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ESTADOS UNIDOS – COREA DEL NORTE

“Nixon moment” para Trump: 5 claves sobre la reunión entre EE. UU. y Norcorea

Trump aceptó la invitación del líder norcoreano Kim Jong un para tratar la “desnuclearización” de Pyongyang.

André Augusto

Natal | @AcierAndy

Sábado 10 de marzo | 18:43

Trump cambió la agenda mundial. El documento de Defensa Nacional que declaró la “competencia estratégica interestatal” el eje de la seguridad nacional de Estados Unidos y la declaración de China como “competidor estratégico” de Washington, ya habían alterado las perspectivas de 2018. La imposición de aranceles a la importación de acero (25%) y aluminio (10%) que desencadenó alarmas de guerra comercial entre los propios aliados de Estados Unidos, dio alas al ya galopante nacionalismo económico.

Como si fuera poco, en contra de las expectativas, Trump aceptó la invitación del líder norcoreano Kim Jong un para tratar la “desnuclearización” de Pyongyang.

Ningún presidente estadounidense en ejercicio realizó un encuentro con un líder de Corea del Norte. En 2000 fracasó un intento de encuentro entre Bill Clinton y el entonces líder norcoreano Kim Jong-il. Hasta ahora, las tensas relaciones entre Trump y Kim se resumían a la escalada de amenazas militares – como la declaración de Trump de que podría “eliminar completamente a Corea del Norte” frente a los ejercicios balísticos realizados por el gobierno norcoreano – y a los intercambios de insultos públicos – “Rocket Man”, (hombre cohete) según Trump, que a su vez consideraba al republicano un “viejo senil”. De ahí el espanto de la prensa internacional frente al súbito entendimiento devenido a partir de la invitación de Kim para debatir el fin de su programa nuclear.

Sin embargo el cambio no es tan súbito. Las Olimpiadas de Inverno en Corea del Sur, otro país implicado en la crisis, fueron un punto de inflexión. El histórico encuentro de la hermana de Kim Jong un con el presidente surcoreano, Moon Jae In, y la participación de Norcorea en un evento deportivo que le rindió al final la propuesta de una cumbre de entendimiento entre los gobiernos de las dos Coreas cambió el abordaje de Estado Unidos.

Lanzamos cinco claves hipotéticas sobre la propuesta de reunión entre Trump y Kim:

1. Un historial de aproximaciones fracasadas

En 1994, tres años después de sacar sus armas nucleares de territorio surcoreano, el gobierno de Clinton firmó un acuerdo con el gobierno de Corea del Norte, el “Agreed Framework”, en el que Pyongyang aceptó congelar su programa de enriquecimiento de plutonio con fines militares, incluso dos reactores, a cambio de ayuda financiera. Ese acuerdo colapsó en 2002, en medio a la creciente hostilidad entre Washington y Pyongyang, momento en el que George W. Bush incluyó a Corea del Norte en el denominado “Eje del mal”, junto con países de Medio Oriente como Irak y Afganistán.

En 2005, fruto de una nueva ronda de negociaciones entre un rol de países (Estados Unidos, las dos Coreas, China, Rusia y Japón), Pyongyang anunció el abandono de su programa nuclear; sin embargo, el año siguiente el régimen de Kim Jong-Il probó su primer dispositivo nuclear, lo que recrudeció la crisis hasta el fin de las relaciones diplomáticas en 2009, con la condena internacional luego del lanzamiento del misil balístico Taepodong-2. En 2017, ya bajo Kim Jong un, Corea del Norte lanzó tres misiles balísticos intercontinentales, abriendo la peor fase de la crisis diplomática con Donald Trump.

Con este historial, sería raro creer que la Casa Blanca esté jugando solamente la carta “diplomática”. Un objetivo más de fondo emerge: contener a Pekín.

2. El recelo de Estados Unidos: un reencuentro entre las dos Coreas

Desde el fin de la Guerra de la península coreana en 1953, los líderes de ambos países no se encontraban. La devastación provocada por el imperialismo estadounidense en el territorio coreano buscaba desmoralizar a los trabajadores de la península, evitando procesos revolucionarios, de un lado, y que la exURSS detuviese el control total de la región. La aproximación diplomática entre Corea del Sur y Corea del Norte, y la propuesta de una cumbre de entendimiento entre los dos gobiernos luego de las Olimpiadas de Invierno, podrían significar el fortalecimiento de la influencia china sobre el gobierno de Seúl. Aun cuando esta eventualidad no esté en el horizonte cercano, la frialdad de Corea del Sur frente a las amenazas militares de su aliado norteamericano dejaron al gobierno de Trump de preaviso. Nada más humillante para Trump que haber visto al presidente surcoreano ignorar sus consejos sobre cuál sería la mejor conducta frente a Pyongyang.

Aun cuando no esté clara la relación con la línea “nacionalista económica” de Trump, el objetivo de la reunión tiene un eje geopolítico más evidente para Estados Unidos: de la misma forma que el encuentro entre Richard Nixon con Mao Tsé-Tung en 1972 tenía el propósito de contener a la Unión Soviética, la reunión entre Trump y Kim tiene el propósito de obstaculizar el avance de China. Es el “Nixon moment” de Trump.

¿3. Amenaza a Pekín?

La oferta de Norcorea, más allá de las escasas posibilidades de que Kim Jong un realmente desactive su programa nuclear, tiene un ángulo estratégico para Estados Unidos: debilitar la influencia de China sobre Corea del Norte, y por medio de eso, sobre Asia. A pesar del auxilio ofrecido por Pekín, Corea del Norte busca reducir su dependencia de alimentos y combustibles chinos. Además, la creciente asertividad de China en la región levanta una sombra sobre el régimen norcoreano, que en los últimos años vio insinuaciones de China sobre un posible cambio de régimen en el país fronterizo.

Por eso, en público el gobierno de Xi Jinping – nuevo “emperador” chino luego del fin del límite a la reelección en China – se apresurará a darle la bienvenida a la propuesta de una reunión para la “desnuclearización” entre Corea del Norte y Estados Unidos, pero detrás de escena hará todo lo que pueda para evitar tener a Corea del Norte bajo la égida de Washington en su frontera. La creciente bonapartización del régimen liderado por el Partido Comunista Chino no combina con una cumbre en la que China no tendrá asiento.

4. Corea del Norte: oponer China a Estados Unidos sin riesgo de conflagraciones

Hay que tener en consideración que Kim Jong un le dio una clase de diplomacia a Estados Unidos durante las Olimpiadas de Inverno: una sonriente delegación norcoreana contrastaba con la frialdad del vicepresidente estadounidense Mike Pence, a disgusto con el clima más armónico entre las Coreas. Sin embargo, difícilmente la situación económica del país no haya interferido en la decisión de Kim. Las sanciones económicas impuesta por Estados Unidos comienza a derrumbar algunos pinos del tablero de Pyongyang, que no encuentra un auxilio chino al mismo ritmo. Una reaproximación, aun que parcial y difícil, con Washington, trae el beneficio potencial de mejorar relaciones con Corea del Sur y Japón, rivales de China. En un tablero lleno de incertidumbres y tensiones geopolíticas, no es imposible que Pyongyang esté jugando su suerte entre diversos actores, dejando de depender exclusivamente de Pequín.

Es reciente, sin embargo, el recuerdo del destino de Muamar Kadafi, dictador de Líbia, luego de haber renunciado a su programa militar. Kim Jong un difícilmente entregará su programa militar cuando eso puede significar ser eliminado por Estados Unidos. Señales positivas de negociación hacia Estados Unidos, sin entregar el programa, pueden evitar que aumente la presencia militar de sus aliados en la península.

5. Un impase lejos de terminar

Por la importancia del tema, una reunión diplomática para desactivar un programa nuclear es normalmente preparada con mucha antelación, con ambas partes sabiendo de antemano cuáles serán los resultados de la negociación. Nada sugiere eso en este caso. Trump ni siquera tiene un especialista en Corea del Norte en su gabinete.

El programa nuclear forma parte esencial de la ecuación de poder y de los recursos de Corea del Norte para sobrevivir. Eso se transforma en un aspecto prácticamente innegociable – solo estuvo aparentemente en discusión durante una breve pausa, entre 1994 y 2000, coincidiendo con una política de diálogo de la administración Clinton y la peor crisis de hambre que haya enfrentado el país.

La presencia militar de Estados Unidos en la región es concreta: tiene 40.000 soldados en Japón, ubicados en 112 bases, en su mayoría en la isla de Okinawa; portaviones, submarinos nucleares, defensas antiaéreas y misiles. Tiene otros 35.000 soldados en Corea del Sur, además de tanques y el sistema de misiles Thaad. Frente a riesgos tan próximos, es difícil que China no busque participar en negociaciones que refieren al destino de sus fronteras, de las que quiere a Washington lo más alejado posible.

La entrada en escena de la diplomacia en lugar de la retórica militarista anterior no descarta accidentes que puedan escalar en conflictos superiores, especialmente teniendo en vista que, si fracasa una reunión entre los líderes máximos de dos naciones, no habría mucho más que esperar de las negociaciones. De hecho, el eje de la defensa estadounidense en el “conflicto entre las potencias”, con frenético nacionalismo económico de Trump en el Salón Oval, no prevé desarrollos armónicos.






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