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ELECCIONES EN EE. UU.

Joe Biden y el maleficio del “mal menor”

Durante esta semana sesionó la Convención Nacional del Partido Demócrata en la que se proclamó la fórmula Joe Biden-Kamala Harris para la elección de noviembre (nominación que el candidato estará aceptando al cierre de esta nota). La semana próxima será el turno de la convención del partido republicano que hará oficial la candidatura de Donald Trump.

Jueves 20 de agosto

Estos mega eventos partidarios (formato que en Argentina intentó copiar hasta cierto punto la derecha macrista) son shows televisivos, con mucho cotillón, globos azules, rojos y blancos, sombreros extravagantes, celebrities mezcladas con ciudadanos de a pie y ex presidentes, primeras damas, y políticos tradicionales. Son quizás una de las piezas más puras de la videopolítica, esa fusión de la política con el espectáculo mediático definida por Giovanni Sartori en la década de 1990.

La pandemia del coronavirus trastocó radicalmente la estética tradicional. La convención demócrata, aunque formalmente con sede en Milwaukee, sesionó en la pura virtualidad. Sin globos ni papelitos. Alternando videos de figuras carismáticas como Michelle Obama, hablando desde el living de su casa, con la pantalla típica del mosaico de cuadraditos de Zoom. La forma atípica, en gran medida, hace al contenido del mensaje demócrata que busca capitalizar electoralmente el rechazo al manejo de Trump de la crisis sanitaria que siguen detectando las encuestas.

A pesar de que la situación es aguda porque combina la crisis sanitaria, la recesión económica y social y la emergencia de un movimiento de masas imponente contra el racismo y la violencia policial tras el crimen de George Floyd, no hubo elementos disruptivos en la convención demócrata que pusieran en cuestión la estrategia electoral de “moderación” para disputar el centro del espectro político y derrotar a Trump.

La convención confirmó el recambio de la dirección del partido demócrata del matrimonio Clinton al matrimonio Obama, como salida a la crisis de liderazgo que dejó planteada la derrota de Hillary Clinton en 2016 frente a Donald Trump. El ex presidente Bill Clinton habló solo 5 minutos, en el bloque de las “reliquias” del partido, junto con figuras como Jimmy Carter, muy lejos del prime time de la convención. Ese desplazamiento del clintonismo se debe a la caída en desgracia de la “tercera vía” y el agotamiento del neoliberalismo, pero sobre todo a la emergencia del movimiento MeToo para el cual una figura como Bill Clinton, con sus escándalos con becarias, es muy incómoda.

Bajo la dirección de los Obama, la política demócrata es unir en la misma coalición a republicanos que militan en los grupos anti trumpistas, progresistas de izquierda y “socialistas democráticos” como Bernie Sanders, hegemonizada por el “establishment” del extremo centro. De esta manera, busca contrarrestar la campaña negativa de Donald Trump que sostiene que el partido demócrata -sí, al partido de Wall Street- ha sido secuestrado por la “extrema izquierda” y que si Biden ganara las elecciones transformaría a Estados Unidos en… Venezuela (sic).

Esta tendencia a la moderación y la preferencia por los sectores conservadores anti trumpistas se expresó en la participación destacada de figuras tradicionales del partido republicano como la viuda del senador John McCain. Entre otros ilustres “republicanos de Biden” (como los llaman en paralelismo a los “demócratas de Reagan” en la década de 1980) también hablaron el ex gobernador de Ohio John Kasich, un antiabortista que trató de liquidar los sindicatos y las negociaciones colectivas del sector público. Y Colin Powell, el ex secretario de Estado de George W. Bush que inventó que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva para justificar la guerra de Irak.

En 2016 Hillary Clinton buscó atraer a los republicanos que militaban activamente el “never Trump”, entre ellos muchos neoconservadores que se sentían más próximos al intervencionismo y el “globalismo” demócrata que al aislacionismo relativo y el proteccionismo de Trump. Pero el intento fracasó y no hay indicadores serios de que esta vez vaya a funcionar.

Otra gran definición política que dejó la convención es que el ala izquierda del partido demostró haberse disciplinado a la causa de la unidad del partido. Desde que se bajó de las primarias en abril y se alineó con la candidatura de Joe Biden, Bernie Sanders trabaja para convencer del malmenorismo a su base de izquierda, que resiste votar a los candidatos de Wall Street y el establishment. En la convención hizo un discurso conciliador. Dijo que estaba dispuesto a “trabajar con progresistas, moderados y conservadores” para defender la democracia. Y embelleció la plataforma de Biden, a pesar de que casi no ha incorporado demandas del ala izquierda, salvo cuestiones secundarias, y ha rechazado rotundamente una de las demandas más populares de la salud universal.

La congresista Alexandra Ocasio Cortez, referente del “squad” (el grupo de cuatro congresistas de izquierda demócrata) y una de las oradoras más esperadas de la convención, tuvo solo 90 míseros segundos para hablar, y usó ese tiempo para proclamar la candidatura de Sanders, una resistencia que aunque simbólica sirvió para recordar que el ala izquierda demócrata es un actor.

La estrategia del “sanderismo” en sentido amplio, que incluye el ala izquierda del partido demócrata y el DSA (Democratic Socialist of America) es ampliar su representación política en el congreso y las legislaturas, bajo el paraguas de Biden, teniendo en cuenta que varios de sus candidatos/as ganaron las primarias, entre ellos Cori Bush, activista del Black Lives Matter, Jamaal Bowman, Rashida Tlaib e Ilhan Omar, la congresista de origen somalí que arrasó en las primarias de su distrito en Minnesota. De esa manera tratan de crear la ilusión en el aumento de su capacidad de presión en el Congreso para empujar algunas reformas.

Objetivamente, estas victorias electorales de candidatos/as progresistas contra políticos tradicionales en el Partido Demócrata son expresión distorsionada en la superestructura política de un giro hacia izquierda de la situación que se viene gestando en los últimos años pero que ha dado un salto con la rebelión que estalló tras el crimen de George Floyd. Pero a la vez, actúan cubriendo el flanco izquierdo de este partido, que históricamente fue el instrumento privilegiado de la clase dominante para cooptar movimientos sociales y obturar el camino a la radicalización política.

La campaña presidencial de noviembre se desarrolla bajo el influjo de una triple crisis: sanitaria por el coronavirus; económica por la recesión aguda causada por el confinamiento que ya ha dejado casi 30 millones de desocupados; y política por la irrupción de un movimiento de masas con pocos precedentes históricos contra el racismo y la violencia policial.

Por ahora Biden mantiene una ventaja considerable sobre Trump. Y a juzgar por la cifra de aportes las grandes corporaciones se juegan al recambio electoral. Sin embargo, muchos analistas preanuncian una elección más ajustada de lo que hoy parece.

En las elecciones de 2016 alrededor de un 25% de los votantes de Sanders en las primarias no votaron por Hillary Clinton, ya sea porque no fueron a votar o porque lo hicieron por terceros partidos, como el partido verde. A pesar de la enorme presión por derrotar a Trump ese escenario puede repetirse. Es probable que haber elegido a Kamala Harris (y no a una figura de la izquierda) que a pesar de ser una mujer no blanca está referenciada con la policía y la “ley y el orden” por su actuación como fiscal, haga que un sector amplio de vanguardia que se movilizó contra la policía, sobre todo sectores juveniles que simpatizan con el “socialismo democrático”, no se sienta interpelado por el malmenorismo anti trumpista. Si eso sucediera en algunos de los “swing states” se podría complicar el panorama electoral para Biden.

La perspectiva de poner fin al ciclo trumpista ha contribuido a canalizar la bronca desde las calles al desvío electoral. Pero difícilmente un gobierno de “transición” como el de Biden sea suficiente para volver a la “normalidad” tan ansiada por la clase dominante.






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