Géneros y Sexualidades

A 100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA

Beassie Beatty: postales del corazón rojo de Rusia

Durante ocho meses, esta periodista norteamericana recorrió trincheras, fábricas y cuarteles. A través de sus crónicas retrató los momentos de mayor inspiración que tuvo la historia.

Sábado 14 de enero | 10:16

El color de la revolución

La Revolución rusa de 1917, que despertó simpatías en millones de personas a lo largo del mundo, reavivó los peores temores de la burguesía: la victoria obrera era posible.

En Estados Unidos, el triunfo soviético coincidió con un período de intensa agitación. Para garantizar la paz social en tiempos de guerra y con las burocracias sindicales de su lado, los empresarios y el gobierno desataron una persecución sin precedentes. Deportaciones, juicios, encarcelamientos, despidos y represión dieron forma al primer Red Scare (o “Susto rojo”) de 1919.

Aquel año sesionó el Comité Overman que investigaba la infiltración de propaganda alemana o bolchevique así como otras “actividades anti americanas” en el país. Cuatro periodistas que habían viajado hacia el corazón de la revolución fueron llamados a declarar: John Reed, Louise Bryant, Albert Rhys Williams y Bessie Beatty. Todos ellos defendieron la autodeterminación de Rusia frente a sus inquisidores.

A diferencia de los tres primeros, Beatty no era socialista. Pero cuando se enteró que los trabajadores rusos habían derrocado al zar, su espíritu intrépido decidió viajar y prontamente supo que vivía uno de los momentos más importantes en la historia. Sus crónicas, plasmadas en el El corazón rojo de Rusia (1918), están a la altura.

Una pluma inquieta

Bessie Beatty nació en 1886 en Los Ángeles, California. Mientras estudiaba periodismo (carrera que nunca terminó) comenzó a trabajar en el periódico Los Angeles Herald. Fue miembro del grupo feminista “Heterodoxia” y a los 26 años escribió un panfleto titulado “Una guía política para la nueva votante”, destinado a impulsar el sufragio entre las mujeres.

En 1916 alzó su voz a favor del activista obrero Thomas Mooney, quien había sido condenado a muerte por un crimen que no cometió. Durante la I Guerra Mundial fue corresponsal para el San Francisco Bulletin. En 1917 le propuso a sus editores cubrir los acontecimientos que se desarrollaban en Rusia.

Beatty llegaba allí a través de Siberia en abril de 1917 y permaneció hasta febrero del año siguiente. Una vez en Petrogrado, consiguió una habitación en el Hotel Astoria (convertido en “hotel de guerra”) que conservaría a lo largo de su estadía. Para entender las condiciones de vida de los soldados, contra toda recomendación, recorrió por semanas enteras las trincheras de Dvinsk en el frente occidental. Transcurrió gran parte del viaje junto a obreros, mujeres y campesinos. Estableció una relación amistosa con Yakov Peters –uno de los fundadores de la Cheka- y, gracias a él, conoció de primera mano a los principales dirigentes de la revolución. Incontables noches se quedó en el Smolny -cuartel general de los bolcheviques- y presenció las principales discusiones del soviet. Además, se adentró en la historia de Rusia, sus partidos y los intereses en pugna.

La periodista estaba con su colega, Louise Bryant, cuando se decidió el asalto al Palacio de Invierno. Al ver que un grupo de soldados emprendían trayecto hacia el lugar, ellas propusieron acompañarlos. “Vamos a distribuir proclamas y probablemente nos maten”, les advirtieron. Las intrépidas mujeres no lo dudaron y subieron al vehículo.

Luego de la toma del poder, Beatty fue y volvió de Petrogrado, pasó por Moscú, visitó prisiones y aldeas. Incluso estuvo presente durante gran parte de las negociaciones del Tratado de Brest-Litovsk, que resume mediante un análisis agudo en su libro.

Salvoconducto otorgado a Beatty por el Comité Militar Revolucionario.

La revolución conmueve al mundo

A Bessie Beatty le impactó la moral de los bolcheviques, cuya vida –diría Pierre Broué- “se mide por años de presidio, de acción clandestina, de condenas, de deportaciones y de exilios”. Por eso, dedicó varias páginas a estos hombres que, “con teorías en la cabeza y bayonetas en las manos”, confluyeron con las masas y las dirigieron a la victoria. En El corazón rojo…, la autora ahondó en las terribles condiciones materiales de Rusia pero resaltó la imaginación revolucionaria.

Las mujeres son las grandes protagonistas del texto. Al igual que Bryant, entrevistó a figuras importantes y se impresionó con el llamado “Batallón de la muerte”, pero también habló de la mujer anónima sin la cual nada hubiera sido posible:

"El Destino se estaba preparando para el más espectacular y singular fenómeno de la guerra: la mujer soldado. No la mujer individual que agarra una espada o disparó un arma en alguna página de la historia, sino la mujer unida y peleando en masa: artillería para ella, batallones para ella, partidos, regimientos enteros.

Al movimiento anti-sufragista, el Destino lo iba a privar de su más trillada y antigua consigna: ‘las mujeres no pueden portar armas, por eso no deben votar’.

A algunas feministas, le iba a sacar su famosa fórmula: ‘Las mujeres no necesitan portar armas, porque cuidan de los soldados’.

Contra la ferviente fe de los pacifistas -que decían que ‘las mujeres, que se sacrifican por dar la vida nunca podrían quitarla’- ellas se estaban preparando para asestar un golpe amargo".

Beatty veía que muchos periodistas y enviados extranjeros “tenían la cabeza enraizada en la antigua Rusia” y se peleaba para defender la revolución. Un día, asistió a la misma reunión que Emmeline Pankhurst. Para esa época, la famosa sufragista inglesa había devenido en una ferviente nacionalista y su viaje–patrocinado por el Primer Ministro Lloyd George- tenía como fin llevar propaganda de la Corona.

La cronista también tuvo contacto con miembros de la vieja élite rusa, de quienes diría: “Eran la demostración de la teoría marxista de que la conducta de uno está dictada por sus intereses económicos”. Tampoco faltó su referencia a cierta intelectualidad contraria al bolchevismo que, si bien protestaba contra la vieja autocracia, “no le pudo seguir el paso al movimiento de las masas”.

Por último, son imperdibles los pasajes del libro en torno a la Iglesia, a la que caracterizaba como “una herramienta del absolutismo tanto como la policía secreta” que se aprovechaba de las necesidades del pueblo con el objetivo de mantenerlo sometido. Según constató, esta institución “no era de la gente ni para la gente”.

El reencuentro con Trotsky

Beatty compartió con León Trotsky las horas de mayor tensión. En 1922, resolvió retornar a Rusia para entrevistar otra vez al gran revolucionario. Mientras la prensa imperialista gastaba ríos de tinta en defenestrarlo, la periodista escribía:

“Lenin es el producto de una idea. Trotsky es el producto de su aplicación. (…) No puedo imaginar a Trotsky, cuando sea anciano, en una mecedora con sus pantuflas a un lado de la chimenea. Él no se va a debilitar. Su sentido del drama es demasiado fuerte para ello. Su ansiedad, su mente hambrienta, aguda, satírica, no es del tipo que se descolora en el crepúsculo del olvido. Es un espíritu que lucha. Cuando muera, va a ser con sus botas puestas y listo para la acción”.

La musa plebeya

Trotsky afirmaba que “todo verdadero escritor conoce momentos de creación en el que algo más fuerte lo lleva de la mano”. Esta “inspiración”, que se apoderó de Bessie Beatty en 1917, no fue otra que el levantamiento de las masas. A lo largo de ocho meses, su pluma se sumergió de lleno en el tintero rojo de la revolución.

Sin vacilar, rebatió cada uno de los argumentos antibolcheviques esbozados por el Comité Overman. Aunque negó tener una filiación política clara, planteó que la insurrección fue producto de los deseos del pueblo, defendió a sus dirigentes y afirmó que las tropas extranjeras debían retirarse del suelo ruso. “Tengo la sospecha, por la forma en que evade mis preguntas, que usted se encuentra bastante cercana a los socialistas”, decretó enojado uno de los interrogadores.

Beatty permaneció dentro de los medios hasta su muerte en 1947. Fue editora de la revista McCall’s, escribió una obra de teatro y condujo su propio programa de radio. Aunque mantuvo un interés por los temas sociales, nunca volvió a criticar al gobierno estadounidense ni a acercarse a las ideas libertarias. El corazón rojo de Rusia mostró una faceta única de la autora y constituyó la culminación de su talento profesional.

En cada hoja, puede vislumbrarse esa “musa plebeya” de la que hablaba el fundador del Ejército Rojo. Es decir, un periodismo que describe los procesos a través de sus protagonistas y desnuda las luchas de los oprimidos. A cien años de aquella gran gesta de la humanidad que fue la Revolución rusa, vale la pena retomar esta lectura.

La revolución es la protesta ciega de las masas contra su propio estado de ignorancia. Es tan importante para el Tiempo como la primera incómoda lucha de la ameba. Es el acto de la humanidad haciéndose a sí misma.

No ver esperanza en la Rusia revolucionaria es ser tan ciego como un hombre mirando directo al amanecer. Envuelta en tristeza, la mañana que me fui de Petrogrado sentí una alegría trágica. Estuve viva en ese gran momento y supe que fue grande.

(B. B.)






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