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Protestas en Irán: decenas de muertos y cientos de detenidos no frenan las movilizaciones

El año comenzó con protestas generalizadas contra el gobierno y una fuerte represión que ha dejado el saldo de decenas de muertos y más de 400 detenidos.

Martes 2 de enero | 12:38

En la última semana, las movilizaciones de protesta en Irán han ido creciendo. Con reclamos muy heterogéneos, y con la participación de diferentes sectores, se expresa un malestar creciente con el gobierno y el régimen, que ha aplicado medidas de recortes que afectan la calidad de vida de la población, al mismo tiempo que no cumple las promesas de mejoras económicas.

Desde el mes julio se desarrollaron una serie de huelgas, (especialmente en fábricas de azucar y textiles) que fueron reprimidas. En Irán es muy fuerte la represión a la organización sindical, es ilegal organizar sindicatos independientes y casi todos los líderes sindicales están en cárcel. Por organizar una huelga, pueden castigarlos con 15 años de cárcel.

Desafiando este clima, esta semana algunos sindicatos han convocado a la huelga a partir del martes 2 de enero en sectores como el metalúrgico y eléctrico.
Compartimos un artículo de Ciro Tappeste publicado el 1 de enero en Révolution Permanente.

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El presidente Hassan Rohani ha intentado jugar la carta de la represión antes de volver a los llamados a la calma mezclados con amenazas, pero no ha conseguido nada: desde Mashhad, las manifestaciones continúan extendiéndose por el conjunto de las ciudades del país y las movilizaciones llegaron a Teherán, la capital, el sábado por la tarde.

Las protestas comenzaron el jueves, en Mashhad, la segunda ciudad del país. Centenares de manifestantes salieron a la calle para protestar contra la carestía de la vida, pero también contra la quiebra provocada por el gobierno de varios bancos afectados por activos podridos. El hecho de que las movilizaciones comenzaran en Mashhad ha llevado a algunos a considerar que no se trataba más que de manifestaciones orquestadas por una facción del régimen iraní para desestabilizar al presidente Rohani, clasificado dentro del campo de los “reformadores” y que fue reelegido en mayo de 2017 debido a sus promesas de mejoras económica y las expectativas puestas en el fin de las sanciones económicas [como consecuencia del acuerdo nuclear entre Irán y Estados Unidos firmado bajo el gobierno de Obama].

Mashhad es en efecto una de las ciudades más importantes del islam chiíta: reputada como ala dura, ahí es donde se encuentra el mausoleo del Imam Reza y donde la victoria de la poderosa fundación presidida por el conservador Ebrahim Raisi trató de desafiar a Rohani la primavera pasada. ¿Un movimiento anti-Rohani fomentado por los ultras del régimen? ¿Un intento, por parte del antiguo presidente Mahmud Ahmadinejad -cuyo balance es fuertemente criticado y muchos de sus cercanos acusados de corrupción (en concreto en el marco del programa de construcción de apartamentos Mehr, su “realización” más grande)- de orquestar una suerte de bombardeo preventivo para volver a entrar en el juego político?
Independientemente del origen de las manifestaciones de Mashhad, este jueves, con la expansión del movimiento a la mayoría de las ciudades del país y con la llegada del movimiento de protesta este sábado en Teherán, la capital, parece claro que la movilización desborda, y de lejos, lo que sería una instrumentalización por una fracción del régimen del malestar social. Este malestar, por cierto, ha sido generado tanto por la orientación de Rohani como por la mejora económica prometida que nunca llega. Las sanciones post-acuerdo nuclear, en efecto, no han sido retiradas y algunas de ellas serán reestablecidas por la administración Trump. Mientras tanto, las inversiones extranjeras (europeas y francesas especialmente) tardan en llegar o no son suficientes para dar un impulso a la economía. Paralelamente, la búsqueda de la “apertura” perseguida por los “reformadores” y la respuesta a la necesidad de entradas fiscales suplementarias ha desembocado en el anuncio de medidas extremadamente impopulares por parte del gobierno (el fin de ayudas sociales que correspondían a día de hoy a 20 millones de iranís, la subida de las tarifas del gas y la gasolina, los impuestos por los viajes al extranjero, etc.).

Y a pesar de que estas contrarreformas no entrarán en vigor antes de marzo, suscitan inquietud y enfado y han generado una primera ola de inflación (mientras Rohani pretende haberla frenado con respecto a la era Ahmadinejad), así como una subida en el precio de ciertos productos de primera necesidad, empezando por los productos alimenticios. A esto hay que sumarle un clima social que sigue siendo agitado, con huelgas registradas en estas últimas semanas en el sector petrolero y en el químico (industria neumática de la capital) por cuestiones salariales, o en Tabriz, la capital del noroeste iraní, en la industria mecánica. Es esta larga lista de descontentos, de muy diversas fuentes y en ocasiones opuestos entre sí, la que encontramos en las consignas que se gritan estos días, algunas por los conservadores, apelando a la “muerte de Rohani”, otras apelando al fin del gasto del dinero del Estado en las intervenciones en Siria y Yemen, otras apelando a acabar con el régimen, y todas señalando las dificultades económicas a las que se enfrentan las clases populares y la clase media.

En este marco, aunque las manifestaciones actuales aún no son tan nutridas como durante el “movimiento verde” de 2009 a raíz de las movilizaciones masivas de millones de personas contra la reelección fraudulenta de Ahmadinejad, son ya mucho más importantes que las “concentraciones oficiales” a las que llamó Rohani este sábado en apoyo a su gobierno. Esto ha sido lo que ha decidido al gobierno a intentar bajar la presión, llamando a la calma, en una declaración de Rohani de este lunes en la que decía comprender la inquietud de la población y prometía perseguir a los organizadores de las movilizaciones, prohibidas por el gobierno.

A pesar de ello las manifestaciones continúan y los enfrentamientos que las acompañan también. Según el propio régimen, cerca de 20 manifestantes habrían sido asesinados y varias decenas de personas han sido detenidas desde el jueves. Esto no ha impedido, según varios testigos in situ, que la manifestación de este lunes por la tarde en Teheran haya sido la más grande de estos últimos días.

Los imperialistas, a pesar de ser competidores en relación a lo que todos consideran como uno de los mercados más grandes de la región y de oponerse a la dirección seguida en cuanto a las sanciones, han manifestado su “viva inquietud”, a través de la voz de sus cancillerías. A la cabeza, Trump ha tuiteado varias veces desde este jueves llamando al “cambio” en Irán. Pero no son las potencias imperialistas, antiguos aliados de la monarquía ultrarreaccionaria derribada en 1979, aquellas que han llevado la guerra contra el pueblo iraní primero a través de la guerra Irán-Iraq de los años 80’ y después a través de las sanciones económicas, las que permitirán obtener un cambio en favor de las clases populares.

La clase obrera y la juventud de Irán han demostrado en numerosas ocasiones su capacidad de movilizarse y hacer temblar a los diferentes regímenes. En 2009, no hubo esta unión. Sobre un fondo de crisis que persiste y de frustraciones generadas por promesas no cumplidas, esta convergencia podría llevarse a cabo, a comenzar a desarrollarse esta vez. Es esta la esperanza, es el escenario que temen los imperialistas y los regímenes reaccionarios de la región.

Traducción: Lucía Nistal.






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