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El imperialismo: un poder en las sombras de la crisis política en Brasil

Uno de los sectores patronales que viene jugando pesado en la crisis brasileña es el de las empresas imperialistas. Sus maniobras para ganar posiciones tensan el escenario político, polarizado por el despertar del gigante proletario.

Isabel Infanta

@isabel_infanta

Sábado 3 de junio | 07:55

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Dos poderes vienen siendo el “batallón de choque” de la crisis política brasileña: el poder judicial y los medios de comunicación. La Corte Suprema y las principales corporaciones mediáticas fueron los grandes protagonistas del golpe institucional (vía el parlamento) que sacó del poder a Dilma Rousseff. También fueron los que lo pusieron a Michel Temer y son ahora los que articulan para sacarlo.
 
Los intereses que se juegan allá arriba no son uno solo. Desde ya que no son los intereses de los trabajadores y las trabajadoras de Brasil. Pero además, los distintos sectores patronales se ven afectados de diferente manera. Algunos buscan hacerse de porciones de negocios desplazando a otros. Uno de estos sectores patronales que vienen jugando pesado son las empresas imperialistas, y explican parte importante de esta crisis.
 

El factor económico

 
La crisis económica es un factor central de la crisis política. Brasil tuvo un crecimiento altísimo durante los dos primeros mandatos del PT, pero los efectos de la crisis capitalista mundial finalmente le tocaron la puerta. Brasil cayó en la peor depresión en un siglo. Y cuando la torta de las ganancias capitalistas se achica los patrones hacen dos cosas: se unen para exprimir más a los trabajadores y se pelean entre ellos por las tajadas que quedan.
 
El “se unen contra los trabajadores” se trata de un plan macabro de quita de derechos, que empezó con Dilma y se profundizó con Temer, basado en la precarización del trabajo, la reducción de gastos sociales y de la jubilación y la ampliación de la tercerización. En este punto las patronales habían cerrado filas en la figura de Temer.
 
Sin embargo, el “se pelean entre ellos” se agudizó. Si bien todos reconocen la disposición de Temer a ser el presidente más odiado de la historia con tal de pasar las reformas antiobreras, su plan se alinea con los intereses de un sector del capital extranjero que busca desplazar a las grandes empresas brasileras que pegaron un salto durante la década lulista de la mano de las obras públicas y con el incentivo por parte del Estado a través del BNDES, el banco nacional de desarrollo.

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La rapiña

 
Uno de los principales botines que el capital imperialista busca acaparar son las enormes reservas petroleras.

El lobby de las grandes petroleras imperialistas había logrado que en 2013 Dilma subastara algunas reservas de la zona marítima conocida como pre-sal, a pesar del enorme movimiento popular “el petróleo es nuestro” y el paro petrolero que terminó siendo brutalmente reprimido. El 60% del campo de Libra quedó en manos extranjeras, entre ellas Shell y Total. Además, se avanzó en la tercerización y depredación en importantes sectores de Petrobras. Pero al capital extranjero no le alcanzaba con ser socio menor, ambicionaba quebrar el monopolio de esta megaempresa, de lejos la más grande de Sudamérica.
 
Como se hizo público a través de los cables de Wikileaks, el gobierno norteamericano operaba a través de su embajador en Brasil. Se conoció, por ejemplo, la estrategia de poner políticos afines en el Senado para impulsar los cambios legislativos deseados, así como las promesas de José Serra, presidenciable por el opositor PSDB, de impulsar estos cambios en caso de llegar a la presidencia.
 
El golpe institucional que entronó a Temer puso en la cancillería a José Serra. Una de las primeras medidas impulsadas desde el nuevo gobierno y aprobada hacia fines de 2016 fue la eliminación de la obligatoriedad de participación de Petrobras en la operatoria del pre-sal. La puerta de la entrega finalmente fue abierta.

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El factor jurídico

 
Los políticos vinculados a las coimas en Petrobras son de todos los partidos del régimen. Sin embargo, los procesos judiciales que se desarrollan y se dan a conocer son solo algunos políticamente dirigidos.
 
La principal operación judicial anticorrupción impulsada en primera instancia desde la sureña ciudad de Curitiba por el juez Sérgio Moro, desde donde se investigan los entramados en Petrobras, apunta los cañones hacia la constructora Odebrecht o el frigorífico JBS, pero preserva a los grandes monopolios internacionales que también se han visto involucrados en las denuncias, como es el caso de la japonesa Mitsui, la alemana Siemens o la anglo-australiana BHP.
 
A su vez, tiene en la mira a Lula, una tarjeta roja que puede sacar si desea evitar su postulación presidencial. De hecho, la sacó cuando Dilma pretendió ponerlo como jefe de Gabinete. Ahora le sacó la amarilla a Temer filtrando unos audios grabados por el directivo de JBS. Este árbitro judicial de la política ha cobrado fuerzas, y en su interior también se juegan las pujas y lobbies imperialistas.
 
El protagónico de los últimos años lo tuvo Sérgio Moro, un juez entrenado por el Departamento de Estado estadounidense. Moro puso al servicio de los intereses imperialistas las herramientas antidemocráticas que usualmente el poder judicial tiene reservada a los trabajadores, negros y pobres. No es un dato menor que su esposa fue alta funcionaria de Shell.
 

El factor político

 
Tanto el ajuste sobre el pueblo trabajador como la puja por las riquezas producidas generaron fuerte resistencia. El movimiento contra la entrega del petróleo, contra el ajuste, contra el golpe y ahora contra las reformas laboral y previsional fueron fuertemente contenidos por las organizaciones sindicales, incluidas las afines al PT, que se ubicaron como correa de transmisión del ajuste de Dilma, luego como “oposición responsable” al golpe y ahora le dan tiempo a los golpistas.

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La tendencia a sobrepasar la burocracia que se expresó por ejemplo en la huelga general del 28 de abril, le impone un fuerte límite a los planes capitalistas. El tembladeral producido por esta huelga histórica fue uno de los factores centrales que puso sobre la mesa de la burguesía la necesidad de un recambio político, de buscar una figura con alguna aceptación en la población, que pueda avanzar en lo esencial, aunque sea en forma gradual, de lo que tienen acuerdo todos, las reformas, y que además haga avanzar las medidas impulsadas por el capital imperialista.
 
El modelo político impulsado por el PT se apoya en la idea de que controlando los intereses del capital extranjero e impulsando los del capital nacional, los trabajadores y el pueblo de Brasil estarán mejor. Sin embargo, cualquier trabajador de una fábrica “nativa” como JBS, por ejemplo, que construyó un imperio gracias al entumecimiento del cuerpo de sus trabajadores y trabajadoras, puede dar cuenta de que no es así. Ambas patronales obtienen sus ganancias de nuestro trabajo, y cuando tienen que ajustar las clavijas, no preguntan la bandera de origen.

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Se suele decir que cuando Brasil se resfría Argentina estornuda. En realidad, toda América Latina estornuda, tose y se afiebra. Su peso económico y político es enorme. Así como el golpe institucional brasilero le dio aire a toda la derecha continental, lo que haga el “gigante proletario” brasileño frente a esta crisis, es de crucial importancia para los trabajadores de todo el continente.

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