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Brasil: ¿en crisis orgánica?

Una aproximación a la crisis que afecta al gigante. Decadencia del lulismo e inestabilidad del régimen. La “crisis orgánica” y los aportes de Gramsci para pensar el complejo presente de Brasil.

Fernando Rosso

@RossoFer

Juan Dal Maso

juandalmaso@gmail.com

Miércoles 9 de marzo de 2016 | Edición del día

La “detención” espectacular del expresidente brasilero Luiz Inácio “Lula” da Silva hizo que los ojos del mundo y sobre todo en el subcontinente se posen sobre el “gigante”.

Brasil atraviesa una situación que combina una aguda crisis económica y una crisis política que se agravó en la coyuntura y tiene un futuro incierto. La operación “Lava Jato” y la “detención” de Lula para llevarlo a declarar por la fuerza fueron sólo episodios dentro de un marco general que es necesario analizar.

Esquerda Diário de Brasil viene cubriendo y examinando los acontecimientos que son relevantes para toda Sudamérica. Y en el último número de la revista Estrategia Internacional hay un artículo que analiza el itinerario que llevó al Partido de los Trabajadores (PT) a la encrucijada actual.

En este artículo realizamos un aporte para la reflexión en torno a si la situación de conjunto se encamina hacia lo que el marxista italiano Antonio Gramsci denominó una “crisis orgánica” o, más aún, si ya no está en el centro mismo de un proceso de esa naturaleza.

Economía crítica

Gramsci afirma en los Cuadernos de la Cárcel que “se puede excluir que, por sí mismas, las crisis económicas inmediatas produzcan efectos fundamentales; sólo pueden crear un terreno favorable para la difusión de determinadas maneras de pensar, de formular y resolver las cuestiones que implican todo el desarrollo ulterior de la vida estatal”.

No producen por sí mismas fenómenos fundamentales pero crean un “terreno favorable” para el surgimiento de fenómenos políticos, por izquierda y por derecha, según las relaciones de fuerzas, el nivel de organización y combatividad de la clase trabajadora, la división de los de arriba, entre otras cuestiones.

La economía de Brasil se contrajo en un 3,8 % en el año 2015, hubo más de 1,5 millones de despidos y las empresas recortaron planes de inversión. La previsión para el año 2016 es de una caída del 3,45 %. Los números son dramáticos y más para una gran nación como Brasil. Hace varios años que el deterioro de la economía se profundiza al calor de la crisis internacional a la que permaneció ligada mucho más íntimamente que la economía argentina que se “desacopló” relativamente luego de la catástrofe de principios de siglo.

Este terreno fértil tuvo en las jornadas de junio del año 2013 una manifestación por abajo que minó las bases del consenso lulista y abrió las puertas a la crisis del gobierno de Dilma Rouseff. Aunque entre una cosa y la otra mediaron las elecciones presidenciales a lo largo de las cuales los elementos de crisis abiertos quedaron en forma latente, el PT se recompuso políticamente como “mal menor” (lo que no pudo lograr Daniel Scioli en la Argentina). Luego este malestar se reabrió tempranamente con el “fraude” que evidenció el PT por la distancia entre su discurso electoral y el ajuste real que aplicó apenas asumió la administración de gobierno.

La gran empresa fallida

Cuando analiza los elementos que conforman una “crisis orgánica”, Gramsci sostiene que se producen “ya sea porque la clase dirigente ha fracasado en alguna gran empresa política para la que ha solicitado o impuesto con la fuerza el consenso de las grandes masas (como la guerra), o porque vastas masas (especialmente del campesinado y de pequeñoburgueses intelectuales) han pasado de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantean reivindicaciones que en su conjunto no orgánico constituyen una revolución. Se habla de ‘crisis de autoridad’ y esto precisamente es la crisis de hegemonía, o crisis del Estado en su conjunto”.

El término “revolución” está planteado aquí en sentido amplio, no como sinónimo de crisis revolucionaria que abre justamente la posibilidad de resolución (por derecha o por izquierda) de la crisis orgánica. La dinámica de la situación está determinada por la relación de fuerzas que se mide sólo a través de la lucha.

La “gran empresa” fallida del PT se sintetiza en el mito del país clase media, que viene desmoronándose desde hace tiempo y con mayor agudeza desde el segundo gobierno de Dilma. La apuesta al avance gradual para sacar al país de la pobreza, hacer de Brasil una gran nación, con derechos sociales, sin luchas populares, sin cuestionar la propiedad privada y mediante la “gestión” social-liberal del Estado capitalista.

Las manifestaciones masivas del año 2013, las que se produjeron tiempo después con una impronta más de derecha (2015), así como las distintas oleadas de huelgas que recorrieron a diferentes sectores de la clase obrera, en un país “gradualista” por excelencia como Brasil, muestran un pase acelerado a la actividad de vastas masas con eje en las “clases medias”. Las jornadas de junio de 2013 fueron protagonizadas por la juventud y especialmente la proveniente de la llamada “clase C” que algunos califican de “nueva clase media”, una caracterización errónea desde el punto de vista de sus condiciones de clase estructurales (muchos forman parte de la clase trabajadora), pero no totalmente falsa en cuanto a la autopercepción y a sus aspiraciones socio-culturales.

La crisis de hegemonía (o crisis orgánica) es, entonces, una crisis del Estado en su conjunto (económica, social, política) y de las formas de organización política e ideológica de la clase dirigente. La crisis de los partidos y coaliciones tradicionales que sufren una “desagregación” de sus viejas hegemonías es otro factor relevante que la expresa:

Afirma Gramsci: “Se trata, en efecto, de la dificultad de construir una orientación política permanente y de largo alcance, no de dificultad sin más. El análisis no puede prescindir del examen: 1) del porqué se han multiplicado los partidos políticos; 2) del porqué se ha vuelto difícil formar una mayoría permanente entre tales partidos parlamentarios; 3) en consecuencia, del porqué los grandes partidos tradicionales han perdido el poder de guiar, el prestigio, etcétera”.

Disgregación

En un interesante artículo (“Crisis y lucha política en Gramsci. Una lectura desde el sur”), Aldo Casas explica: “La división de los partidos y las crisis internas que los atraviesan son pues manifestación de esa crisis. La dificultad de conformar una dirección estable y los choques permanentes entre las diferentes camarillas reproducen en los partidos los mismos problemas encontrados en el gobierno y en el parlamento. En los choques entre los diferentes bloques y partidos, la corrupción encuentra un fértil terreno para desarrollarse. Cada fracción se considera a sí misma la única en condiciones de superar la crisis del partido, así como cada partido se considera el único capaz de superar la crisis de la nación”.

La división del PT es funcional a intentar sobrevivir a su desgaste histórico (preservando la figura de Lula), pero no por eso es menos real. La crisis de la oposición del PSDB y sobre todo de ese pilar del régimen que es el PMDB (alejado de Dilma) evidencian esta situación peligrosamente “líquida” de las formaciones políticas tradicionales y la inestabilidad de sus coaliciones. La corruptela que afecta a todo el personal político del régimen es sólo una manifestación de su descomposición estructural.

Por último, bajo la forma de una interrogación, el marxista sardo afirma que el contraste entre "representados y representantes" que caracteriza a los momentos de crisis orgánica se transmite “a todo el organismo estatal, reforzando la posición relativa del poder de la burocracia (civil y militar), de las altas finanzas, de la Iglesia y en general de todos los organismos relativamente independientes a las fluctuaciones de la opinión pública”.

El rol mesiánico o de Bonaparte salvador que se autoadjudica el juez Sergio Moro (que ordenó la “detención” de Lula y que encabeza la operación “Lava Jato”) muestra este desplazamiento que refuerza la posición de poder de una institución relativamente independiente de las fluctuaciones de la opinión pública. La formación profesional de Moro en el Departamento de Estado norteamericano no es casualidad en regímenes políticos que sufren la presión imperialista y en los cuales parte del aparato judicial se convirtió en agente de sus intereses. Una ubicación que está más allá de sus cálculos para medir la verdadera relación de fuerzas y de sus pasadas de rosca, como la representó la afrenta poco decorosa contra una personalidad de la importancia política de Lula.

Estos elementos hacen pensar que la crisis por la atraviesa parece ser mucho más que una “crisis de coyuntura”.

Gramsci decía también que las “restauraciones” que recogen algunas demandas desde abajo para recomponer la autoridad del Estado son una “astucia de la providencia” que puede servir para que maduren más rápidamente las fuerzas constreñidas por la política reformista.

Pero ese resultado no está garantizado de antemano, ya que las propias instituciones obreras (en este caso los sindicatos y la central obrera (CUT) subordinados al gobierno y dejando pasar el ajuste) dirigidos por la burocracia sindical pueden constituirse en un salvavidas de plomo que en los momentos de mayor crisis impiden que la clase trabajadora imponga una salida propia. Pueden actuar (de hecho están actuando) como “policía” en el sentido amplio del que también hablaba Gramsci para evitar la irrupción del movimiento obrero en la escena nacional. También la burocracia política del PT y el juego de Lula de separarse criticando medidas el programa económico, pero reivindicando el proceso político, apunta a cumplir la función de contención “por izquierda” y de control del movimiento de masas.

En el próximo periodo se verá si esta crisis se desata abiertamente, de acuerdo a la capacidad del PT de contener o evitar que las más amplias masas rompan definitivamente su adhesión a ese gran experimento “transformista” que le dio estabilidad al país burgués en las últimas décadas y en qué medida de ese proceso puedan surgir alternativas por izquierda, con un programa de independencia política de los trabajadores.

En síntesis, las perspectivas generales las determinarán los enfrentamientos y la lucha de clases, pero hoy los pilares sobre los que se apoyó el “gigante” tiemblan bajo sus pies y el destino de Brasil es más que gravitante para el futuro sudamericano.







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