociedad tal como es, así como su ubicación en un Olimpo más allá de cualquier ideología.

Agreguemos algunas distinciones más que podrían hacerse. El impulso a “adecentar” la literatura que Mario combate, o aquello que podríamos llamar el efecto tranquilizante de lo “políticamente correcto” que justamente despolitiza las discusiones y tensiones sociales, es un mecanismo, más que de las propuestas “radicales”, propio del liberalismo que Mario defiende –centrado en las opciones y expresiones individuales a las que cataloga entre los amigos o enemigos, pero no en el entramado que las forja y habilita, es decir, las instituciones: mercado, canon, escuelas, leyes, etc.–. Ubicarlo además en la tradición de los “regímenes totalitarios” solo sirve para dejar sentado un leit motiv del nobel más que para profundizar en este problema.

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Por otro lado, reconocer la especificidad y complejidad de la literatura no evita que esta sea campo de contradicciones sociales y tensiones políticas, tanto en la propia obra como respecto a sus creadores. Vargas Llosa declara, para resaltar sus credenciales liberales, que si bien él no hubiera dado la mano a Céline por fascista, podía reconocer el alto valor literario de su obra; una versión simplificada de algo que muchos años antes dejara por escrito un enemigo, sí, del liberalismo: Trotsky. Y no fue el único marxista en ejercitar el discernimiento literario.

Marx y Engels, de hecho, fueron críticos de obras que, tirando la “línea política correcta” eran un bodrio, y encontraron que a veces es justamente en esas contradicciones entre el contenido de la obra y las posiciones de sus autores donde está lo más interesante –lo mismo trae a colación Kohan, agregando que debería denominarse en todo caso “radical” aquello que “trata de pensar los problemas más a fondo”, eso que va a la raíz–. Engels en especial dejó asentado cómo Balzac, monárquico, trabaja tan bien el material en su obra que a pesar suyo puede leerse allí la decadencia de la monarquía como modelo social. Algo similar hace décadas más tarde Lenin respecto a Tolstoi, quien según su lectura es tan buen escritor que en su obra puede entreverse el necesario fin del sistema zarista, plasmado de una manera radical que el Conde Tolstoi no aceptaría.

La polémica seguirá, sin duda, en la literatura y en otros géneros artísticos. Que la haya no es el problema, sino que se limiten sus alcances y complejidad en meras oposiciones binarias y lineales como el avance del personaje del jueguito, eso que Mario acusa en otros pero refuerza él mismo presagiando hecatombes y nuevas hogueras.






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