Cultura

DEBATE MARXISMO

La Revolución rusa y la transformación de las relaciones personales

Hace cien años, las trabajadoras y trabajadores rusos revolucionaron sus vidas y su forma de pensar y dieron sus primeros pasos hacia la construcción de una nueva sociedad poniendo en cuestión todas las normas y la moral imperante.

Clara Mallo

Madrid | @ClaraMallo

Martes 7 de noviembre | 19:08

Con la revolución de 1917, se conquistaron importantes derechos para las mujeres que no existían antes en ningún otro país del mundo. Incluso de conjunto, hasta día de hoy, podemos decir que ese fue el mayor avance de las mujeres en la Historia. Nunca antes las mujeres habían conquistado derechos como el del aborto libre, el divorcio sin restricción, la igualdad salarial respecto al hombre, medidas para la socialización del trabajo doméstico o el voto.

Antes de la revolución, desde el marxismo muchos hombres y mujeres habían contribuido durante décadas para lograr ese objetivo, práctica y teóricamente. El análisis que desde el marxismo se hacía de la sociedad permitía estudiar las leyes económicas y sociales que estructuraban el capitalismo y la situación de la mujer. Desde hacía décadas un cierto número de sectores productivos eran ocupados en su mayoría por mujeres y ante esta nueva situación grandes marxistas como Engels, Kautsky, Bebel y Clara Zetkin habían comenzado a analizar esta cuestión. Así el marxismo debatía ya desde hacía tiempo sobre cómo incluir la cuestión de la lucha contra la opresión de la mujer en la estrategia y el programa socialista.

El análisis de los marxistas partía fundamentalmente de dos ámbitos distintos pero relacionados: el trabajo y la familia. Al trabajo asalariado, como decíamos, la mujer se había incorporado de modo ya generalizado desde hacía décadas - en 1917 en Rusia había 20 millones de mujeres empleadas -, y de un modo tremendamente desigual respecto a los hombres, con salarios inferiores, sin poder organizarse en los mismos sindicatos, etc. La familia, por su parte, había sido objeto de estudio marxista en tanto institución que ayudaba a sustentar la sociedad organizada bajo los principios de la propiedad privada y la división en clases. De ahí que para los marxistas la estrategia del socialismo debía de incluir medidas encaminadas a la liberación de la opresión de las mujeres y terminar con la desigualdad en estos dos ámbitos: el trabajo y la familia.

Con la Revolución bolchevique de 1917 se pusieron en marcha toda una serie de medidas que garantizasen la igualdad entre hombres y mujeres. Medidas que trataba de garantizar la igualdad ante la ley y la igualdad material ante la vida. Para los bolcheviques este avance debía basarse en cuatro aspectos fundamentales: la unión libre; la igualdad en el trabajo; la socialización de las tareas domésticas y la extinción de la familia. En este sentido desplegaron toda una serie de leyes, códigos y medidas. Además de toda una legislación que en el plano legal equiparaba a mujeres y hombres, el nuevo estado obrero trabajó en la socialización de las tareas domésticas con la apertura de comedores sociales, lavanderías, escuelas y guarderías con el fin de liberar a la mujer de la doble jornada laboral.

Pero la igualdad ante la vida era más difícil y no llegaría de manera automática, aun con estas medidas. Por eso, los bolcheviques vieron necesario además combatir en la transformación radical de todo aquello que obstaculizara la igualdad ante la vida incluso en lo más profundo de las costumbres y de la psicología humanas.

En su texto De la nueva a la vieja familia (1923), Trotsky expone que "Uno de los problemas, el más simple fue el de instituir en el Estado soviético la igualdad política entre hombres y mujeres. Mucho más dificultoso fue el siguiente, el de asegurar la igualdad de hombres y mujeres trabajadores en las fábricas, talleres y sindicatos; y hacerlo de tal modo que los hombres no colocaran a las mujeres en una posición desventajosa. Pero lograr una verdadera igualdad entre hombres y mujeres en el seno de la familia es un problema infinitamente más arduo."

El desmoronamiento de la vieja moral burguesa

Desde el marxismo se puso bajo análisis y en debate un tercer ámbito que se sumaba a los dos antes mencionados – trabajo y familia- y que los complementaba: la tarea de revolucionar el mundo personal, las relaciones afectivas, el amor y la moral.

"Es indispensable que a la par de la victoria de los principios e ideales comunistas en el aspecto político y económico, se realice también una revolución en la concepción del mundo, de los sentimientos, en la estructura espiritual de la humanidad trabajadora." Con estas palabras Alexandra Kollontai explicaba la íntima relación de la revolución con los cambios más profundos en la mente y psicología humanas. En el mismo texto de 1923 dedicado a la juventud trabajadora Kollontai partía de que "es indudable por completo que la Rusia soviética ha entrado en una nueva fase de la guerra civil; el frente revolucionario se ha visto transportado a la lucha entre dos ideologías, dos culturas: la burguesa y la proletaria. Lo incompatible de estas dos ideologías se hace cada vez más evidente, más aguda cada vez la oposición de estas dos culturas radicalmente distintas."

Tras la toma del poder político los trabajadores rusos revolucionaron sus vidas y su forma de pensar y dieron sus primeros pasos conscientes hacia la construcción de una nueva cultura y nueva sociedad. No es extraño que este proceso profundo repercutiera en lo más íntimo de las relaciones familiares, personales y afectivas aún incluso siendo ésta la etapa más tardía del cambio revolucionario. No se trataba de crear de inmediato una nueva cultura en lo referente al amor y a las relaciones por parte de una clase que tendería a la desaparición, sino de que el proletariado destruyese toda institución burguesa -incluida la familia- y toda la psicología y moral que la sostenían para poder dar sus primeros pasos conscientes hacia la nueva sociedad.

La idea de esta nueva fase era compartida por otros revolucionarios que como Trotski polemizaba con todos aquellos que se alarmaban ante la desintegración de la moral burguesa y la ‘destrucción de la familia’ que comenzaba a sentirse en algunas capas del proletariado más consciente. Trotsky escribiía: "con respecto a las relaciones familiares y a las formas de vida privada en general debe existir así mismo un inevitable periodo de desintegración, tal como ocurriera con las tradiciones heredadas del pasado que no habían sido todavía objeto de reflexión." El movimiento desintegrador de las relaciones familiares comenzaba a penetrar ya profundamente y no solo en la vanguardia comunista. La revolución estaba sentando las bases para un nuevo tipo de familia y de relaciones humanas en general. Un verdadero avance hacia la nueva sociedad.

Cuanto más intensa fuera la lucha contra la vieja moral burguesa, más se ampliaban los elementos para poner en cuestión. Cada vez eran más los "enigmas de la vida" que comenzaban a ser discutidos. Y por supuesto, el amor, o las relaciones entre los individuos no escaparon a ello como queda evidenciado en los debates de la época.

El concepto de amor se puso a debate. Algunas y algunos teóricos -y aquí cabe destacar la figura de Kollontai-, insistieron a través de diversos artículos en la importancia de analizar históricamente el concepto de amor. Kollontai planteaba que en su sentido amplio el amor debe jugar un papel como elemento organizador en la sociedad, como así lo hizo en la sociedad burguesa, pero en este caso reforzando los lazos de la sociedad colectiva. En sí, se trataba de debatir cómo desarrollar relaciones afectivas que respondieran a los intereses de la colectividad.

Respecto a esta cuestión la posición de los revolucionarios no fue la de "legislar" sobre un modo u otro de relacionarse, sino la de combatir frontalmente la ideología y moral burguesas que impedían cualquier unión verdaderamente libre. Y desplegar una enorme creatividad revolucionaria que abriera paso a una sociedad libre de toda explotación y opresión.

La lógica para algunos revolucionarios era que la efectiva emancipación de la mujer no sería posible si no se producía una verdadera revolución en las relaciones entre los individuos y sin el desarrollo de un nuevo tipo de relaciones humanas. De ahí la necesidad una lucha específica que combatiera la ideología y moral burguesas. Teniendo en cuenta que es en el mismo proceso revolucionario donde se comienza a configurar una nueva ideología y una nueva moral. Pero al mismo tiempo, considerando que la preparación psicológica de las condiciones para una nueva forma de relaciones afectivas no podía separarse de la construcción de la sociedad socialista.

En síntesis, como lección de aquellos debates avanzados hoy podemos concluir que el camino hacia una nueva forma de relacionarnos basada en la libertad absoluta de las personas pasa por dos cuestiones fundamentales. Por un lado, por la transformación revolucionaria de las condiciones materiales de la clase trabajadora, que permita liberar a la mujer oprimida de todas sus opresiones, al mismo tiempo que liberar a toda la clase obrera de la explotación. Y, en segundo lugar, combatiendo de manera consiente las antiguas formas morales que no solo no sirven sino que obstaculizan el desarrollo hacia una nueva sociedad.






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