Política

GOLPE DE ESTADO EN BOLIVIA

El Alto: heroicos herederos de la Guerra del Gas

A 4.000 metros sobre el nivel del mar tiene lugar una dura resistencia contra el golpe en Bolivia. Mientras tanto, en los pasillos del poder, el MAS discute como acomodarse a los tiempos por venir. En la semana que pasó, el contraste no puede ser más evidente.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Sábado 23 de noviembre

Seis personas corren llevando una improvisada camilla. De fondo, el gas y las balas. Arriba, el ruido de los helicópteros. Una infernal represión se derrama sobre Senkata, en El Alto.

La bronca vence el temor. Los pobladores se enfrentan a una monstruosa fuerza represiva, enviada desde La Paz. Corre el martes 19/11. Policías, militares, camiones, tanques, ametralladores, balas y gases. El objetivo es garantizar la salida de camiones cisterna con combustible hacia la ciudad de La Paz. Los golpistas intentan imponer orden: su orden.

La planta de combustibles constituye un punto estratégico, a kilómetros de la capital nacional. El bloqueo, sostenido por miles de manifestantes, pone en jaque el funcionamiento de La Paz.

La represión es feroz. La violencia de las fuerzas estatales deja al menos 8 muertos. Se sospechan más. Sobran los testimonios de vecinos y combatientes. Los heridos se cuentan por decenas.

El odio vence al miedo. La bronca gana las calles. El Alto vuelve a vibrar. Es miércoles 20/11. Es mediodía. A pesar de los muertos, los heridos y la represión, una multitud llena Senkata. Llegan campesinos desde Potosí para unirse a un masivo cabildo abierto. Llevan días marchando. Vienen a ocupar un lugar en el centro de la pelea. Allí donde confluyen las miradas del país.

Miles de voces, miles de polleras, miles las wiphalas. La multitud brama contra los golpistas. Pide la cabeza de Áñez. Un muñeco que cuelga desde el puente simboliza a la odiada funcionaria. “Con la sangre de nuestros muertos no se negocia”, clama la voz de un joven alteño. El cielo se cubre de aplausos y gritos de apoyo.

El masivo cabildo proclama su decisión de marchar a La Paz. Exige la libertad de todos los detenidos y la renuncia de Áñez. Los miles de luchadores y de luchadoras de El Alto llaman al pueblo boliviano a enfrentar el golpe en todo el país.

Una multitud baja desde El Alto. El calendario marca la fecha del jueves 21/11. “El pueblo unido, jamás será vencido”, cantan miles de gargantas. Son también miles las manos que se entrelazan para ensayar la custodia de los vehículos donde viajan los familiares de los asesinados apenas 24 horas antes. El odio vence al miedo.

En La Paz, la represión es brutal, obscena. Fuerzas Armadas y Policía cargan contra los manifestantes. La violencia estatal escala y no se detiene ni ante los muertos. Dos cajones quedan tirados en medio de la calle. De fondo, una tanqueta. La imagen recorre el mundo.

En la mesa de los golpistas

La combatividad de El Alto contrasta, de manera violenta, con la moderación de la cúpula del MAS. Diputados y senadores masistas se ofrecen, solícitos, a colaborar en la “pacificación”. Ocupan canales de TV, radios y la tapa de los diarios para hacer llamados a la calma, para pedir que cesen las movilizaciones.

Pero son los golpistas los que alteran la calma. Los que reprimen, los que persiguen y asesinan. Es desde el Palacio Quemado de donde salen las órdenes de arresto y detención, las amenazas, los insultos y los agravios.

Biblias y cruces están allí para alimentar el odio y la reacción. Para, en nombre de dios y la cristiandad, promover el racismo y la violencia contra indígenas, campesinos y trabajadores.

A esa mesa se sientan los y las legisladoras del MAS. Mientras en El Alto o Cochabamba la derecha asesina brutalmente, la cúpula masista busca su lugar en los pasillos del poder. La sangre de los asesinados parece valer poco. Tal vez nada.

Esta semana, mientras las balas caían sobre los habitantes de El Alto, los senadores del MAS reconocieron la llamada “sucesión presidencial”. Hicieron realidad aquello que la derecha exigía a gritos. Mientras un masivo cabildo abierto pedía la renuncia de Áñez, los legisladores masistas le otorgaban legitimidad en uno de los proyectos de ley destinados a proponer nuevas elecciones.

La noticia debió ser celebrada en Washington, donde tienen su sede la golpista Organización de Estado Americanos (OEA) y el gobierno de EE.UU.

Herencia de combate

Gonzalo Sánchez de Lozada hablaba un castellano casi incomprensible, salpicado de giros y palabras en inglés. Su relación con Bolivia era de una lejanía casi absoluta. Aquel presidente era la viva encarnación de la penetración imperialista sobre el país.

Los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI presenciaron el violento choque entre las “dos Bolivias”. De un lado, aquella atada a los intereses del gran capital norteamericano, regida por la derecha neoliberal. Del otro, aquella Bolivia profunda que emergía desde el altiplano y las selvas. La Bolivia cocalera y minera, que enfrentaba las políticas de ajuste y la entrega del país.

En ese cruce violento, El Alto tuvo un lugar destacado. En octubre de 2003, la joven ciudad se convirtió en vanguardia de lucha, protagonista activa de la llamada Guerra del Gas.

En aquellas jornadas, la represión del “Goni” se cobró más de 80 vidas y dejó cientos de heridos. Sin embargo, El Alto resistió y luchó. Fue parte de un gran levantamiento nacional, donde los mineros y la clase obrera intervinieron volcando el balance de fuerzas a favor de explotados y oprimidos, abriendo el camino para la caída revolucionaria del "gringo" Sánchez de Lozada.

La memoria de aquellas batallas aun recorre calles y puentes de El Alto.

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Las calles contra el golpe

“No he conocido un país tan racista como éste”. La frase la pronunció un embajador norteamericano. Corría aquel octubre caliente de 2003. Lo escuchaba Carlos Mesa, entonces vicepresidente de Bolivia.

El racismo de la derecha boliviana cruza fronteras, surca océanos. Resulta tan notorio, tan evidente, que hasta el representante del país donde asesinaron a Martin Luther King y Malcom X -y donde la segregación era legal hasta hace 50 años- se siente con derecho a señalarlo.

El golpe de Estado que intenta asentarse en Bolivia también se nutre de ese racismo. La autoproclamada presidenta electa tuiteó alguna vez que soñaba “con un país libre de ritos satánicos indígenas”.

En estas horas, cuando se abre el fin de semana, los golpistas intentarán consolidar una ley que habilite el camino a nuevas elecciones. Senadores y diputados massistas insisten con aportar a ese objetivo. Sin embargo, el camino del golpe aun sigue poblado de trabas y tensiones.

La clase obrera y el pueblo boliviano han enfrentando a esa derecha reaccionaria y proimperialista. Su historia está ahí para dar testimonio. En la semana que pasó, la resistencia a los golpistas volvió a estar en las calles. A pesar de la política de la cúpula del MAS, El Alto quiso y supo ser vanguardia. Los heroicos combates de la Guerra del Gas resurgieron desde la historia.

Por ese sendero se debe caminar si se quiere enfrentar de manera realista el golpe.






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