Cultura

100 AÑOS | REVOLUCIÓN RUSA

John Reed en la insurrección bolchevique

Aquí reseñamos los momentos decisivos de la toma del poder en la Revolución Rusa de Octubre/Noviembre de 1917. John Reed, el testigo privilegiado que escribió el célebre “Diez días que estremecieron al mundo” de próxima publicación por el IPS “Karl Marx”, nos invita a revivir esta gran Revolución.

Martes 7 de noviembre | 23:59

El frío, el lodo y la nieve, el hambre, también la sangre y el fuego, las proclamas, el Soviet y el Smolny, las barricadas y el humo. Tales son los colores de la revolución que describe John Reed. Al cumplirse los 100 años de la Revolución rusa lo celebramos publicando esta nueva edición de “Diez días que estremecieron al mundo”, que cuenta con la presentación de Raúl Godoy y las ilustraciones de La Caja Roja.

El periodista norteamericano se hallaba rodeado de soldados que no saben leer ni escribir, pero sabían muy bien que ya no luchaban en nombre de los intereses del antiguo régimen zarista, sino en nombre propio, de la tierra y la libertad. Soldados de rostros demacrados, que estaban hambrientos y esperanzados a la vez. Sabían muy bien que sí había algo que podía proclamar la paz de los pueblos de Europa hundida en la Primera Guerra Mundial: era el triunfo de la insurrección bolchevique. Lo sabían muy bien los obreros que descubrieron el sabotaje de los burgueses para generar el hambre y el desabastecimiento de comestibles en la ciudad. Muchos de ellos fueron sorprendidos por los trabajadores, arruinando las máquinas de las grandes fábricas. Pero la máquina de la revolución los trituró en los engranajes del control obrero de la producción. Y desde el corazón de la industria se templó como el acero la Guardia Roja, el destacamento armado de los trabajadores que son los que dirigen política y moralmente a la masa de los soldados. Son los héroes de la gran Revolución. Reed cuenta que: “en los escalones del Smolny, en la fría oscuridad, vimos por primera vez a la Guardia Roja: un grupo apretado de muchachos con ropa de trabajo. Sostenían en las manos los fusiles con las bayonetas caladas y conversaban nerviosos” (p. 93). En las calles, los soldados y el pueblo les daban palmadas en la espalda y bromeaban amistosamente con ellos, todos los admiraban. Pero la revolución no se detiene y sacude a la Rusia profunda, desde la última aldea, hasta el último comité agrario que empieza a repartir la tierra de los grandes latifundistas, previa confiscación de sus grandes mansiones. Y la revolución no se detiene y tiene rostro de mujer, esa que inició la Revolución de Marzo (o Febrero, según el viejo calendario) y late profundamente con cada nuevo paso hacia la victoria.

John Reed vuela por todo Petrogrado, a pie, en taxi, trepado a un tranvía repleto, va con sus compañera Louise Bryant y recorre las barricadas, los rincones de la ciudad, va hasta el frente de guerra, vuelve, se trepa a un camión lleno de obreros de la Guardia Roja donde las bombas de grubit bailan sobre sus pies y saltan a punto de reventar, por la velocidad del camión que marcha a toda velocidad hacia el frente para aplastar la contrarrevolución. Esta y otras anécdotas, son las que recorren los minutos interminables e intensos de esos “Diez días que estremecieron al mundo”.

John Reed entra apretujado junto a la multitud de esa gran reunión donde se dio cita la Revolución, el II Congreso de los Soviets de toda Rusia y nos cuenta cómo vivió la toma del poder:

En nombre del Comité Militar Revolucionario, Trotsky declaró que el Gobierno Provisional ya no existía. “La característica de los gobiernos burgueses –dijo– consiste en engañar a las masas. Nosotros, los soviets de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos, vamos a intentar un experimento único en la historia: fundar un poder que no conozca otros objetivos que satisfacer las necesidades de los obreros, soldados y de los campesinos”.

En la tribuna apareció Lenin. Lo recibieron con una estruendosa ovación. Predijo la revolución socialista mundial... (p.105)

Luego Trotsky declaró que ya habían enviado telegramas al frente anunciando la victoria de la insurrección, pero todavía no había llegado la respuesta. Según rumores, las tropas avanzaban sobre Petrogrado. Era necesario enviar una delegación para explicarles toda la verdad. Gritos: “¡Ustedes deciden la voluntad del Congreso de los soviets de toda Rusia!”. Trotsky con frialdad: ‘¡La voluntad del Congreso de los soviets de toda Rusia ha sido decidida por el levantamiento de los obreros y soldados de Petrogrado!’. Entramos en el gran salón de sesiones abriéndonos paso a través de la multitud clamorosa que se agolpaba en la puerta.

Iluminados por enormes arañas blancas, en bancos y sillas, en los pasillos, en los bordes de las ventanas y hasta en el borde de la tarima presidencial estaban sentados los representantes de los obreros y soldados de toda Rusia que, en un silencio cargado de ansiedad o con júbilo salvaje, esperaban el campanillazo del presidente. En el local no había calefacción, pero hacía calor por las emanaciones de los cuerpos humanos sin lavar. Una nube de humo de tabaco azul ascendía y flotaba en el aire denso. De vez en cuando uno de los dirigentes subía a la tribuna y rogaba a los camaradas que dejasen de fumar. Entonces todos los presentes, incluyendo los propios fumadores, se ponían a gritar: ‘¡Camaradas, no fumen!’ y seguían fumando. El anarquista Petrovski, delegado de la fábrica Obujov me dejó sentar a su lado. Sucio y sin afeitar, se caía de sueño: llevaba trabajando tres noches seguidas en el Comité Militar Revolucionario (p.106).

Sin embargo, aunque todo marchaba muy bien, la gran incógnita era qué diría el Ejército, que haría, ¿apoyaría la revolución o respondería al bando de Kerensky para aplastarla? Para saberlo nada mejor que verlo a través de los ojos de John Reed:

Eran exactamente las 5:17 de la mañana cuando Krylenko, tambaleándose de fatiga, subió a la tribuna con un telegrama en la mano. “¡Camaradas! ¡Es del frente Norte! ¡El 12° Ejército saluda al Congreso de los soviets y comunica la creación de un Comité Militar Revolucionario, que ha asumido el mando del frente Norte!...”. Comenzó algo completamente indescriptible. Los hombres lloraban y se abrazaban. ‘El general Cheremisov ha reconocido el comité. ¡El comisario del Gobierno Provisional Voitinski ha presentado la renuncia!’. Lenin y los obreros de Petrogrado habían decidido la insurrección, el Soviet de Petrogrado derribó al Gobierno Provisional y colocó al Congreso de los soviets ante el hecho del golpe de Estado. Ahora había que ganarse a toda la inmensa Rusia y luego al mundo entero (p.122).

El fuego de la revolución crecía y crecía, derritiendo el hielo de la guerra, fundiendo el hierro de las cadenas de la explotación y la opresión de los trabajadores y campesinos y con esa misma materia prima, se forjaban martillos para derrumbar el sistema de explotación capitalista.

Si como dijera León Trotsky en su autobiografía “Mi Vida”: “Las revoluciones son momentos de arrebatadora inspiración de la historia”, no caben dudas que tal inspiración inundó la pluma de este militante norteamericano y escribió este trozó de historia para continuar inspirando a las nuevas generaciones de trabajadores, mujeres y jóvenes al cumplirse los cien años de la revolución más profunda de todos los tiempos.

La nueva edición que preparamos, llenos de entusiasmo, junto a un grupo de militantes del PTS y colaboradores de este libro, tiene ese propósito.






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