FABRILES: 18 DE MAYO DE 1950

Huelga insurreccional y masacre de Villa Victoria

El Día de los Trabajadores Fabriles, 18 de mayo, conmemora una de las más notables batallas de la clase obrera boliviana, que tuvo lugar en esas fechas, en 1950.

Martes 17 de mayo de 2016 | 17:45

Foto: Presidente Mamerto Urriolagoitia. La Patria

Corrían los tiempos del “sexenio”. El viejo régimen de la oligarquía estaba en franca descomposición y se sostenía ejerciendo una brutal represión contra el movimiento obrero e indígena y la oposición nacionalista y de izquierda. Sin embargo, no lograba aplastar la resistencia. Por el contrario, las duras huelgas, levantamientos y violentos enfrentamientos de esa etapa serían una formidable “escuela de las huelgas y los choques de guerra civil” en que se templarían los trabajadores fabriles y mineros que derrotaron al Ejército en la revolución de 1952.

En 1950 gobernaba Mamerto Urriolagoitia, que había reemplazado el año anterior a Hertzog (de quien era vicepresidente), para aplicar una durísima política económica antiobrera y endurecer la represión. Urriolagoitia congeló los salarios y permitió despidos masivos, persiguió a los militantes del MNR y de la izquierda, entre ellos, a los trotskistas. Sin embargo, ante la dura crisis económica y la intolerable carestía de la vida, desde comienzos del año crecían los reclamos de los trabajadores. En La Paz, la concentración del 1º de mayo fue imponente y muy combativa, levantando las exigencias de aumento salarial y otras demandas, junto con el rechazo al gobierno hambreador y represor.

En los días posteriores la agitación obrera fue creciendo, sin obtener respuesta favorable desde las autoridades. Diversos sindicatos se fueron incorporando al proceso de movilización, que además ganó la simpatía de los estudiantes y sectores populares.

Se formó un Comité Coordinador de Trabajadores para unificar y dirigir las acciones, incorporando representantes de fabriles, mineros, gráficos, ferroviarios, empleados de comercio, bancarios y otros, con participación de las fuerzas políticas que apoyaban la huelga (MNR y POR, además del PIR). Este Comité de Huelga cumplió un papel muy importante, porque permitía centralizar la movilización, esbozando una dinámica que podía haber desarrollado la auto-organización para la lucha.

El Comité debería ser reorganizado cuatro veces ante los arrestos. Entre los que fueron apresados figuraban varios dirigentes sindicales y militantes del POR que jugaron un importante papel, como Edwin Möller, entonces dirigente del Sindicato de empleados de comercio y uno de los más importantes organizadores de la huelga, y Hugo González Moscoso.

El gobierno respondió con el Estado de Sitio, desplegando un gran operativo policial y militar para reprimir la huelga.

En la noche del 16, “toda una serie de reuniones preparatorias terminaban en una gran asamblea del Comité Coordinador en una de las salas del Colegio Ayacucho” (Agustín Barcelli, Medio siglo de luchas sindicales en Bolivia, Editorial del Estado, La Paz, 1956) que adopta la decisión de declarar la huelga general.

El 17 se precipitan los acontecimientos, pues el gobierno decide quebrar el movimiento huelguístico antes de que tome mayor vuelo mediante la represión en gran escala que venía preparando: “los organismos [de seguridad] asaltan en la madrugada del 17 la Universidad de San Andrés y el Instituto Normal Superior y se llevan presos a los obreros y estudiantes que encuentran...” (CEDAL, Historia del Moviminto Obrero, Tomo IV. Buenos Aires 1974, p. 652, citado por Villa en “El proceso de la revolución boliviana...”, mimeo s/f.)

Según Barcelli, la reacción obrera ante la represión había sido explosiva. “Al mediodía la lucha entre policías y manifestantes se había generalizado. La multitud reclamaba las armas […] Un grupo de manifestantes asaltó el depósito de la Aviación apoderándose de varios camiones, con los cuales procedieron a transportar piedras para erigir barricadas y utilizarlas como proyectiles contra los ataques de la policía. A las 14 horas un camión cargado de carabineros volcó en las proximidades del Teatro Monje Campero, quedando varios de ellos heridos. La gente presente se abalanzó sobre el montón informe de carabineros y el camión para apoderarse de las armas que aquellos habían soltado en la caída. Así se lograron reunir algunos fusiles para utilizarlos en la lucha de barricadas. En esos momentos, La Paz entera se estremecía con el estampido de fusiles y ametralladoras. Frenética la multitud asaltaba las garitas de los varitas y semáforos, mientras acopiaba muebles, camiones, autos y toda clase de material para dar consistencia a sus barricadas. Así, la ciudad quedó dividida en dos sectores: uno que comprendía todas las barriadas obreras hasta el Prado y la Universidad, en poder de los huelguistas; y otro, que comprendía todo el centro de La Paz y los barrios aristocráticos que era retenido por las fuerzas del gobierno. Todos los ataques de éstas serán contestados con piedras, dinamita y balas.” (Barcelli, ídem). Ante la represión, la huelga se transformaba en insurrección.

Pero estaba ya en marcha el “plan de contingencia” a órdenes del Gral. Ovidio Quiroga que incluía el despliegue de siete regimientos del ejército y dos de carabineros para retomar el control de la ciudad y aplastar la huelga por la fuerza. Éste “plan de guerra” contra los trabajadores fue el antecedente que inspiró el dispositivo militar del Gral. Reyes Ortiz años más tarde, en abril del 52, claro que con una suerte muy distinta.

Entre tanto, en Oruro, donde también se desarrollaba la huelga, “el ejército toma a sangre y fuego el edifico de la Universidad Técnica, donde los obreros y estudiantes se han posesionado para resistir a las fuerzas represivas” (CEDAL, ídem).

Pero volvamos a La Paz: “En la tarde los huelguistas se concentran frente al edificio de la Universidad y deciden recorrer las calles en manifestación. Para tomar la ruta de la Plaza de Armas suben por el barrio de San Pedro y al torcer por las estrechas calles de Chijini son acorralados por la policía y el ejército los ataca. Sin escapatoria posible son masacrados. Algunos obreros rompen el cerco con revólveres y dinamitas de los mineros de Milluni y se repliegan a las alturas de Villa Victoria.” (CEDAL, ídem)

Villa Victoria era entonces un importante barrio obrero, junto al Cementerio General, y estratégicamente situado junto a las vías para subir desde el centro urbano a El Alto. Entre sus habitantes había muchos inmigrantes recientes del Altiplano. Allí vivían casi la mitad de los fabriles que laboraban en las industrias de la zona de Achachicala, como las grandes textiles Forno, Soligno o Said y otros talleres y manufacturas. En lugares como la cancha del “Ahorro Obrero”, en el Bosquecillo, se reunían los obreros, se hacían asambleas, se discutía la situación y las acciones a seguir.

Los carabineros, junto a tropas de los regimientos Abaroa e Ingavi y otras unidades, con apoyo de la artillería y aviación, cercan la Villa, que se transformó en el centro de la lucha. Los trabajadores y artesanos decidieron resistir, levantaron barricadas en los accesos, tomaron el estratégico Puente Ferroviario, se armaron con lo que pudieron: piedras, revólveres, algunos viejos fusiles de la Guerra del Chaco, algunas armas capturadas a los uniformados. Los trabajadores opusieron una tenaz resistencia al avance policial y militar. Combatieron casa por casa, en los callejones y en la zona del Bosquecillo. El Ejército recurrió a bombardeos y ametrallamientos desde el aire, muchas humildes viviendas fueron destruidas, las víctimas fatales se calculan en un centenar (aunque oficialmente sólo se reconoció a unos 13 muertos) además de los numerosos heridos. Pero recién al cabo de dos días de combate el Ejército pudo vencer los últimos reductos, tomando el Puente Ferroviario defendido hasta último momento por medio centenar de fabriles. Todavía el 19 se escuchan algunos disparos aislados.

La derrota fue dura pero temporal. En la memoria popular, la Villa pasó a ser conocida, desde entonces, como “Villa Balazo”. Las filas del sector fabril se fueron reorganizando y las lecciones de organización y combate, escritas a tan alto costo con sangre de trabajadores, no fueron olvidadas. Los fabriles, junto a los trabajadores mineros, fueron la vanguardia de la insurrección obrera que venció al Ejército en abril de 1952, abriendo las puertas de la revolución obrera que terminaría, sin embargo, desviada y derrotada por el MNR, pero ésta, ya es otra historia.






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